Rosario

Primer misterio. El PP ha jugado tanto con las víctimas del terrorismo que ha terminado por ser víctima de las víctimas del terrorismo. No se juega con las cosas de comer. Ni con las de matar. Segundo misterio. La monarquía española pierde altura. El avión del Príncipe de Asturias pierde aceite. El Rey aterriza como puede, donde puede  y cada vez que puede. El avión oficial de su hijo también. Casualidades pro nobis y pro república. Tercer misterio. El marido de Cospedal cobra 7.000 euros al mes de un banco desde 2011 pero su contrato no aparece hasta 2013. En casa de los señores de Cospedal emiten en diferido los partidos de tenis y los contratos de trabajo. Cuarto misterio. Javier Fernández en su totalidad. Quinto misterio. El PP es un partido que celebra convenciones como las vendedoras de Avon, aunque presenta  serios problemas para maquillar sus grietas y arrugas aunque se pinte como una puerta. Alejo Vidal Quadras se aleja para aclarar la Vox. Mayor Oreja se hace el gran sordo. Aznar tiene excursión. Sexto misterio. En el Niemeyer se pagaban viajes a Disneylandia con dinero público. Qué error, con un billete de Alsa para ver un pleno de la Junta General la diversión estaría igual de garantizada y nos habríamos ahorrado un dineral. Letanías de la actualidad: Coca Cola, ten misericordia de nosotros. Tenneco, ten misericordia de nosotros. Suzuki , descansa en paz. Variante de Pajares, torrente de sabiduría. Real Sporting de Gijón, esperamos tu resurrección. Amén.

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Comer

El saber no ocupa lugar. El hambre, sí. Esta es la razón por la que en los colegios públicos de esta ciudad (y de otras muchas) los niños van a clase con más intención de comer que de aprender. El sabor ha conseguido prioridad sobre el saber, ya que un plato de comida caliente tiene mucha más consistencia material e intelectual que manejar con destreza la receta de las divisiones con decimales o saborear la obra de Machado. Así de tristes son las cosas por mucho que las instituciones intenten cocinar las estadísticas para ver si las hambrunas menguan en el papel aunque aumenten en la realidad. Hay gente que vuelve a ir al colegio para “matar la fame”, una costumbre muy arraigada en tiempos que ya se creían superados y que dibujaban el paisaje de una España negra, mal comida, mal educada y mal gobernada. Tiempos de sabañones y algarrobas, de damas de la caridad y roperos parroquiales que ya se daban por muertos. Mal hecho porque han vuelto con toda su carga de grisura, tristeza e indignación. Algunos escolares a quienes la Administración regaló antaño un ordenador portátil lo cambiarían de buena gana por un bocadillo, por poder hacer los deberes con la calefacción de su casa encendida, o por no ver a su padre y a su madre hurgando en las ofertas del Inem o en agujeros peores. Los comedores escolares son el refugio de familias tan arrasadas por la crisis que creen que quedarse sin estudios es mejor que quedarse sin comer, ya que la realidad nos enseña a diario que más vale ración en mano que diploma volando. Ayunar de cultura y de alimentos es muy grave y este país tan moderno y occidental va camino de ambas cosas, todo gracias a un sistema político y económico que ha hecho del canibalismo social su principal razón de ser. No creo que sea posible para un niño aprender mucho teniendo que estar al plato y a los deberes, ni conseguir futuras generaciones de sabios e investigadores españoles de unas aulas en las que el aprovechamiento de cada vez más alumnos se tendrá que medir en calorías. Saber no es comer, ni viceversa.

Perdedores

Perdió Nadal en Melbourne pero a todo el mundo le pareció que había ganado. Será porque Nadal transita por la derrota y la victoria con esa actitud tan rara que antes se llamaba elegancia. Nadal nos cae bien porque andamos muy escasos de personajes públicos capaces de ganar y perder con la entereza y la flema que se le atribuye en las películas a los lores ingleses con monóculo y pajarita. Que los triunfadores sean derrotados de vez en cuando es un consuelo para quienes estamos en puestos de descenso desde hace años, pero hay dos maneras de presenciar la caída de los dioses: con la satisfacción mezquina que da la venganza o con la solidaridad sincera de quien conoce el papel de perdedor. Nadal, al que le gusta ganar como a todo quisque,  consigue que sus triunfos y sus derrotas sean celebradas sin envidia y sin venganza, respectivamente. Y eso es porque estamos cansados de ver triunfadores de baratillo que jamás admiten perder, ni reconocen haber sido derrotados. Los políticos siempre dicen haber ganado las elecciones aunque las hayan perdido. Los banqueros ganan siempre en las crisis a costa nuestra. Las infantas imputadas quieren gozar de más presunción de inocencia que otros delincuentes comunes. Los obispos han perdido el nacional catolicismo y el lleno en la misa de doce, pero siguen actuando con la soberbia insultante de los colonizadores de almas. Los presidentes de clubes de fútbol que no pagan ni al butanero, casposos, mediocres y tramposos, se siguen creyendo casta aparte y piden el indulto para sus compañeros de la mafia. Vivimos rodeados de triunfadores de pacotilla que se sostienen generando perdedores a su alrededor, pero consuela aún seguimos siendo capaces de apreciar la diferencia que hay entre ellos y tipos que, como Nadal, ganan y pierden con naturalidad y grandeza. Seremos perdedores, pero no estamos derrotados. Por ahora.

Droga

En este país no se puede fumar en los bares ni hacer botellón en las calles y no hablemos ya de otras sustancias de más potencia alucinógena. Sin embargo, nadie se ocupa de controlar las letales dosis de realidad que consumimos a diario. La realidad española es la droga más dura que se puede administrar a cualquier criatura sin que haya autoridad pública alguna que prevenga de su consumo y de las consecuencias que comporta. La realidad española es una droga legal de alto octanaje que el jueves se nos ofreció en forma de presidentes de equipos de fútbol pidiendo a coro el indulto para uno de ellos, un tal del Nido (de víboras, al parecer), que ha sido condenado a siete años de cárcel por delito continuado de malversación. Casualmente y ese mismo día, uno de los que pedía el indulto dimitió tras ser pillado a su vez con el carrito del helado. Dimitió en catalán, que queda mejor. El efecto tóxico de la conjura de estos necios sería llevadero de no ser porque la mayoría de ellos presiden empresas que estarían quebradas, embargadas y cerradas en cualquier otra dimensión de la realidad que es la que viven la mayor parte de los empresarios españoles. Sin embargo, todos estos siguen adelante mostrando un total desprecio por las leyes y esgrimiendo un discurso que da vergüenza ajena, trufado de constantes simplezas acerca de “los colores”, “sudar la camiseta”, “el proyecto deportivo” y otras estupideces propias de quienes quieren vivir en una sociedad parecida a un coto de caza y gobernada por ellos mismos, señoritos rijosos y calaveras que, a cambio de darnos un poco de espectáculo los domingos por la tarde, están dispensados de pagar impuestos y de ir a la cárcel. Besan la mano a las señoras, manejan como nadie las intrigas en la penumbra de los palcos, hacen negocios envueltos en sus banderas y se protegen las espaldas, siguiendo las consignas que aprendimos viendo “Uno de los nuestros” y “Los Soprano”. Deben millones a Hacienda y a la Seguridad Social, mienten cuando firman los contratos, pero siguen manejando miles de millones de un país arruinado y acaparando horas y horas de actualidad, como si de ellos dependiera el futuro de Occidente. Nadie mete mano a estos sinvergüenzas porque son quienes administran la droga dura que, como pasa en todos los países tercermundistas, mantiene a raya cualquier intento de motín.

Noticias

En el mismo programa de radio oigo que en España se matan o abandonan cada año a unos 50.000 galgos, que un jugador del Barcelona ha costado cien millones de euros en vez de los 57 que se anunciaron, y que un científico español capaz de crear piezas de recambio para los riñones se va a Japón porque aquí no hay quién investigue nada excepto la vida privada de Belén Esteban. Dice el locutor que Mariano Rajoy ha tenido que ir a Washington a que le den una bolsa de conguitos para subirle la autoestima, que lo mismo la infanta blanqueadora entra en los juzgados bajo palio y que el presidente inexistente de la Asturias en extinción puede ser el próximo líder del PSOE. Un cardenal predica: la homosexualidad se trata con pastillas, como la hipertensión y las almorranas. Rajoy vuelve a España con su bolsa de conguitos para decir que ya estamos saliendo de la crisis, que todo está controlado, mientras un informe de IU dice que en los colegios de Gijón hay niños que roban piezas de fruta del comedor escolar para llevar a casa. En estos colegios se regalaba antes un ordenador a cada alumno. Ahora les bastaría con un bocadillo. De bable en les escueles a fame en les escueles. Leo que la variante de Pajares es casi tan cara como en Canal de Panamá y también será navegable, y que la Seguridad Social nos enviará una carta a los mayores de cincuenta para decirnos lo que nos va a quedar de jubilación. Para qué vayamos ahorrando. Qué sarcasmo.

La fealdad es la marca de este país. La marca España es la vulgaridad, la cutrez, el señoritismo gobernante, la inutilidad de la oposición, la chulería eclesiástica y la garrulería y la ignorancia como señas de identidad de muchos periodistas, tertulianos e intelectuales, nuevos dueños de la opinión pública junto a los cocineros y expertos en vinos.

Con estas noticias tan feas que contar duele aún más la muerte de Manu Leguineche. Se apaga una luz y no se enciende ninguna otra.

Reciclaje

Tengo para mí que no todos los años son nuevos. El 1 de enero de cada año no siempre se abre un paquete de 365 días a estrenar. Es falso y es una estafa por mucho que nos lo digan y nos lo deseemos unos a otros. Hay años de segunda mano, me juego lo que sea, años que están hechos con retales de otros años que han sido mal tramitados, que se han vivido de mala manera, que han tenido mala suerte, que fueron maltratados por abriles sin aguas a miles, desacreditados por veranos de lluvias torrenciales, por inviernos llenos de desgracias, por series de guerras y cosechas de miserias amargamente sincronizadas. Esas docenas de meses que no merecen ni el nombre de años, desaparecen de manera prematura y poco digna tras haber sido años sietemesinos y enfermizos, incompletos o tarados. Hay años que son como balas perdidas que el tiempo ha lanzado al aire el 1 de enero y que terminan por quedar empotrados en cualquier parte, sin haber cumplido su destino de pasar con dignidad a la fosa común del tiempo después de haber desgastado por erosión cada uno de sus 365 engranajes. Todos esos desperdicios del tiempo, esos retales que se han quedado a medio consumir en alguna parte de la relatividad, sirven para armar con remiendos los años “nuevos” que nos resultan extrañamente familiares desde el principio. No es porque nos hayamos vuelto locos, sino porque en alguna parte del Universo hay alguien que recicla el tiempo para que los años nuevos le salgan más baratos, lo mismo que por ahorrar se arregla un coche con piezas rescatadas del desguace o se le ponen ruedas recauchutadas. La crisis ha llevado a estas imprudencias que nos pueden costar un disgusto, ya que tan peligroso es andar con un coche en mal estado como vivir años remendados con piezas del vertedero. Es como entrar en una habituación mal ventilada o dormir en una cama en la que nunca se cambian las sábanas. Un asco.

Chamuscados

Es una frase hecha y una recomendación básica de seguridad: entre bomberos no conviene pisarse la manguera. De lo que no se había dicho nada hasta ahora era acerca de si los policías podían pisar la manguera a los bomberos. Es otra variación sobre el mismo tema que ha sido noticia de estos días. Lo que ha pasado en Madrid, donde un bombero ha sido detenido y procesado por discrepar a cabezazos con un antidisturbios que le pisaba la manguera mientras él apagaba un incendio, es una metáfora para pensar si las fuerzas del orden público de este país están más preparadas para colaborar en la extinción del fuego o para echar gasolina sobre las llamas. España está que arde en términos generales, con mucha gente quemada que sale a la calle a reclamar lo suyo, gente más necesitada de bomberos que de pirómanos. Pero no pasa un día sin que veamos un telediario lleno de policías repartiendo estopa entre manifestantes de toda índole, de escuchar a ministros o subsecretarios diciendo cosas que incitan a la combustión espontánea, o de soportar fiscales emitiendo discursos altamente inflamables sobre monarquías con el aspecto grotesco de una falla valenciana indultada. Pedimos un bombero y nos mandan un antidisturbios. Mal asunto. Nuestro futuro colectivo huele a pólvora cada mañana, se va incendiando al ritmo de las cotizaciones del Ibex 35 y las listas del Inem, y cuando llega la hora del telediario nos encontramos en todo lo alto con el habitual menú del día de ministros pirómanos, policías inflamables e historias de gente chamuscada que llama a los bomberos sin respuesta. Ellos no pueden acudir en su socorro porque tienen la manguera pisada por quienes viven de que todos nos vayamos quemando en una gran parrillada que se servirá como aperitivo en la próxima reunión del consejo de ministros.

Cuatreros

Supongo que habrán leído ustedes en los periódicos la cutre y singular historia de unos infeclices cuatreros de Malasia que intentaron robar cuatro vacas por el innovador procedimiento de meterlas en el maletero de un coche y salir echando leches atajando por los praos. Los malayos tuvieron la mala suerte de que se les estropeara el medio de locomoción en plena fuga y no hubo más remedio que abandonar el botín vacuno y el vehículo. Sin duda los cuatreros eran unos chapuceros, o unos debutantes en el mundo de la delincuencia que no planificaron el robo con el suficiente detalle y se quedaron sin vacas y sin coche. Por inútiles. Es lo que tiene hacer las cosas con desgana y sin talento. La historia de estos infelices robavacas malayos se parece mucho a la que protagonizan desde 2011 los grupos municipales del PP y FAC en el Ayuntamiento de Gijón, una pareja de hecho (en algunos momentos parecen ser una pareja de desecho) que no cesa de ofrecer a la respetable ciudadanía deliciosas escenas costumbristas de matrimonio de conveniencia, algo pasadas de tono y final previsible. La más reciente de sus comedias ha sido la incapacidad de pactar un presupuesto para Gijón, precisamente en uno de los peores años de su reciente historia económica y social. Y es que populares y foristas se conocieron hace más dos años en una noche de tormenta electoral y sobre la marcha y sin amor, decidieron salir pitando metiendo de cualquier manera en el maletero de su utilitario una mayoría política que habían enganchado por los pelos, no por los votos. No tenían vehículo adecuado para transportar entre los dos un botín tan importante, el maletero en el que se levantaron la Alcaldía de Gijón y sus responsabilidades no contaba con la capacidad suficiente para aguantar una huída hacia delante de cuatro años de duración y, además, entre ellos no se hablan, ninguno quiere pagar los peajes ni la gasolina. Así que estaba cantado que con un coche viejo, un botín pesado y compañeros de viaje enfadados, la huida no llegaría lejos. El primer ejemplo lo hemos visto en unos presupuestos de 2014 que no existirán para una ciudad que cada vez existe menos. Nos han dejado tirados como unas vacas robadas en medio de una caleya. Lo previsible tratándose de cuatreros.

Cambridge

Cuatro de cada diez españoles afirman estar dispuestos a no mantener relaciones sexuales durante un año a cambio de hablar inglés como perfectos ingleses. El estudio es de la Universidad de Cambridge, un detalle que a uno le hace poner en duda la solvencia de tan vetusta institución o pensar que en esa universidad hay mucho ocioso o mucho obseso. En fin, que en la historia se ha cambiado sexo por dinero, sexo por comida, sexo por un ascenso, porque sí, pero ¿sexo por idiomas? No sé. Por un lado, habría que conocer la edad y el perfil de las personas que se mostraron favorables a ser célibes para convertirse en políglotas. Salvo que los encuestados sean frailes de clausura, las cuentas no me cuadran. Los jóvenes andan bien de sexo y se apañan con el inglés que aprenden fregando platos en los pubs de Londres cuando emigran. A ciertas alturas de la vida uno ya puede pasar con poco sexo, pero a esa misma edad igual le empieza a dar lo mismo poder leer a Shakespeare o ‘The Times’ en versión original y por andar enredando con esos trueques raros, lo mismo se muere en el dique seco de la lujuria cuando aún no sabe manejar con soltura en genitivo sajón o el verbo “to be”, o sea, que ni uno ni otro. Además y en caso de apuro, Internet es una mina de recursos en la que lo mismo se encuentran elegantes páginas eróticas que eficientes traductores de inglés, soluciones muy apañadas para las urgencias cuando hay problemas con el manejo de las lenguas en todas sus acepciones. Es posible incluso que algunas personas de cierta edad (la mía, por ejemplo) que dominan el inglés con cierta fluidez (no es mi caso), estén dispuestos a renunciar a este bagaje de su saber con tal de volver a reverdecer sus laureles sexuales, o sea, que prefieran cambiar idiomas por sexo y no sexo por idiomas. Nuestra generación y las anteriores tienen el sexo y los idiomas como dos de sus grandes asignaturas pendientes o, como mucho, aprobadas por los pelos (con perdón) y llevamos años conformándonos con las raciones justas de sexo, de ingles (aunque no sean brasileñas) y de inglés. Y todo parece que así vamos a seguir por mucho que digan en Camdridge.

Amores

El argumentario de los defensores de la cada vez más indefendible infanta Cristina se ha nutrido este fin de semana con una perla más. La finta dialéctica de un letrado del notable despacho de Roca i Junyent, aquél que empufó a media España con su operación reformista, basa la exculpación infantil (de la Infanta) en el amor conyugal como justificante del fraude fiscal. Los caminos del Señor y los del Derecho Civil son inescrutables y confluyen en este punto tan inesperado de la historia de España en el que se hermanan la teología y la fiscalidad. Sentenció San Agustín: “ama y haz lo que quieras”, abriendo sin saberlo un camino muy imaginativo hacia el blanqueo de capitales. La traducción actualizada de la santa reflexión agustiniana es “ama y defrauda lo que quieras”, ya que el amor es una potencia de tal calibre que justifica la burla fiscal. Ama y haz lo que quieras, cásate bien y defrauda, aterriza como puedas… son todas sentencias del mismo jaez y con la misma base: seguir creyendo que la gente es imbécil o que el hecho de ser súbdito por obligación te hace subnormal por definición. Siempre habíamos creído que la infanta que era un poco corta era doña Elena, pero resulta que la otra, la pequeña, presenta un cociente intelectual inferior al de una chimpancé en celo cuando usa la tarjeta de crédito estando enamorada. Deberían poner una etiqueta advirtiendo de esos peligros de la Visa oro, lo mismo que avisan en las cajetillas de lo malo que es el tabaco. Qué cosas hay que ver. Si la infanta ha incumplido la ley ha sido por amor, como Bonnie and Clyde, lo que pasa que a esta pareja de presuntos gánsteres de casa grande huyen en coche blindado y con escolta. Qué envidia. Son guapos, son ricos y, de además, están enamorados. Ya solo falta que la defensa de Urdangarín atribuya sus chorizadas al hecho confesado de ser un duque emplamado, suponemos que por amor. ¿Por qué lo llaman amor, cuando quieren decir dinero?