Café

El grado de civilización de las sociedades se mide en salas de arte, en mercados de carnes, frutas y verduras que da gloria verlos, en cines de reestreno, en bibliotecas, mercadillos y cafés. Si un día damos con nuestros huesos en una ciudad perdida en el confín del mundo en la que sus habitantes hablan algún raro idioma, la única forma de no sentirnos del todo extraños será encontrar un café con veladores de mármol, jubilados que burlan a la muerte jugando al ajedrez, leyendo la prensa o discutiendo, camareros a los que se llama por el nombre, madres que dan la merienda a sus hijos y familias al completo que toman el aperitivo. Una ciudad sin cafés anuncia el fin de una forma de comprender la comunicación  y la relaciones humanas, pierde un lugar donde ejercer la antropología de proximidad sin internet ni teléfonos móviles. Por eso Gijón andaba de capa caída y con un cierto sentimiento colectivo de culpa esde que el Dindurra echó el cierre y no hubo manera de evitarlo. En esta ciudad que aún bracea en el fango de la orilla intentando ganar de nuevo el mar abierto, ya había demasiado sentimiento de pérdida como para tener que certificar encima el cierre de otro café. Dolía asistir al funeral de otro de los locales que fue la vez templo de amores, antro de conspiraciones, parnaso de pedantes de purpurina, solar de sabios con vitola, biblioteca pública, sala de mapas, geriátrico con sacarina, museo de cera, examen de recuperación, guardería con tostadas, mamá lo toma con leche y papá quiere un chocolate con churros, para mi una leche merengada, mira a Carantoña leyendo ‘Le Monde’. Ya vimos cines convertidos en talleres de chapa y papadas, hamburgueserías o pisos de lujo; ya perdimos demasiadas librerías, tiendas de ultramarinos, fábricas, astilleros, sastrerías y cabarés con olor a ambientador y pies sudados. Ya perdimos demasiado empleo, mucho fuelle y bastantes de rasgos de nuestra propia personalidad. Puestos a perder igual nos quedamos hasta sin el Muro, el Tostaderu y la playa en general. Basta, que al menos nos dejen el Dindurra para saber que esta ciudad aún sigue siendo la nuestra, que aún hay quien saca fuerzas de flaqueza para abrir la persiana y permitirnos volver a tomar café. Suerte.

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