Ayuno

El médico me ha dicho que tenga cuidado con lo que como, con lo que bebo y con lo que voto. Es la primera vez que un profesional de la medicina relaciona de forma tan directa mi salud personal con la salud democrática de España y yo se lo agradezco. Si se mira bien, la advertencia del médico tiene bastante sentido, ya que las ofertas de los partidos políticos, sus candidatos y sus puestas en escena son cada vez más tóxicas, menos recomendables para tener una vida sana y un tránsito intestinal adecuado. Elena Valenciano me produce diarrea y Arias Cañete tiende a elevar mi tensión arterial por encima de los límites de lo aconsejable. El resto de los gurús mesiánicos que han aparecido a izquierda y derecha del espectro político son tan poco fiables para incluir en la dieta como ciertos productos envasados bajo marcas blancas de dudosa procedencia. Por un lado, la mayor parte de los cabezas de lista están caducados y yo no pienso hacer la vista gorda con ellos de la misma manera que Arias Cañete recomienza hacer con los yogures. Han pasado de fecha también los mensajes que ofrecen, saben a rancio por mucho que se empeñen en cargarlos de picante y especias exóticas para disimular. Las campañas están cocinadas sin imaginación y a base de mensajes y latiguillos que parecen pensados para alimentar a idiotas dispuestos a comerse lo que les echen. Los mítines son sopa de sobre hecha a base de sobras y colorantes ideológicos, pensados para estómagos agradecidos que se comen hasta los pelos y las moscas que haya en el plato. Los programas electorales hace tiempo que no llegan ni a la categoría de la carta de un local de comida rápida; todo en ellas es falso, es un engaño tramado con fotoshop para que los tomates de la foto parezcan frescos y los candidatos honrados e inteligentes, pero cuando te ponen el plato en la mesa la lechuga está tiesa, la carne deja pasar la luz y el eurodiputado es una caradura que viaja en clase preferente. No digan que no les avisé. Tengan cuidado con lo que votan y, en caso de duda, absténgase de probar porquerías por muy bien emplatadas que vengan o por mucho máster chef que asegure estar en la cocina. Ayunar nunca ha hecho mal a nadie.

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