Paraíso

El Tribunal Constitucional avala que la Iglesia no pague el impuesto de bienes inmuebles (IBI). Como Dios está en todas partes, según sostiene la fe católica, el tal impuesto les podría salir a los obispos por un ojo de la cara, ya que esa omnipresencia hace que el índice de ocupación del suelo por parte de la divinidad es casi del ciento por ciento. Echen cuentas. Pero todo tiene arreglo, porque el Estado va a misa de vez en cuando y allí es aleccionado con meticulosidad sobre las cosas de la fe. A saber: cada iglesia, cada convento, casa de ejercicios, colegio religioso o catedral es la casa de Dios, pero hace siglos que repetimos de forma automática esa frase tan inspirada: “que Dios te lo pague”. Sabemos que tal promesa va unida a un pufo asegurado, pero ya nos hemos acostumbrado a estos impagados. De manera que ministros y jueces saben que el IBI que no pagan ahora los obispos lo pagará Dios algún día, y se avienen a apuntar la deuda eclesiástica en una barra de hielo que guardan en el Tribunal Constitucional para estas ocasiones. Así que todos tranquilos. Dios proveerá y Dios pagará cuando llegue el día del Juicio Final. Antes de ordenar en dos filas a unos buenos y a los malos para mandar a unos al cielo y a otros a las calderas de Pedro Botero, el Señor dirá “¿qué se debe aquí?” para dejar zanjada la deuda fiscal contraída por los pastores de su rebaño. Parece ser que, de haberse dado el caso de verse obligada a pagar el impuesto, la Iglesia habría remodelado todos los crucifijos que componen el mobiliario eclesial para sustituir el cartelito de “Inri” por otro que ponga “IBI” para reivindicar así la exención impositiva de las sotanas. Los jueces y los ministros no habrían soportado esa tremenda visión en cada sacristía, ni en todas las aulas escolares en las que se volverá a restaurar la presencia de la cruz del Gólgota gracias a otra ley, en este caso educativa. Así que el Constitucional en fecha tan señaladas como estas, ha liberado a la Iglesia de la cruz del impuesto y a Jesucristo de verse crucificado entre un fabricante de cementos y una infanta de España por un inspector de Hacienda. Ahora que las empresas se van a otros países huyendo de los impuestos, tenemos garantizado que Dios no se deslocalizará de España a causa de la presión impositiva. España es un baluarte del catolicismo y un ejemplo de lo que es el paraíso, al menos el paraíso fiscal para algunos.

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