Protocolo

El Campoamor acogió de nuevo el orgasmo colectivo anual con el que cierta Asturias y alguna España de ‘vips’ que vienen de visita cumplen con el débito al que obliga su largo y plácido matrimonio de conveniencia con el lado dulce de la agria realidad. Volvieron los “von siempre”, los que siempre van de papu, y tienen butaca reservada en el gran teatro de Oviedo, que desde la noche de la Transición es una versión provincial del gran teatro del mundo. Todos volvieron a excitarse hasta el borde de la obscenidad con el roce de alfombras y butacas, los ademanes solemnes de los escoltas, los edecanes y las azafatas, el cruzar silencioso de los coches negros y blindados y el copetín post amatorio del Reconquista, haciendo el corro de la patata alrededor de la tortilla y el canapé de fabada deconstruida. Pero hasta llegar al climax amatorio del patio de butacas, esta ha sido una semana de preludios amorosos aliñados con frases sacadas de lo más profundo de la retórica del No-Do como la de “acto emotivo pero sereno” o las muchas apelaciones al hartazgo de orgullo y la satisfacción que, al parecer, todos hemos de sentir en estas fechas. En la tele autonómica un peluquero con labia impartió un cursillo de calvas y tupés al paso de la comitiva antes de dar entrada al reportero que entrevistaba a un matrimonio que acude cada año desde algún rincón de España a ver como cubrimos con premios nuestras miserias. A menos presupuestos para cultura y educación, más trofeos para los escritores y humanistas laureados; paseemos por aquí a los sabios de la Max Planck y los del bosón de Higgs para que no se note que hemos echado de casa a todos nuestros investigadores; premiemos a una fotoperiodista glamurosa de Nueva York aunque aquí se censure sin recato, se den ruedas de prensa desde teles de plasma y no se admitan preguntas indiscretas. Y, desde luego, babeemos ante la encantadora espontaneidad con la que sus altezas rompieron el protocolo para besar a un niño o acariciar un perro (o viceversa). Queda bien lo de “romper el protocolo” porque, al hacerlo, los figurones parecen acercarse a la realidad, la misma que intentaba hacerse oir desde la acera de enfrente del Campoamor pidiendo escuelas o empleo. Que colosal ruptura de protocolo habría sido ver a un ministro o a un príncipe cruzar la calle y saludar a los de las pancartas, pero de nuevo se ha demostrado que el pueblo cabreado no tiene ni idea de protocolo. Ni educación.

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2 pensamientos en “Protocolo

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