Odio

Émile Cioran, un tipo de lectura poco recomendable si usted está en horas bajas o tiene sus dudas sobre la humanidad en general, escribió que “cualquier persona inteligente odiará a la mitad de sus contemporáneos”.  No sé si hay que ponerse tan excesivo como Cioran para cruzar los tiempos que corren -él pensaba que la creación había sido el primer acto sabotaje-, aunque lo cierto es que el odio es uno de los escasos brotes verdes que se cosechan en este siglo marrón. El odio cotiza al alza merced a las mentiras parlamentarias, los saqueos bancarios, la desesperación de los que buscan el menú del día en un contenedor de basura y las soflamas de los tertulianos del apocalipsis (cuanto más oigo a Marhuenda mejor me cae Jorque Javier Vázquez). Desconozco la composición química del odio en estado puro y tampoco sé qué moléculas diferencian al odio del desprecio, o si el odio proviene del desprecio o viceversa. No sé teorizar sobre el odio, ni tampoco sé si es un veneno o un antídoto. Sólo sé que existe y que crece con diferentes caras, lemas y gritos, que crece también en mis tripas aunque me creyera libre de él. El odio es un sutil estupefaciente cuyas dosis se reparten con la misma mala idea que ciertos perversos caramelos a la puerta de los colegios y, a partir de ahí, nos hace adictos a él con mayor o menor intensidad. Tal vez haya alguien leyendo estas palabras que esté libre de odiar. Si es así debería lanzar la primera piedra, pero no podría hacerlo por odio, claro, y una pedrada sin odio no tiene sentido. Uno constata que el odio es una asignatura convalidada en todos los planes de estudios de la vida porque suele pasar que uno odia más cuando es joven, pero lo hace con más fundamento cuando se hace viejo. El odio es una habilidad de tahúr que se perfecciona con los años porque la experiencia nos enseña que hay veces en las que es necesario tener un odio en la manga para que no ser comidos por las moscas y tangados por todos los trileros que se acercan a leernos la mano y robarnos los dedos. El odio es un software libre y gratuito que nos instalan en el disco duro de la vida desde que la empezamos. Y este programa  se va actualizando sin que haya antivirus que lo neutralice hasta que, como advirtió Cioran en su fatalismo, odiemos a la mitad de nuestros contemporáneos. Lo mismo se quedó corto.

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