La leche

Las últimas noticias sobre el mundo confirman que Asturias no tiene problemas de cuota láctea. Exportamos semen de categoría, además de ingenieros industriales con muy buenas calificaciones. Somos la Suiza de España, al menos en lo tocante a productos lácteos de alta calidad y a maquinaria académica de precisión. En una versión asturianizada de la película de Kubrick, aquel sargento cabrón de “La chaqueta metálica” podría haberle dicho al recluta: “en Asturias solo hay sementales e ingenieros, chaval, y tu no tienes cara de ingeniero”. Para reciclarnos los asturianos tenemos entre manos (mejor decir entre piernas) la posibilidad de promover una modalidad de turismo sexual basada en la garantía de fertilidad. Si el semen patrio es de exportación, quienes deseen beneficiarse de su calidad sin recurrir a intermediarios pueden venir a recogerlo en el punto de origen ¿no? Pues pongamos a nuestros técnicos en turismo a diseñar campañas de promoción del paraíso natural que incluyan el semen entre los productos típicos de la región. Algo tenemos que hacer para salir de esta crisis de la que ya escapan a chorro los universitarios y los espermatozoides, dos de nuestros productos más reputados fuera de nuestras fronteras subapajarianas (Aitana Castaño dixit). Las estadísticas confirman que los genes astures van colonizando el mundo en tubos de ensayo como antes lo hacían viajando en barcos que partían de El Musel. Pero no cabe esperar que los hijos e hijas de esas dosis seminales que dispersamos por el mundo vayan a volver el día de mañana al solar de sus genes paternos a fundar una empresa, crear una beca o a construir un chalé con una palmera delante, como hacían los indianos que habían hecho fortuna en ultramar. Hacemos que las industrias y las demografías de otros sigan creciendo mientras nosotros perdemos cerebros y población. Asturias se extingue, se marchita como los dinosaurios. Ya no somos aquella orgullosa potencia industrial y minera que preñaba las entrañas de la tierra de picos y palas para conseguir que pariera carbón y hierro. Poco queda ya de nuestra legendaria potencia que se desbordaba en hirvientes y metafóricas coladas continuas, semilla de erectas e inflexibles vigas, carriles penetrantes y cascos de barco de acero navegante. Somos ahora una comunidad a medio camino entre la impotencia y la esterilidad que se defiende del exterminio, del fin de su propia especie salvando espermatozoides y doctores universitarios a costa de enviarlos fuera de Asturias en probeta o en Alsa, respectivamente, igual que se salvó a Moisés de las iras del faraón dejando que el Nilo se lo llevara en su serón. Somos la leche. Ya solo somos la leche.

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