Botas

 

No podría ser de otra forma. El cardenal Rouco Varela se fue a casa proclamando la misericordia, la esperanza, el amor universal y dejando clara la apuesta de la cúpula de la Iglesia española por la democracia, la separación de poderes y su afán por conectar con el sentir generalizado del pueblo. Ya t’oyí, qué risa. Fiel a su estilo de monseñor hiena, el ya ex presidente de la Conferencia Episcopal Española aprovechó su última comparecencia pública para predicar el miedo, la amenaza, la sospecha y para subrayar una vez más su encariñamiento incondicional con las versiones más ultraconservadoras e intolerantes del poder. Rebuscando entre cualquier carroña ultraderechista como argumentario principal de su homilía, su eminencia puso sobre el altar del 11-M como ofrenda al rencor propio y al dolor ajeno toda la bazofia conspirativa de Aznar y sus secuaces, sin mostrar atisbo de usar su autoridad moral para llamar al arrepentimiento a toda esta caterva de inmorales que son tan amigos suyos  por el daño que han causado a todo un país. Esos eran, monseñor, los que tenían “oscuros objetivos de poder” y quienes no dudaron en usar la premeditada muerte de inocentes como arma política y electoral. La misa por las víctimas (obligatoria y única en un país presuntamente aconfesional) no fue el lugar del arrepentimiento y la misericordia porque el púlpito de Rouco volvió a ser tribuna de mitin a favor de la España más negra, retorcida, turbia y embozada que hemos estado padeciendo en los últimos años. El guardián de la caspa en los capelos cardenalicios ha patentado en estos años un nuevo sermón de la montaña que es el sermón de la escombrera, una versión bastarda del original escrita a cuatro, seis u ocho manos con Gallardón, Jorge Fernández y compañía, en la que los bienaventurados son los de siempre y los que irán al infierno al contado o en cómodos plazos vamos siendo cada vez más. Monseñor tortura dice todas estas cosas al tiempo que se queja de la pobreza del discurso público, él que no ha cambiado de discurso en toda su vida y cuya única ambición es hacer lo posible por obligar a los demás a que cambien el suyo propio.

En unos tiempos en los que la Iglesia parece querer calzarse las hippies sandalias del pescador, Rouco y sus hermanos siguen sacando cada mañana el lustre a sus botas militares. Y la cosa no va a mejorar.

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