Instrucciones

En el folleto de instrucciones de una sierra eléctrica sueca se leía lo siguiente: “no intenten detener la sierra con las manos o los genitales”. En el folleto correspondiente a una plancha de ropa marca Rowenta se advierte: “no planchar la ropa sobre el cuerpo”, mientras que una pequeña etiqueta de un gorro de ducha de los que proporcionan hoteles se explica que tal prenda es “válida para una cabeza”. Esta interminable colección de advertencias ociosas ha sido recopilada por una notable institución denominada Facultad de las Ciencias Inútiles que añade aún alguna más, como por ejemplo la de un fabricante de secadores de pelo que recomienda no utilizar el aparato si se está durmiendo. La estupidez tiene muestras más o menos jocosas como las antes referidas, todas ellas inocuas, pero cuando quienes escriben los libros de instrucciones de los países, es decir sus leyes y reglamentos, presentan un severo retraso metal derivado de una sobredosis de poder, estamos en peligro. El último caso lo ha protagonizado la alcaldesa de Madrid con su propuesta de manual de instrucciones para manifestantes cuya norma básica consiste en decirles que se manifiesten donde nadie pueda verles. Vayan ustedes a un descampado o protesten en un aparcamiento subterráneo parece sugerir la alcaldesa hereditaria. Protesten ustedes pero sin protestar, presenten su queja sin quejarse, no intenten detener esta crisis con las manos porque dispararemos sobre sus genitales, ni planchar las arrugas de la democracia sobre el cuerpo de este Gobierno, que somos unos ultraderechistas muy delicados. Ana Botella y los de su especie, todos ellos licenciados en la facultad de Ciencias Políticas Inútiles, deberían ser políticos de un solo uso, como el gorro de ducha de los hoteles, pero uno empieza a tener la impresión de que se creen los elegidos para redactar las instrucciones de nuestra vida durante mucho tiempo.

Pobres

Uno había dado por hecho que toda esta camada de ultraderechistas que nos gobiernan (también los de Gijón) consideraba la caridad como un eficaz sustituto de la justicia. Es esta una estrategia muy socorrida en las dictaduras políticas, religiosas o morales: sustituir la limosna voluntariosa por el reparto equitativo de la riqueza a través de una correcta administración. Además, la caridad es moralmente irreprochable porque da por supuesta la buena voluntad de quien la ejerce, su abnegación, sacrificio y bonhomía. Nada se puede reprochar a quien dice querer paliar las necesidades ajenas mediante la buena voluntad. El PP es un partido en el que predominan los seres que quieren hacerse pasar por caritativos para esconder su profunda y genética aversión por la igualdad y la justicia. De está cantera de meapilas, opusdeistas, antiguos franquistas, estraperlistas ideológicos, y chaquetas viejas de todos los guardarropas han salido ministros y ministras como Jorge Fernández Díaz o Fátima Bañez, todo el día invocando y abrazando vírgenes de palo y condecorando a santas y beatos, pero incapaces de actuar en política con un mínimo sentido de la equidad. Esta Administración que tritura los derechos fundamentales de estudiantes, pensionistas, parados y trabajadores y quiere que las manifestaciones se celebren en los aparcamientos subterráneos, se cubre las espaldas financiando programas televisivos como el celebrado “Entre todos” donde, por si ustedes aún no lo saben, se emiten las limosnas en directo bajo la dirección de una presentadora medio analfabeta que cobra 1.400 euros por programa.

Pues parece que la caridad tampoco es ya capaz de tocar la zona más tierna del corazón de nuestros ministros. El locuaz Montoro, ese señor con aspecto de gnomo rijoso, se carcajeó de los resultados de un informe de Cáritas que revela la existencia de más de medio millón de hogares españoles donde no entra un solo euro. Montoro y su tropa acusan ahora a Cáritas de inventarse pobres y deformar la realidad con tal de joder al excelente y caritativo Gobierno de España. A estos les ha pasado con los pobres como con las víctimas del terrorismo, que cuando no pueden usarlos a su favor ya no les valen de nada. La máxima del PP será desde ahora que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Esa es la única caridad en la que cree la peor derecha española porque ya se acabaron los guiños tipo “Plácido” y Montoro ya no quiere sentar un pobre a su mesa si eso le fastidia las estadísticas . La caridad resulta muy molesta desde el momento en que ya no sirve para tranquilizar conciencias y devuelve una imagen muy descarnada de una realidad en la que, hasta Cáritas lo pide, solo cabe actuar con justicia, no con limosnas.

Difuntos

Los últimos servicios que Adolfo Suárez prestó a la democracia fueron perder la memoria a tiempo para no tener que contar mentiras sobre la elaboración de tal embutido histórico, y quedar de cuerpo presente en medio de una banda de tullidos políticos que aprovecharon el ilustre óbito para hacerse pasar por demócratas, progresistas y consensuadores. Esos mismos dolientes fueron los que se dedicaron gran parte de su vida y con mucho con tesón a achatarrar primero a Suárez y luego a “su” democracia, convertida hoy en una sucursal del FMI. Como propina, Suárez tuvo a bien morirse nada más empezar un Telediario, detalle que seguramente agradecieron mucho en TVE y en La Moncloa. El primer presidente democrático de España perdió el libro de instrucciones de aquel invento suyo y de Juan Carlos I llamado transición y terminó por dejar el artilugio en manos de unos indocumentados grises y avasalladores que estos días han pasado por la capilla ardiente a hablar con la boca llena de dignidad, consenso y diálogo. Por no saber, no saben que no es de buena educación hablar con la boca llena de mentiras porque se salpica a todo el mundo. El caso es que para explicar a los adolescentes lo que es la democracia española ha hecho falta llevarles al velatorio de Adolfo Suárez, ya que cualquier parecido entre una democracia y la actividad política de los últimos tiempos es pura coincidencia . Los mandatarios que llenaron la capilla ardiente de Suárez están más muertos que el difunto. Descansemos en paz.

Dimisión


Que dimitan todos. Que dimitan los manifestantes del 22M por desmentir las cifras que los telediarios ofrecen sobre sí mismos. Que dimitan los jubilados por mantener con sus pensiones a sus hijos y nietos  en paro. Que dimitan los estudiantes por no saber ahorrar para pagar la matrículas, los parados por empeñarse en no encontrar trabajo, las feministas por no saber tener la serena presencia de mujer española que luce  Ana Botella. Que dimitan los músicos callejeros, esos porque sí. Y que dimitan los gays que quieren casarse, las lesbianas que quieren ser madres, los inmigrantes que no se conforman con cortarse sólo cuando se afeitan sino también cuando emigran. Que dimitan en cadena los periodistas que se avergüenzan de las manipulaciones informativas de los medios en los que trabajan. Que dimitan también los lectores de esos periódicos y los oyentes de esas radios y televisiones por empeñarse en que la realidad contradiga tan excelentes titulares. Que dimitan los ciudadanos que están más interesados en garantizar el futuro de esta democracia que en embalsamar los cadáveres de la transición. Dimitamos todos de manera irrevocable. Que dimitan mi madre por haber vivido tantos años y mis hijos por tener tanto futuro por delante; y que dimitan los humoristas que se burlan de todo, y los que colocan fotos en Facebook contando lo que pasa en la calle que dimitan también. Dimitamos todos porque nos hemos equivocado. Dimitamos para no seguir bloqueando la acción de este gobierno, de estos bancos, de esta europea unión, de esta monarquía, de esta policía, de esta prensa, de tantas buenas gentes que no merecen que nosotros, tan pesados, pidamos una y otra vez su dimisión.

La leche

Las últimas noticias sobre el mundo confirman que Asturias no tiene problemas de cuota láctea. Exportamos semen de categoría, además de ingenieros industriales con muy buenas calificaciones. Somos la Suiza de España, al menos en lo tocante a productos lácteos de alta calidad y a maquinaria académica de precisión. En una versión asturianizada de la película de Kubrick, aquel sargento cabrón de “La chaqueta metálica” podría haberle dicho al recluta: “en Asturias solo hay sementales e ingenieros, chaval, y tu no tienes cara de ingeniero”. Para reciclarnos los asturianos tenemos entre manos (mejor decir entre piernas) la posibilidad de promover una modalidad de turismo sexual basada en la garantía de fertilidad. Si el semen patrio es de exportación, quienes deseen beneficiarse de su calidad sin recurrir a intermediarios pueden venir a recogerlo en el punto de origen ¿no? Pues pongamos a nuestros técnicos en turismo a diseñar campañas de promoción del paraíso natural que incluyan el semen entre los productos típicos de la región. Algo tenemos que hacer para salir de esta crisis de la que ya escapan a chorro los universitarios y los espermatozoides, dos de nuestros productos más reputados fuera de nuestras fronteras subapajarianas (Aitana Castaño dixit). Las estadísticas confirman que los genes astures van colonizando el mundo en tubos de ensayo como antes lo hacían viajando en barcos que partían de El Musel. Pero no cabe esperar que los hijos e hijas de esas dosis seminales que dispersamos por el mundo vayan a volver el día de mañana al solar de sus genes paternos a fundar una empresa, crear una beca o a construir un chalé con una palmera delante, como hacían los indianos que habían hecho fortuna en ultramar. Hacemos que las industrias y las demografías de otros sigan creciendo mientras nosotros perdemos cerebros y población. Asturias se extingue, se marchita como los dinosaurios. Ya no somos aquella orgullosa potencia industrial y minera que preñaba las entrañas de la tierra de picos y palas para conseguir que pariera carbón y hierro. Poco queda ya de nuestra legendaria potencia que se desbordaba en hirvientes y metafóricas coladas continuas, semilla de erectas e inflexibles vigas, carriles penetrantes y cascos de barco de acero navegante. Somos ahora una comunidad a medio camino entre la impotencia y la esterilidad que se defiende del exterminio, del fin de su propia especie salvando espermatozoides y doctores universitarios a costa de enviarlos fuera de Asturias en probeta o en Alsa, respectivamente, igual que se salvó a Moisés de las iras del faraón dejando que el Nilo se lo llevara en su serón. Somos la leche. Ya solo somos la leche.

Metástasis

Los creadores de Bio-bac, un falso medicamento para el cáncer, podrán ir cinco años a la cárcel. La razón es tan sencilla como contundente: crearon falsas expectativas de curación a personas gravemente enfermas. O sea que son unos estafadores que jugaron con materiales tan sensibles como la vida, la salud y la esperanza. Está bien que los jueces pongan entre rejas a los sinvergüenzas que abusan de la buena fe de gentes crédulas o simplemente necesitadas. Se supone que la Justicia es a la democracia lo que la cirugía es a la medicina: el último remedio para atajar un mal. Hasta aquí todos de acuerdo, sin embargo los creadores del chanchullo de las participaciones preferentes de Bankia -señores Blesa, Rato y compañía- tienen todas las papeletas para irse de rositas y salir del juzgado limpios de polvo y paja a pesar de haber dejado sin sus ahorros a miles de personas, a esos venerables matrimonios de ancianos que se desgañitan cada día a las puertas de las sucursales de Bankia y de los juzgados. Uno que sabe tanto de justicia como de medicina pero que acude a ambas instancias en calidad de usuario que busca curaciones o soluciones, no ve demasiada diferencia entre la estafa del falso medicamento contra el cáncer y la de las preferentes. Si no se trata de dos timos de igual calibre destinados a lucrarse sin tasa a costa de la desesperación, la prisa o la ignorancia de grupos de población vulnerables, que venga un juez y lo vea. Lo que pasa que el juez ya ha venido y parece que no ve lo mismo que los demás. Decirle a un enfermo que se va a curar de un cáncer comiendo caramelos de anís (otrora conocidos en Gijón como caramelos “de la gocha”), es una canallada tan gorda como decirle a un jubilado casi analfabeto que meta los ahorros de toda su vida en una trituradora de dinero de la que nunca regresarán. Sin embargo, hay algún tecnicismo en las intrincadas sendas judiciales que a se nos escapa a casi todos y que permite condenar a quienes ejercieron de falsos curanderos del cáncer, pero que va a dejar libres a quienes son un cáncer cuyas metástasis llegan todos los rincones de nuestro invadido cuerpo social.

Generación

No traté personalmente a Faustino Álvarez, pero conocí su excelente y abundante trabajo y, sobre todo, conozco y compartí el trabajo de la generación de periodistas a la que perteneció y de la que uno ha intentando aprender este oficio durante los últimos 30 años. Fue y aún es la generación de los periodistas que, como escribió Miguel Somovilla, no se fiaban de los periodistas que entraban en los bares para pedir refrescos de limón. Fue una generación que hizo periodismo oportuno y huyó del periodismo oportunista, que hizo muchas horas de guardia, de tertulia, de bar y de redacción. La de Faustino fue una generación que defendió su épica, su ética,  su estética y hasta su etílica. Son y fueron periodistas amantes de la palabra, de su forma y de su fondo, que escribían pertrechados de noticias y diccionario porque tan importante es lo que se dice como la correcta forma de decirlo. Hicieron y hacen su trabajo con ideas propias aunque no fueran políticamente correctas, y sabían defenderlas aunque ello conllevara discutir con algún presidente del Gobierno en una rueda de prensa. Faustino Álvarez y su generación pescaron noticias sin más redes sociales que las que ellos mismos eran capaces de tejer, remendar y lanzar al mar de la vida en cada jornada de trabajo. Esta generación hizo suyo eso de que el medio es el mensaje. Muchos de ellos fueron o son por sí mismos el medio y el mensaje porque su firma garantizaba la calidad y veracidad de un información; muchos de ellos -Faustino es un ejemplo indiscutible- dieron por si mismos prestigio y credibilidad a los medios en los que trabajaron. Como se lo pagaron o se lo están pagando a estas alturas de su vida, ya es otra historia. Con Faustino Álvarez se ha ido de forma dolorosa y prematura uno de los periodistas de los que aprendimos a querer este oficio en el que nuestra firma será nuestra única herencia. La de Faustino seguirá viva por muchos años y de ella, y de la de muchos de sus compañeros de armas y letras, seguiremos aprendiendo.

Salvadnos

Mariano Rajoy guasapea con las lumbreras mediáticas de “Sálvame” aunque casi no habla en el Parlamento, no admite preguntas en las ruedas de prensa o las convoca para hablar a través de una pantalla de plasma. Tal parece que el presidente considera más prioritario comunicarse con alguno de los chacales de dientes blanqueados que adornan las tardes de Telecinco, que acudir al Congreso a explicar lo de Bárcenas, lo del paro o lo de las pensiones. Seguramente Rajoy crea que, aparte del grasiento y ofensivo Marhuenda, los únicos periodistas fiables de España sean los que integran el selecto elenco de “Sálvame”. Estos detalles que parecen anecdóticos son importantes para hacernos una idea de quien gobierna en España y de donde proviene su apreciación de la realidad, del respeto que siente por la opinión pública, el Parlamento y su electorado en general, salvo que se demuestre que quienes aplauden a Rajoy son básicamente las mismas personas que disfrutan cada tarde con la casquería de “Sálvame”. El presidente del Gobierno de España no se molesta en esconder que tiene como referentes periodísticos el diario “Marca” y “Sálvame”, (además de “La Razón” y el Telediario de La 1, por supuesto) de manera que no hay razones para no sospechar que estos modelos informativos de analizar la realidad de España se trasladen también a los criterios ideológicos con los que Mariano y su tertulia ministerial gobiernan España. Puestos a elucubrar e ir un paso más adelante, conociendo los gustos mediáticos del primer ministro de España, no sería de extrañar que Rajoy también haya llamado de incógnito al programa “Entre todos” de Toñi Moreno para hacer un donativo de 50 euros con el que contribuir a sufragar el pago de una prótesis dental para algún jubilado que llora desde el tresillo familiar. Entre constatar todo esto y llegar a ver a Paz Padilla ejercer de portavoz del Gobierno solo hay un paso porque, al fin y al cabo, cada vez es más complicado encontrar diferencias entre personajes como José Ignacio Wert y Kiko Matamoros, entre Carmele Marchante y Ana Mato, o entre Kiko Hernández y Ruiz-Gallardón. España es un patio de vecindad televisado en el que cada vez resulta más complicado ver la línea que separa a los macarras de los tipos que se visten por los pies, a los periodistas de los juntaletras y a los políticos de talla de los caciques. Que alguien nos salve de todo esto, por favor.

Botas

 

No podría ser de otra forma. El cardenal Rouco Varela se fue a casa proclamando la misericordia, la esperanza, el amor universal y dejando clara la apuesta de la cúpula de la Iglesia española por la democracia, la separación de poderes y su afán por conectar con el sentir generalizado del pueblo. Ya t’oyí, qué risa. Fiel a su estilo de monseñor hiena, el ya ex presidente de la Conferencia Episcopal Española aprovechó su última comparecencia pública para predicar el miedo, la amenaza, la sospecha y para subrayar una vez más su encariñamiento incondicional con las versiones más ultraconservadoras e intolerantes del poder. Rebuscando entre cualquier carroña ultraderechista como argumentario principal de su homilía, su eminencia puso sobre el altar del 11-M como ofrenda al rencor propio y al dolor ajeno toda la bazofia conspirativa de Aznar y sus secuaces, sin mostrar atisbo de usar su autoridad moral para llamar al arrepentimiento a toda esta caterva de inmorales que son tan amigos suyos  por el daño que han causado a todo un país. Esos eran, monseñor, los que tenían “oscuros objetivos de poder” y quienes no dudaron en usar la premeditada muerte de inocentes como arma política y electoral. La misa por las víctimas (obligatoria y única en un país presuntamente aconfesional) no fue el lugar del arrepentimiento y la misericordia porque el púlpito de Rouco volvió a ser tribuna de mitin a favor de la España más negra, retorcida, turbia y embozada que hemos estado padeciendo en los últimos años. El guardián de la caspa en los capelos cardenalicios ha patentado en estos años un nuevo sermón de la montaña que es el sermón de la escombrera, una versión bastarda del original escrita a cuatro, seis u ocho manos con Gallardón, Jorge Fernández y compañía, en la que los bienaventurados son los de siempre y los que irán al infierno al contado o en cómodos plazos vamos siendo cada vez más. Monseñor tortura dice todas estas cosas al tiempo que se queja de la pobreza del discurso público, él que no ha cambiado de discurso en toda su vida y cuya única ambición es hacer lo posible por obligar a los demás a que cambien el suyo propio.

En unos tiempos en los que la Iglesia parece querer calzarse las hippies sandalias del pescador, Rouco y sus hermanos siguen sacando cada mañana el lustre a sus botas militares. Y la cosa no va a mejorar.

Radio

Hace hoy diez años que un servidor vio a un paisano llorando en la Plaza Mayor de Gijón mientras iba escuchando por la radio lo que había pasado en Madrid aquella mañana de bombas, sirenas, carne quemada, portavoces al dictado y mentiras crudas. Lloraba el hombre con el mismo llanto manso y agotado que lloran los que salen de un accidente de avión o de autobús, los que se quedan sin zapatos, sin familia o sin futuro y vagan por el descampado buscando algo que no saben qué es. Aquél hombre era el 11-M. Y uno, aunque periodista, no se atrevió a preguntarle nada a aquel ciudadano que lloraba agarrado a un transistor como el que llora sosteniendo la urna en la que lleva las cenizas de un muerto tan querido como prematuro. Las noticias que contenía el transistor que llevaba en sus manos el hombre que lloraba en la plaza eran, seguramente, las cenizas de una España que acababa de entrar en combustión espontánea, de un país que ardía por los cuatro costados atizado por una ira medieval que era alimentada cada media hora por chorros de terrorismo verbal servido a granel por ministros comparecientes sobre el fondo de la sagrada bandera de España. El transistor del hombre que lloraba emitía en directo los bandos de la infamia proclamados desde los balcones de La Moncloa y jaleados por la tropa correspondiente del tablao aznarí y el talonario de burbujas inmobiliarias al portador que ahora, diez años después de aquel día de la náusea y el día de la ira, pasean por ahí su derrota con tirantes, haciéndose los pobrecitos habladores, las víctimas de sus propias emboscadas. La radio emitía en sesión continua el dolor de un pueblo que era un temporal de indignación arbolada chocando contra los caraduras berroqueños que buscaban carne de apeadero reventado para hacer su propia barbacoa electoral. Aquella radio transmitía en directo la pérdida colectiva de la inocencia, de la confianza en el valor de la verdad y de la palabra dada por un cargo público. La radio transmitía nuestra propia decadencia como democracia y daba un avance informativo de que ese día, ese 11-M, era el primero de una larga serie de días en los que ser ciudadano y votante no nos serviría de salvoconducto para no ser atropellados y despreciados por otros mentirosos y otros arrogantes. Puede que el llanto de aquel hombre no se haya apagado desde entonces. Puede que siga llorando por todos nosotros, aún convalecientes diez años después.