Zanahoria

La vida es un arma cargada de pasado con la que apuntamos al futuro; y el futuro es una diana borrosa, lejana y tal vez inexistente en la que seguramente nunca se llega a acertar. La vida es un arma de destrucción unipersonal que algunos se empeñan en hacer de destrucción masiva a costa de emplearla en complicar la vida a sus semejantes, en bombardear con ella a todo que se ponga delante. En todo caso y para todos, la vida mata con eficiencia a un ritmo casi constante de 365 días tóxicos por año. Algunos son días con alto contenido en minutos cargados de polonio, en horas contaminantes de uranio enriquecido. Otros muchos, la mayoría, desprenden un potente hedor a alcantarilla, y solo unos pocos son días de calidad extra, refinados, tiernos, saludables e irrepetibles. La vida es el único cartucho de que disponemos en esta escopeta de feria que nos entregan al nacer y con la que nos suicidamos o nos matan a fuerza de quinquenios. Y está comprobado que ese cartucho no contiene la misma cantidad de pólvora en todos los casos, y que la que contiene ni siquiera es de la misma calidad para todos los usuarios. Tal vez esa sea la razón por la que unos consiguen quemarlo haciendo fuegos artificiales y otros apenas son capaces de lanzar un fogonazo apagado, un ruido sordo y una escuálida humareda. La vida es un extraño aparato sin libro de instrucciones, un chisme que no está garantizado: además, todos los que han sido sus usuarios no están aquí para explicar a quienes tratan de entender el manejo de sus piezas, sus botones y sus palancas si el invento da buen resultado pese a todo. La vida es una mentira pactada que creemos a medias, como nos pasa con las noticias y los anuncios. Sabemos que tienen truco, pero todos los días perdemos el tiempo leyendo o mirando ambas cosas, hablando sobre ellas y advirtiendo a los demás de que son falsas. Pese a nuestra seguridad de estar siendo engañados y de alertar sinceramente de ello a los amigos, al día siguiente volvemos a lo mismo porque así tiene que ser. La vida es el único tobogán disponible en el parque, el único juego posible, así que seguimos deslizando nuestro culo sobre él aunque sepamos que al final hay un charco enorme e insalvable. La vida es como esas mujeres a las que todo el mundo llama putas, como esos tipos a los que todos tildan de chulos, pero a quienes todo el mundo quiere invitar a cenar vencidos por su extraño magnetismo. Nos gusta estar vivos aunque la muerte parezca a veces un atajo apetecible, y seguimos porque la vida lleva una zanahoria colgando de ese palo con el que golpea sin piedad nuestras costillas de masoquistas supervivientes.

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