Drones

Cuesta trabajo no pensar que la mayor parte de las decisiones políticas españolas están siendo tomadas por ‘drones’ y no por seres vivos. La clase política corre el peligro de dividirse entre ladrones y “drones”. Después de escuchar a doña Elena Valenciano sugerir que los saltos de inmigrantes a la valla de Melilla deben ser controlados con ‘drones’ o aviones espía, los mismos que usa Obama para cepillarse terroristas en Afganistán, uno confirma que la política se ha convertido en el arte de decir estupideces más o menos ingeniosas y dejar que los verdaderos problemas se pudran o se arreglen solos. Elena Valenciano y otros parecidos son personajes robotizados que, al igual que los aviones espía de los yankis, no van tripulados por idea alguna, de manera que nunca ponen en juego nada importante. Sueltan su ráfaga de memeces y se van por donde han venido hasta que la actualidad les encomiende alguna otra peligrosa misión. Ahí tienen a Mariano Rajoy, programado para repetir constantemente que en España no se destruye empleo a pesar de que el paro aumenta cada mes, o que lo de Bárcenas no tiene importancia. Los bombardeos de Mariano el “dron” son muy peligrosos, funcionan como armas de distracción masiva que dejan numerosas víctimas. Lo mismo ocurre en el Ayuntamiento de Gijón, convertido en un hangar de concejales no tripulados que colisionan entre sí, en el que la alcaldesa drónica ha tenido que nombrar asesora personal a la secretaria general municipal a la que destituyó por falta de confianza. ¿En que quedamos? ¿Es de fiar o no es de fiar? Y tampoco hay que perder de vista la negociación no tripulada de los presupuestos del Principado. Este juego de marcianos tiene como protagonista al robotizado presidente Fernández, escoltado en formación de ataque por sus fieles drones escuderos Lastra y Gutiérrez. Al otro lado de la mesa se sitúan los señores González y Prendes, programados para explotar en el momento oportuno arrasando cualquier acuerdo. Los ciudadanos hemos de echarnos cuerpo a tierra varias veces al día para no ser alcanzados por la munición pesada con la que nos bombardea esta clase política no tripulada, automatizada por la disciplina de partido, los argumentarios que les dan sus asesores en el desayuno y la total carencia de ideas, programas y voluntad de cambiar nada. No les pierdan de vista porque dentro de unos meses serán programados para repartir propaganda electoral y disparar sobre lo único que nos queda: el voto.

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Apologías

La apología del terrorismo es un feo asunto. Y desagradable. Hacerles la ola a los que han desgraciado la vida de otros no es solo una expresión de falta de humanidad y principios básicos, sino también un delito. Por eso uno no entiende cómo es posible que el legislador no ponga el mismo celo en tomar medidas para la erradicación de cualquier expresión pública que de una forma más o menos explícita suponga la apología, el respaldo o en enaltecimiento de la corrupción, la sinvergüencería o el robo de dinero público a manos llenas. Todas estas cosas se me ocurren cuando escucho a varios altos cargos del PP (Floriano, Cospedal) poner paños calientes a la sentencia que condena a Carlos Fabra a cuatro años de cárcel por fraude fiscal, cuando evitan dar explicaciones sobre la doble contabilidad de su partido o niegan la relación con el tal Bárcenas. El enaltecimiento de los ladrones con cargos públicos mediante discursos evasivos, circunloquios, disculpas o ejercicios de escapismo dialéctico debería tener la misma respuesta judicial que las manifestaciones de quienes jalean a los terroristas del tiro en la nuca. Hay muchas maneras de acabar con el Estado y con la democracia. Puede hacerse poniendo coches bomba, entrando con un tricornio en el Congreso a dar un cuartelazo, o arruinando las arcas públicas para luego pasarse al sector privado a seguir chupando de los Presupuestos Generales.  El resultado de estas acciones impunes de terrorismo económico es el desguace de la sociedad civil, el empobrecimiento de varias generaciones y una cosecha de hastío ciudadano y desconfianza en unas instituciones que se han convertido en la madriguera de algunos corruptos muy aplicados y aún más protegidos. Por activa o por pasiva. Acabar con el enaltecimiento de la corrupción, del machismo (patrocinada por la diócesis de Granada y su libro), de la violencia contra las mujeres y desterrar todas las demás apologías a lo más sucio de nosotros mismos es aún una de las muchas asignaturas pendientes de quienes tantas explicaciones nos deben pero que tantos años llevan dedicados, en exclusiva, al enaltecimiento de sí mismos.

Fotomatones

Hacer una foto a un policía puede salir más caro que comprarse un Picasso. Ahora que ya sabemos todos manejar la cámara de móvil, resulta que hay que tener cuidado con lo que se retrata. Lo que son las cosas: con la cantidad de fotografías que la policía nos hace a nosotros y nosotros no se las podemos devolver a ellos. Hay radares de tráfico, semáforos con fotomatón incorporado, además del masivo e incansable recaudador “multamóvil”, o de este nuevo artilugio que se ha inventado el Ayuntamiento de Gijón que permite a los controladores de la ORA disparar primero (la foto) y preguntar después (al conductor). Y no hablemos de las fotos robadas que nos hacen sin que nos enteremos cada vez que entramos en Internet, mandamos un correo electrónico o llamamos por teléfono. Una de las imágenes más vivas de mi memoria infantil es la del guardia que dirigía el tráfico en el puente del Piles. El agente iba tocado con un horrendo casco bacinillesco y daba órdenes a los conductores encaramado en una especie de púlpito metálico pintado de rojo y blanco. Parecía un náufrago agarrado a una boya en alta mar en medio del oleaje del tráfico. Nunca hubo guardia más fotografiado junto con “Morgan”, el policía de mostachos que entrenaba perros y que era un personaje en Gijón. Eran otros guardias y otros tiempos que no volverán. El Gobierno ha empezado por no admitir preguntas y ha pasado ahora a no admitir fotos. Casi todos los gobiernos parecen no creer en la democracia audiovisual (tengo mis dudas de que crean en alguna que no sea la que ellos puedan manipular) salvo que los que lleven las porras y las cámaras sean los policías para castigar a los malos sin photoshop. Un ciudadano que fotografía a un guardia puede llegar a ser testigo de un abuso (véase lo ocurrido en Barcelona). Pero, cuidado, porque unos guardias con barra libre para reducir a esos peligrosos peatones que les hacen fotos, pueden convertirse en unos fotomatones. En el sentido más textual de la palabra.

 

A la cola

Las colas de este fin de semana para comprar el libro de Belén Esteban fueron solo superadas por las colas de quienes se presentaron a una oposición de celador de hospital. Los informativos de televisión han hecho reportajes muy humanos y costumbristas al calor de ambos eventos. El periodismo actual consiste en sacar gente por la tele  hablando de lo que se tercie: el independentismo catalán, el paro o  la vida de Belén Esteban. El caso es llenar minutos y “dar color” como dicen los teóricos del periodismo.  La diferencia es que al final de una de las colas había libros para todos y la presencia de la mutante princesa del pueblo firmando ejemplares, tal vez con un aspa. Al final de la otra cola no había un empleo para casi nadie, porque se convocaban doscientas y pico plazas para más de treinta mil aspirantes. Tal vez sea esta otra de las peculiaridades de la “marca España”, su incapacidad para cubrir las demandas más básicas de los ciudadanos, como el trabajo, pero su enorme fertilidad para producir basura de todo tipo: comida basura, televisión basura, libros basura, líderes basura y trabajos basura. Belén Esteban y el paro surgen de este montón de basura que es España y la gente corre a las librerías a comprar un montón de papel que hubiera tenido un final mucho más honroso como tisú de uso higiénico. Además, puede que muchos de quienes esperan cola para salir del paro lo hagan mientras leen las memorias de Belén Esteban. Se cierra así el círculo que termina por definir este país en el que siempre hemos sido tan proclives a hacer cola para casi todo. El problema es que, a partir de ahora, el Gobierno impondrá unas multas terribles a las personas que hagan grupos en la calle excepto para manifestarse contra el aborto. Estas restricciones a las colas pueden poner en peligro la carrera literaria de Belén Esteban y hacer más aburridos los telediarios. Lo que que parece cantado es donde habrá cada vez menos gente es en las colas para votar.

Estrella

Estoy buscando apoyos para pedir que la próxima “estrella” Michelín sea entregada a la Cocina Económica de Gijón. Cuando se cumplen dos años de la llegada al poder de Mariano Rajoy y compañía y de sus hachazos a la vida , la Cocina Económica es el restaurante más concurrido de Gijón, el que más renueva sus menús y el único que no recibe reclamación alguna por sus servicios. Todo ello lo hace con una economía de medios envidiable y un personal tan entregado que para sí lo quisiera el mismísimo Arzak. Así que si en algo aprecian estos señores de la Guía Michelín el arte de la cocina y su maravillosa y elemental capacidad de dar de comer al hambriento, deberían de hacer una edición de emergencia de las “estrellas” y premiar con ellas a quienes son capaces de hacer que el guiso más básico, las patatas más viudas, la más humilde pechuga de pollo o el más elemental huevo frito, sean un manjar con infinitos matices de olores y sabores que explotan en el paladar de quienes comen a la carta que les ha dado el destino.

Pido una estrella Michelín para la Cocina Económica porque eso si que es hacer cocina minimalista (con lo mínimo), “de proximidad”, de temporada y con productos de la tierra, elementos que tanto entusiasman a los gastrónomos pedantes para elogiar las virtudes de algún laureado restaurante que cobra 100 euros por una fabada seca. Que me perdonen los miembros de la tribu de los sesudos analistas de la reducción al Pedro Ximénez, la evolución del solomillo de Ávila y los teóricos del pote asturiano, pero en los tiempos en los que muchos buscan el menú del día en los contenedores de basura, no hay cocina más meritoria, sustanciosa y loable que la que es capaz de atajar el hambre que vuelve a existir en España. Hay hambre y hambrientos en esta España esquilmada por los especuladores y gobernada por Rajoy y los comisarios europeos. El apetito es un concepto muy filosófico, un lujo intelectual para los cientos de ciudadanos que van a la Cocina Económica a quitar el hambre básica y a calentar el estómago. Rajoy y su tropa llevan dos años aplicando la doctrina Kennedy al revés. Antes de que nadie se pregunte qué es lo que su país puede hacer por él, Rajoy y sus sicarios ya han decidido que es lo que nosotros tenemos que hacer por nuestro país. El resultado de esa doctrina caníbal son familias enteras para las que la única estrella que se enciende cada día es la de la Cocina Económica. Y que no falte.

Culinos

Un senador del PP ha presentado una propuesta para que la sidra asturiana y sus circunstancias culturales sean declaradas patrimonio inmaterial de la Humanidad. Grande.. Casi al mismo tiempo, el partido de ese mismo senador (PP), ha propuesto que la minería asturiana se cierre en 2016 en vez de en 2018. Enorme. Cierra, que hay corriente, Mariano. El PP quiere una Asturias con más echadores de sidra y menos mineros, este es el mensaje nítido. No sé si ambas propuestas forman parte de una  sólida estrategia de cambio de ciclo económico o de una tomadura de pelo al son del tambor y la gaita con el fuelle de terciopelo. Sea lo que sea, al paso que vamos todo lo que Asturias tenga que aportar al patrimonio de la Humanidad serán cosas inmateriales porque las materiales (los barcos, la siderurgia, el carbón, las fábricas de cualquier clase) estarán cerradas por defunción. El PP se ha lanzado ya en barrena a liquidar todo lo que no es rentable, de manera que el futuro de esta comunidad jibarizada por la derecha y abandonada por la izquierda es la de ser un parque temático administrado por el tipo ese de Eurovegas que se reúne con el Rey. Los visitantes a “Por Desventura”, uno de los nombres que se barajan para el parque temático astur,  tendrán a su disposición un Alsa (por supuesto) en que recorrerán ruinas industriales de diverso contenido. Para que el paseo no se haga agotador, porque la crisis ajena da mucha sed, el transporte colectivo dispuesto para la turné, realizará varias paradas en los muchos llagares que seguirán abiertos, ya que si la sidra se convierte en patrimonio inmaterial de la Humanidad, los asturianos nos volveremos todos camareros,  conductores de Alsa o guías culturales de la gruta de Covadonga disfrazados de Pelayo o del oso que mató a Favila. Así que tranquilos si todo cierra: podremos quedarnos con los culinos al aire.

Normales

Cuando se produce un crimen de ese tipo que hemos dado en llamar violencia de género, todas las televisiones hacen reportajes en los que entrevistan a los vecinos de la pareja. La respuesta habitual del señor que viene de comprar el pan y que se sorprende al ver su portal lleno de sanitarios, periodistas y policías es siempre la misma: “era gente muy normal”. Uno sale al rellano de su escalera, se sienta allí a ver pasar a sus vecinos y llega a la conclusión de que todos parecen gente muy normal y que, por mucho que uno escudriñe en sus caras y miradas, no es capaz de ver nunca el alma de un asesino que agazapa tras un rostro “normal”.

La política se sustenta sobre grandes pasiones y relaciones tempestuosas que recuerdan a las que mantienen los animales salvajes de la pradera cuando se aparean en pleno celo sin reparar en gruñidos, berreas y zarpazos de amor. Todo sea por la continuación de la especie. Los pactos en política son como los amores de verano, breves pero intensos, o como cópulas de la selva, dictadas por la genética más básica y las pulsiones más urgentes. Los partidos políticos se aparean para cumplir el rito del celo cuatrienal. Copulan pactos que garantizan la perpetuación de su especie, de sí mismos, aunque ellos quieran presentar sus cortejos como actos de responsabilidad para con la sociedad en general. Pero llega un momento en que todo se rompe y el pacto que con tanto amor se concibió aparece muerto una mañana cualquiera. Ya no es el cachorro deseado que iba a perpetuar la especie y salvar a la sociedad de su extinción. Al conocer la trágico suceso, los periodistas llegan a preguntar al lugar de los hechos. Todos los testigos dicen que esos políticos parecían gente muy normal, que nada hacía prever tanta violencia institucional y tanta sangre. Luego, alguno de los amantes confiesa que pactó sin amor, en medio de un apretón venéreo, sin calcular las consecuencias. En pocas semanas estarán de nuevo en libertad de volver a engendrar pactos o de estrangularlos, aunque seguirán pareciendo gente “normal”.

Los Parot

La doctrina Parot es una especie de “día de la marmota” en versión penitenciaria. Cuando el reo cree que ya ha cumplido la pena por sus crímenes se le dice que aún le quedan veinte años más, por cabrón. Y así hasta el infinito. El tribunal de Estrasburgo se ha cargado tal doctrina en medio de protestas y manifestaciones, aunque si uno mira con detalle a su alrededor ve con claridad que es casi interminable la relación de los afectados por otras versiones libres de la doctrina Parot que siguen vigentes. En España hay una tendencia de eterno retorno a lo peor de la que no hay tribunal europeo que nos libere. Haciendo memoria de lo próximo se verá, por ejemplo, que los gallegos del ‘Prestige’ deberán cumplir íntegra la pena y la vergüenza de una catástrofe en la que los únicos que han quedado en libertad han sido los culpables. Cadena perpetua de galipote para quienes nada hicieron y libertad y discursos triunfales para quienes la cagaron a modo, que se van de rositas. El de los hilillos de plastilina es presidente del Gobierno y el que era minsitro de Fomento se las da de nuevo Pelayo en Asturias donde, por cierto, hubo que gastar 8 millones de euros en limpiar el citado galipote. ¿Lo reclamará ahora en su nueva versión de adalid de lo astur? Siempre los mismos girando en eterno efecto Parot para nuestra desgracia. Y no me negarán que tiene mucho de doctrina Parot tener que soportar a diario la chulería abusiva e invasiva de Wert, Aznar o Ana Botella, la inutilidad de Rubalcaba y su peña, la memez pretenciosa de Rosa Diaz, las listas del paro, los programas casposos de la televisión, la emigración de nuestros jóvenes, ser atracados por los bancos, o la visión espantosa de nuestra cuenta corriente. No habrá ningún tribunal europeo que nos libre de cumplir todas estas penas hasta el último día, que considere que estar sin trabajo durante años, tener más de un 50% de desempleo juvenil o que se congelen las pensiones son claros atentados contra los derechos humanos a los que habría que poner fin. Y no digamos nada de la doctrina Parot inversa que convierte en perpetua la presunción de inocencia para cualquiera que lleve el apellido Borbón. Los Parot del primer grupo estamos condenados de por vida.

Futbolistas

Acabo de escuchar la entrevista que Jesús Gallego hizo en la Ser a uno de los jugadores de la Roja.No recuerdo el nombre del gladiador-lumbrera invitado a las ondas, aunque es lo de menos. Me dicen que Albiol. Lo que me ha dejado boquiabierto  es que al ser preguntado en dos ocasiones sobre la oportunidad de que la selección española juegue en Guinea Ecuatorial, el muchacho lanzó balones fuera diciendo que esas “cosas de la política y de los gobiernos” no le competen a él. Que él y los demás están para jugar al fútbol y punto. El muchacho casi estuvo a punto de apelar a la obediencia debida, como los militares, para justificar que se haya accedido a protagonizar semejante esperpento deportivo en una de las dictaduras más sucias del mundo. Hubiera sido menos desalentador que el jugador hubiera dicho “tengo mi opinión, pero no la digo por si me echan”, que escucharle hacer una serie de regates de una torpeza digna de mejor causa. Lo que uno se pregunta es si ser futbolista implica dejar de ser ciudadano y carecer de opinión, quedarse simplemente en ser un millonario caprichoso, malcriado que se pone el escudo de España para hacer caja a cambio lo que sea. Si La Roja se ha usado política y mediaticamente hasta la saciedad como ejemplo de la famosa “marca España”, ¿a nadie le da un poco de vergüenza usar uno de nuestros presuntos símbolos mundiales como la bayeta que le limpia los mocos a la dictadura guineana? Toda esta banda de vividores que lloriquea cada vez que oyen el himno nacional ¿no se sienten avergonzados de que esa bandera por la que tanto claman (y con la que tanto ganan) le tape el culo a Obiang? ¿Organizarían un partido en Corea del Norte o Cuba, o eso ya son palabras mayores por si se enfada en tío Sam?

Y esa bonomía indudable de Vicente del Bosque que lo mismo sirve para anunciar yogures que seguros  ¿no queda empañada por este clamoroso alzamiento de hombros ante un ridículo de estas dimensiones? El liderazgo de un seleccionador que ha ganado la Copa del Mundo también debería medirse en su capacidad par plantarse ante una decisión que ensucia al equipo y al país que representa. El discurso de la inhibición o decir que se da una alegría a los probes negrinos guineanos yendo a jugar allí no tiene un pase. En fin, que estamos aviados

Basurero

La “marca España” está enterrada en basura junto con Ana Botella y gracias a ella. La ciudad de la “relaxing cup” que hace cuatro telediarios era la capital del mundo, aspirante a las Olimpiadas por su modélica gestión, no pasa ahora de ser un muladar con buenos museos y tiendas caras gobernado por una señora que aún cree que ser alcaldesa es lo mismo que pasar unas horas en el ropero parroquial haciendo obras de caridad. Quién nos iba a decir que alguien capaz de aprenderse un discurso de media hora en inglés, con mohines incluidos, no se las arregle para que su ciudad deje de estar llena de mierda. Tal vez estemos presenciando una gran metáfora y la basura que desde hace una semana aflora por las calles de la capital no sea otra cosa que la que se ha ido escondiendo bajo las alfombras políticas de la capital desde la noche de los tiempos. Lo cierto es que, por lo general, la derecha española produce una gran cantidad de basura que, tarde o temprano, se les acaba yendo de las manos. Les ha pasado con Wert, un auténtico manantial de desperdicios dialécticos y políticos. Ha ocurrido lo mismo con Aznar, un estercolero de rencor cuyos libros con olor a venganza ahuyentan hasta a los más incondicionales del partido. Les ha pasado también algo parecido con las víctimas del terrorismo, arma de manipulación masiva en tiempos del difunto ZP para lanzar basura contra el PSOE, que ahora se rebelan contra Rajoy por no dar la talla en el ajuste final de cuentas. Cuando el ventilador del odio se pone en marcha sin calcular las consecuencias, hay porquería para todos. Como pasa en Madrid. El problema añadido es que la derecha produce mucha basura, pero la izquierda no es capaz de recogerla. Por estas y otras razones los españoles andamos desde hace años con una mano en la cartera y otra en la nariz con el fin de preservar nuestra nómina y nuestro olfato. Y el basurero sigue creciendo.