Descalzo

El Sábado de Gloria por la tarde abrí una caja de zapatos y encontré dentro una biblia escolar. No sé como pudo haber llegado allí, pero lo cierto es que allí apareció. El caso es que yo no buscaba ni zapatos, ni biblias; me dedicaba a curiosear entre los objetos perdidos en el sótano tratando de encontrar fragmentos de mi mismo perdidos en sucesivas mudanzas. Creí que en la caja de zapatos podría haber algunas fotos, un destornillador de estrella o uno de los cientos de calcetines desparejados que he dejado por ahí. Pero no, estaba la Biblia. Alguien muy creyente pensaría que esto de encontrar la palabra de Dios encuadernada metida en una caja de zapatos es un milagro, una señal de lo Alto (la mayúscula es para acentuar la verticalidad) propia de estos tiempos pascuales y milagreros en los que los los ministros condecoran vírgenes, los equipos de fútbol ofrendan sus triunfos a las patronas de la localidad, las diócesis expropian mezquitas para cobrar la entrada, las semanas santas se hacen fuertes de nuevo en las calles con escoltas de legionarios y el Vaticano vuelve a convocar canonizaciones masivas de mártires y Papas para reanimar el nacional catolicismo. Y no digamos nada de Rouco Varela hecho una estrella mediática recibiendo la medalla de oro de la Comunidad de Madrid tras aventurar una nueva guerra civil en un discurso propio de los tiempos de calzados Segarra. Son tiempos en los que Dios ha vuelto a las trincheras llamado a filas por los soldados menos piadosos de la grey cristiana, los capitanes de la intolerancia enamorados del Dios de las batallas del Antiguo Testamento. Ha vuelto para combatir los males de la modernidad que tanto asustan a quienes siguen pensando que la libertad es una plaga que ha de ser erradicada con incienso. La máxima teológica sostiene que Dios está en todas partes, como Obama. Como advirtió Santa Teresa, puede esconderse entre los pucheros de la cocina, o incluso (añado yo por propia experiencia) en una caja de zapatos que ni siquiera son ya de mi número. Lo mismo la conclusión que debo sacar de este hallazgo casual es que la Iglesia ya no es de mi talla, como los zapatos que estuvieron en el sitio que ocupa ahora la biblia escolar olvidada. El tiempo y las circunstancias han metido mi vieja fe en una caja de zapatos que no podría calzar aunque quisiera. El Dios remendado por estos tiempos de ultra catolicismo defensivo y obispos amenazantes ya no es de mi número. En estos casos siempre es más recomendable andar descalzo y ver a dónde lleva el camino.

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