Paseo

1 de noviembre. Pasean los vivos entre los nichos envidiando en el fondo la calma de los muertos, su neutralidad, su sosiego,  ya ajeno para siempre a tanto histérico vaivén, a  tanto discurso idiota que nunca tendrán que volver a oír. El muerto no tiene cura, ni prisa. Familias enteras deambulan entre señoriales panteones orlados de ángeles solemnes que rezan aburridos de tanta eternidad de piedra. Ya casi nadie se acuerda de esos muertos tan principales a quienes ellos velan. Como si mirasen pisos piloto en una urbanización soleada de las afueras, los vivos echan un ojo a los nichos mejor situados porque mientras los creyentes especulan sobre el más allá, los funerarios especulan con el más acá y construyen adosados sin vistas, a precios que le quitan a uno las ganas de morirse. Las soluciones ocupacionales para difuntos no acaban de convencer a nadie. Si el 1 de noviembre hace sol, el camposanto parece un outlet de oraciones, rosarios y osarios. Huele a la cera que se quema en esos barcos de velas en los que navega la memoria de los que se fueron. Los pasillos del cementerio están tan transitados como los un rastro dominical en el que en vez de bragas, calcetines, aceitunas o candelabros oxidados, se ofrecen epitafios a los ojos del curioso que, mientras estudia esta literatura mortuoria de granito, piensa en su propia frase lapidaria sin dar con ninguna que sea lo bastante solemne. Y se lamenta de que cueste tanto elegir el nombre de nuestros sucesores como las palabras que nos sucederán.  Vamos al cementerio con flores de ceniza y cargados de recuerdos cada vez más borrosos sobre nuestros muertos. Por  no recordar, ni recordamos la fila de nichos a la que hay que ir a presentar nuestros respetos y nos da vergüenza el olvido bajo el que también seremos sepultados algún día. La memoria es tan puta como la muerte y nos traiciona en el momento más comprometido, justo a la vuelta de la hilera donde están aparcados en batería algunos viejos conocidos que nos guardan el sitio.  Y cuando todos se van de nuevo a casa, los muertos vuelven a descansar en paz. Que es lo que quieren.

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