Miedos

PG

Nos han enseñado a temer la sífilis, al cáncer, a las anginas y el catarro, a la tosferina y las gonorreas, a llegar tarde a casa, a suspender matemáticas, a quedar solteros o ir al infierno. Primero fue el miedo al acné, a la eyaculación precoz, al abandono del primer amor. En la edad adulta convivimos con el terror a no estar de moda, a no prosperar, a no conseguir “los objetivos” y a ser eso que en las series americanas llaman simplemente “fracasados”. Luego vino el horror prostático, a que se nos acabe el Prozac antes de la siguiente receta, a quedar calvos, a que se nos note el bisoñé, a ser invisibles ante las mujeres, a admitir que ya lo somos y a dar por hecho que eso nunca cambiará. Cada día tiene su afán y cada edad tiene sus terrores.

A esos miedos tradicionales y previsibles se han añadido en los últimos tiempos los terrores al desempleo crónico, al desahucio, a hacer cola en el comedor social, al Alzheimer, a las pensiones alimenticias, al fracaso escolar, al suicidio adolescente provocado por el acoso escolar, al espía que hay en cada Facebook, a la hipertensión, al colesterol, a los drones y a los triglicéridos. Tememos a la muerte y tememos a la vida, a presentarnos al casting y a ser rechazados, a operarnos de la verruga y a quedarnos con ella en medio de la cara. Tememos a la úlcera, a las quemaduras solares y a las picaduras de los bichos; a los cuernos, a las mentiras piadosas si no las decimos nosotros. Tememos a los borrachos por sinceros y a los sinceros por parecer borrachos. Caemos en picado con los años y a eso lo llamamos experiencia. El miedo nos ha embridado para ser buenos por conveniencia, para tener prudencia cuando hay que lanzarse al ruedo, para poner el freno al potro cuando hay que picar espuelas, para no tirarle los tejos a la vecina/o.

El miedo nos ha enseñado a vivir de paso, con prisa y sin pausa, metidos en el temor salvador que todo lo tapa, que todo lo asume, que nada perdona. Nos han hecho vigilantes de nuestra propia red de espionaje interior. Nos han dicho qué se puede querer y qué se ha de odiar. Tenemos bien leída la cartilla, el plan de pensiones, el plazo del coche y de la hipoteca. Nos miden los orgasmos (en caso de haberlos) y nos pasan de mano cuando ya no somos rentables, cual monedas viejas, para decirnos que estos miedos de ahora se prolongarán al menos hasta la jubilación a los 70. A esa edad empezarán otros miedos, los más duros y los más definitivos.

Este es el miedo que manda, el que se sienta cada día en el Parlamento y en el Consejo de Ministros, el que escribe las noticias del telediario. Hay un olor a miedo preconstitucional de patada en la puerta, de porra de guardia y de “usted no sabe con quien está hablando”. Hay miedo porque en la televisión salen fascistas con carrera a decir que los que buscan a los muertos de la Guerra Civil lo hacen por cobrar la subvención. Hay gente que sabe desde hace generaciones que la letra con sangre entra y que para gobernar hay que meter miedo. La irracionalidad y el hijoputismo desatado producen un miedo irracional que nos encoge todas las tripas y que nos priva de dos derechos fundamentales más: la libertad y la alegría.

Pocos remedios hay para no sentirse gobernado por el miedo de los tontos. Uno de los más efectivos es leer, meter la cabeza en un libro y aspirar palabras como estas de Manuel Vicent con las que hoy he conseguido alejar algo y miedo y la ansiedad “La calidad de vida hoy consiste en no salir de casa: cultivar bien a cuatro amigos, volver a la bondad, compartir la antigua rebelión con el perro, vivir detrás de una tapia entre dulces lámparas y buenos libros pensando que la inmortalidad solo dura hasta que de noche el sueño te acoge”.

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