Eduardo, un buen pastor

En principio, lo más probable es que Dios no exista. No es que sea invisible, es que su existencia no es concebible ni creíble por sí misma, pero aún se hace más inverosímil mientras quienes dicen ser sus representantes, los curas y obispos, sus delegados comerciales, se comportan como seres estirados, jueces implacables o inquisidores sanguinarios. Dios es una entelequia repelente si quienes dicen hablar en su nombre y sostener con él un trato preferente son tipos distantes, airados y encantados de vivir en una torre de mármol de Carrara, lejos de la chusma que tiene sus propias opiniones sobre el amor, el sexo, la política y el matrimonio. Con esos ministros de Dios, no hay dios que crea nada. Sin embargo, hay algunos curas que llevan un hombre corriente bajo la sotana, que leen el evangelio como la Guía Michelín de la misericordia, no como un manual de tortura psicológica y que, en consecuencia, hacen que quienes buscan a Dios encuentren un hilo muy fino del que tirar para seguir creyendo, y que quienes son ateos se mantengan en sus trece si lo desean, pero sepan que el cura no es un enemigo de la lógica, la humanidad, el humor y la tolerancia. Eduardo Gordón Badiola, que ayer murió en Gijón donde ejerció de cura durante la mayor parte de su vida, formaba parte de este grupo de sacerdotes de trato artesanal con sus feligreses, tolerantes, paseantes, cultos, atentos a la realidad y comprometidos con las causas de los débiles. Leonés de nacimiento, Eduardo, don Eduardo como siempre le llamamos con cariño y respeto, fue, por ejemplo, uno de los pocos curas que apoyó a los mineros de La Camocha en las huelgas de los años sesenta y, con sotana y todo, uno de los que entregó a la dirección de la empresa el escrito que contenía las peticiones de los trabajadores.
Eduardo fue un cura del Vaticano II. “Su” Papa fue siempre Pablo VI, de quien admiraba su capacidad intelectual y su esfuerzo por hacer una Iglesia creíble en una sociedad que cambiaba muy rápido. Y él, pese a ser uno los curas jóvenes y guapos que pastoreaban hace medio siglo la parroquia de San Lorenzo (conocida popularmente como “Hollywood” en atención a los galanes con sotana y fajín que ejercían en ella como curas) tenía pocas ganas de formar parte de cúpula alguna. Su inquietud le costó castigos y exilios forzados en parroquias rurales (Tazones y Santianes), temporadas que vivió como un respaldo a sus principios de cura y creyente, siempre cercano a la gente común.
Yo empecé a tratar a Eduardo Gordón en la parroquia de El Buen Pastor, una entelequia administrativa que él se empeñó en convertir en un foco de actividad, reflexión religiosa y social, y punto de encuentro para todo aquel que quisiera acercarse a aquél sótano convertido en una iglesia con aires de catacumba y situado a dos calles de distancia de la colonia chabolista de La Santina. Aquella fue una de las primeras parroquias de Gijón en contar con un consejo parroquial, integrado mayoritariamente por laicos, que decidía junto a los curas la orientación de muchos asuntos internos, incluida la administración del dinero de la parroquia. Eduardo puso enorme empeño en poner en marcha el consejo y cuidar de su funcionamiento. Un ejemplo más de su talante y su filosofía, muy en la línea de los “curas del Bibio”, aquella tertulia sacerdotal de la que Eduardo compartió mesa, mantel y discusiones con otros curas tan de su estilo como José Luis Martínez o Chema Bardales, tristemente desaparecidos.
En El Buen Pastor y dando clases en el Instituto Calderón de la Barca, Eduardo Gordón pasó más de 20 años de su vida pastoral siendo un buen pastor a base de ser un paisano más que se ganaba a la gente en las distancias cortas, cuando se compartía con él un “Ducados” o nos invitaba a comer unas truchas en Llovio, pero sin perder aquello que se llamaba la “dignidad sacerdotal” en las formas litúrgicas, ejercitadas todas con una fina austeridad castellana.
Su hermana Adela, fallecida en 2010, vivió con Eduardo durante toda su vida y le acompañó en su último destino sacerdotal: ser párroco de San Lorenzo, la parroquia en la que había empezado su carrera y en la que se jubiló después de haber luchado por conseguir la restauración del templo y, además, por mantener a raya a los movimientos católicos ultraconservadores que trataban de colarse por la puerta de atrás. Su postura en este asunto, consecuente con los planteamientos de toda su vida a favor de una Iglesia abierta, le costó presiones y disgustos.
Tras su jubilación sufrió problemas de salud con los que fue capeando el temporal de los años finales hasta que hace poco tiempo llegó el aviso de que se acercaba la hora de todas las verdades. Ya rebasados los 80 años mantenía sus costumbres de lector, algún viaje a su pueblo natal (Peredilla) y los paseos por El Muro manteniendo un excelente y corpulento aspecto, hablando con los conocidos y riendo de buena gana con las maldades y chascarrillos que los más descreídos de sus interlocutores.
Si Dios existe tal como Eduardo lo entendió y trató de hacerlo ver a los demás, a estas horas estarán los dos dando un paseo, cogidos del brazo como dos viejos amigos, disfrutando del otoño de la montaña leonesa, una de las posibles ubicaciones del Cielo al que van quienes han sido fieles a sí mismos y a la gente, porque así quisieron creer que Dios existe.
Descansa en paz, querido Eduardo. Has sido un buen pastor.

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Un pensamiento en “Eduardo, un buen pastor

  1. No hay palabras de despedida, nooooo, pues su humanidad , cultura, afabilidad, es dificil de desprenderse de ella,,, sacerdote sencillo, humano, cercano,, cariñoso, con su ejemplo transmitia al Dios vivo, revivia la Presencia Divina,
    D.Eduardo , conservo tus correos, y nunca voy a olvidar nuestras conversaciones , pues en todas dejabas una semilla
    Besos de luz elevo hacia el cielo,,,,,,, y q goces eternamente de la Presencia del Padre

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