Catulo

Algunas personas a las que aprecio, respeto e incluso quiero, me han hecho notar que mis artículos de los últimos tiempos son excesivamente amargos y previsibles. Me dicen que he caído en una suerte de tristeza estética o cosmética, como la de Chopin y otros tuberculosos al uso del siglo XIX, en la que me siento cómodo y que en su cobijo redacto textos rellenos de vitriolo cuya forma y fondo los hacen cansinos y repetitivos. Me han dicho también que usar la disculpa de que hay otros muchos que ven las cosas como yo las escribo, es un recurso barato de periodista viejo y mal encajador y que, además, todos los puestos de redentor de los indignados ya están ocupados por personas más cualificadas y jóvenes. Puede que estos lectores tengan razón en lo que dicen y que uno debiera dedicarse mejor a hablar de flores y pájaros, o a escribir redacciones del modelo “mi jardín” que tantas satisfacciones han dado a otras personas. También me han dicho que llevo demasiados años sin vivir en la redacción de un periódico y que he perdido la perspectiva. O una cuantas perspectivas, añado yo. En mi descargo sólo puedo argumentar que observando una realidad repetida no se puede hacer retratos coloristas y variados, excepto si damos por sentado que la opinión personal sobre lo que sucede deba ser ofrecida al lector con un poco de azúcar, como hacía Mary Poppins al darle la medicina a sus pupilos. Puede que para hacer eso y dejar de ser un columnista cansino y repetido sea necesario poseer un talento, un sentido del humor o unas habilidades de las que uno carece a fecha de hoy. Un amigo al que conté estas cosas me recomendó leer algo, al parecer, muy conocido (no para mí hasta ayer) del poeta latino Catulo. Son cuatro versos: “odio y amo. Quizás te preguntes por qué hago esto. /No lo sé, pero siento que así ocurre y me torturo”. Yo no sé tampoco si esto vale de algo. Al menos quien lo escribió ha conseguido explicar con certeza como funciona el péndulo cansino, repetido, alegre, amable, odioso o triste de la vida que uno atraviesa a nado, tratando de no ahogarse, agarrado a algunas palabras.

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4 pensamientos en “Catulo

  1. Jaime, (amigo si me lo permites) yo no se los demás pero yo necesito que tus artículos reflejen la realidad diaria, sin disfraces, ya bastante intentan vendernos motos los políticos y sus allegados.

    Por cierto mi abuelo se llamaba Gayo, precisamente por Catulo (raros que son en mi familia)

  2. Lo de siempre. Optimismo o pesimismo. Ser derrotado o derrotar.

    Supongo que lo que nos rodea actualmente no es para lanzar voladores y así lo trasmites en tus acertados escritos pero con la dosis justa de ironía como para que lancemos un sonrisa en más de una ocasión.

    Sigue así, Jaime.

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