Prodigios

Desde que el pequeño Mozart fuera llevado por su padre como un mono de feria tocando el piano y el violín por el salón de estar de los reyes de Europa, todas las familias del mundo han querido tener un niño prodigio en casa. Esa obsesión amargó la vida a genios como Beethoven y al beodo de su padre y, de ahí en adelante, a cientos de miles de padres y madres que se han empeñado en buscar un diamante donde solo hay un pedrusco. La búsqueda del niño prodigio se ha vuelto obsesiva en el corrosivo mundo de fútbol. Basta con pasarse una mañana de sábado viendo partidos de las categorías alevín o infantil para constatar el grado de insania mental que presentan algunos progenitores, gritando como energúmenos desde la banda, dando órdenes a su niño o niña, insultando al árbitro o abroncando al rapaz al final del partido si no ha sido capaz de dominar la táctica del fuera de juego o de practicar el jodido tiki-taka. Me han contado casos de padres que, en el colmo de la tontuna, graban en vídeo el partido del nene y se lo hacen ver enterito en casa para corregir los errores, como si el papi fuera todo un Vicente del Bosque. Un horror. Quienes han sido unos torpes de solemnidad con el balompié quieren tener a un Messi en el salón, de la misma manera que quienes son analfabetos funcionales ante un pentagrama se empeñan en que la niña toque el violín como el mismísimo Paganini antes de tener la primera menstruación. La plaga de cargar a los niños con las frustraciones de sus padres se traslada ahora a la cocina, ese mundo en el que se siempre se trabajó a ritmo lento, con paciencia y discreta sabiduría, y que por arte de la televisión y de los yankis, inventores de platos tan elaborados como las alitas de pollo o las hamburguesas, se ha convertido en escenario de crueles competiciones de las que no se salvan los niños. La cosa consiste en que tres o cuatro jueces del huevo revuelto, con cara de pocos amigos y modales de “marines”, encargan a las criaturas que elaboren un codillo, una dorada a la sal, o una ensalada templada de ajos tiernos y marañueles. Los niños sufren, se afanan, lloran y patalean ante los misterios del punto de cocción, el pochado, el emplatado y toda la terminología del cocinilla moderno a la que ya nos hemos acostumbrado. Si el niño gana, padres orgullosos pensando en un futuro lleno de estrellas Michelín. Si el niño pierde porque se le pasa de punto el aligote en salsa, será condenado a pelar sacos y sacos de patatas. En fin, que uno prefería ver “Cesta y puntos”. Un clásico y mucho menos agresivo, sin tantos prodigios.

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