Multas

La Policía Local de Gijón echó multas de 800 euros a unos ciudadanos que ocupaban un espacio público. Dicen los guardias que se sintieron vejados por las burlas y fotos que les hicieron los allí sentados. Yo creí que la vejación era otra cosa, pero parece ser que se ha bajado mucho el listón de las sensibilidades. A la vista de tal insensatez, solo cabe afirmar que Gijón se ha convertido en una ciudad en la que lo policialmente correcto se ha superpuesto a políticamente correcto. Un guardia que sea demasiado susceptible debería dedicarse a otra cosa, sobre todo si carece de margen de tolerancia y capacidad de encajar el cabreo de los ciudadanos a los que debe servir en casi todos los casos y sancionar solo en los más extremos. En unos tiempos en los que el personal está harto de recortes, prohibiciones y avasallamientos constantes, las calles suelen ser lugares de ocio y desahogo. Salvo que este desahogo se pase mucho de la raya y sea una grave amenaza contra la convivencia, una multa de 800 euros por pitorrearse de la toma de Cimadevilla se me antoja un exceso monumental para una ciudad en la que la calle ha sido siempre lugar de coexistencia. Los periodistas que se creen noticia, los árbitros tarjeteros y los guardias que solo saben multar, tienen mucho peligro, tanto como los concejales que gobiernan las ciudades como se gobierna una comunidad de vecinos o el patio de un colegio. Un talonario de multas es más peligroso que una pistola si se utiliza con demasiada ligereza o se pone en manos de un concejal que se siente el vigía de occidente y de un guardia que cree ser el general Custer.

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Para(d)iso

Cuando el agotamiento está a punto de hacernos creer que la “marca España” es un ministro de Educación con aires de oficial de las SS que patea el culo de los artistas, dice que las manifestaciones de maestros son fiestas de cumpleaños, además de opinar que las corridas de toros han de ser patrimonio de la humanidad, van y dicen en Madrid que la librería Paradiso de Gijón es una de las diez mejores tiendas de discos de España. Cuando nos quieren convencer de que la “marca España” es un presidente del Gobierno que va de cosmopolita a ser entrevistado en Nueva York y se cubre de caspa cuando trata de censurar las preguntas de una periodista de las que no traga con ruedas de plasma, conocidas antes como ruedas de prensa, va la pequeña Paradiso y se mete en el top ten de la cultura librera y disquera de este país. En tiempos de un estado de burrez epidémica en los que se anuncia que la casa de “Gran Hermano” será abierta al público por su “interés cultural” (sic), Paradiso consolida su tenacidad de utopía empresarial tranquila y popular. Cuando la “marca Asturias” está representada por un presidente autonómico que no pasa de ser el administrador concursal de nuestra ruina ayudado por el equipo de enterradores de los cuatro restos mortales de esta tierra, en la librería Paradiso sigue oliendo a libros, conviven vinilos y cedés, progres trasnochados con indignados prematuros, rebeldes con causa y sin ella, gafapastas sobrevalorados en vías de ilustración, sabios distraídos, y amas de casa despistadas que llegan al mostrador confundiendo la Guerra de la Galias con la de las galaxias hasta que Chema o Jose Luis las sacan de dudas. Paradiso es el gozoso resultado de ese guiso cultural sin pretensiones grandilocuentes de ser la “marca” de nada, pero que lleva más de 25 años cocinándose en la luminosa penumbra de los estantes que guardan los tesoros grabados e impresos que buscamos de vez en cuando gentes de cien mil raleas. Esas gentes hemos hecho de Paradiso nuestra marca no registrada, y estamos encantados de que Paradiso sea parte de los mejores ejemplos de la “marca Asturias” y “marca Gijón”, si es que tales chorradas son necesarias. Los libros y discos de Paradiso llevan años articulando cultura, curiosidad, inteligencia y tolerancia sin necesidad de que nadie las pasara por la pila bautismal del marketing oficial. En los anaqueles de Paradiso se venden los productos que son el bálsamo y el brote verde para una ciudadanía con las vidas marcadas por las muescas de un tiempo del que solo la letra y la música nos salvarán. Gracias, Paradiso. Paraiso.

Títulos

En la pared de mi cuarto hay varios diplomas que me desacreditan o, dicho de otra forma, que acreditan mi descrédito. Siempre es bueno tener certificados de cualquier cosa porque nunca sabes cuándo te los van a  pedir. Vivimos en la sociedad de la titulitis y no está de más tener diplomas hasta para dar fe de que eres un mediocre. Se vive más tranquilo. Tengo, por ejemplo, varios suspensos en el Libro de Familia para certificar que no progreso adecuadamente como padre y marido pese a haber repetido varios cursos. Apenas me quedan puntos en el DNI, esos puntos que suturan lo que el Estado dejó de mi condición de ciudadano cosido al padrón y al censo electoral. Mientras haga la declaración de la renta no me los quitarán todos, seguiré teniendo derecho al voto, algo que cada vez me parece menos interesante. Mi expediente académico de la vida civil corrobora que soy titulado en inseguridades, licenciado en dudas, doctor en generalidades, catedrático en palos de ciego y magna cum laude en errores de bulto. Los años me han hecho apostatar de casi todas las religiones, blasfemar en laico con la fe agnóstico, rezar el rosario de la aurora con avemarías eructadas en ginebra, negar todas las afirmaciones y reafirmarme en otras tantas negativas. Ya me he dado de baja de casi todos los clubes que estaban dispuestos a admitirme como socio. Me he borrado de peñas y equipos, ni siquiera sería socio de mi sombra porque la mayor parte de los días me miro en el espejo y me parezco un tipo poco fiable y mal afeitado. Prefiero los bandidos honrados a los bandos de cualquier contienda, y me voy detrás de cualquier banda de música con tal de huir de toda la banda de mangantes, zánganos y caraduras que nos chulean. Estoy dotado de las habilidades de un torpe, la sutileza del toro en la cacharrería y la agilidad del topo recién salido de la madriguera. Todo un talento con el expediente en regla.

Esdrújulo

Afronto esta columna sin ánimo académico, midiendo cada sílaba con legañas de lunes. Hoy no estoy muy católico, la semana que empieza me da ardores de estómago, siento mi corazón cada vez más geológico, mi ilusión metida en el sarcófago al que la han condenado los ídolos del cálculo, los cómplices de presupuesto recortado y modélico que rasca con la espátula lo que queda del póstumo estado del bienestar. Me atacan hasta la lágrima los sicarios de la miseria endémica, de la pobreza típica, del capitalismo prostático que sale en el periódico avalado por los héroes del tentáculo de víbora, por parásitos y zánganos que han hecho de sus cálculos un falso sinónimo del progreso que, según sabemos ya, no es más que un selvático océano económico en el que se ahogan a diario millones de personas. Mi teclado está afónico de escribir quejas sarcásticas y trágicas contra tantos vándalos, sobre  estos cetáceos con corbata que, agarrados al micrófono, repiten su bárbara y monótona retórica en la que todo es fantástico, incluido nuestro déficit. Me falta el oxígeno, contengo las lágrimas, el sueldo es escuálido, aparto nubes de parásitos y castigo mi páncreas presenciando como la estadística se come mi crédito y me hace un mayúsculo escéptico; y me pongo histérico ante este poder fáctico que pretende pasar por un oráculo cuando no es más que un prostíbulo. Todo es tétrico y tópico, el futuro es de plástico, su máscara es nuestra cara que observa el espectáculo del ministro hipócrita, el banquero tarántula, el párroco de mensaje decrépito dictando que la utopía tiene los días contados y que quien no llegue al vértice de la pirámide no saldrá jamás en la foto. Mi cabreo esdrújulo de tantos lunes me ha dicho donde poner el acento de esta crónica que quisiera arder como la pólvora, pero que no pasará de ser un relámpago de polvo, de polvo cabreado.

Averías

El Rey está tan averiado como la propia Monarquía y cada reparación que se le hace al monarca  nos sale tan cara como la de un coche de lujo en el que jamás nos invitan a dar una vuelta. Seguramente sería más barato jubilar al rey y arreglar España, pero las prioridades parecen ser otras por el momento. Ahora, el viejo Rolls blindado de la Zarzuela vuelve al taller según se nos ha anunciado con gran pompa mediática y entre rumores de abdicación, temiendo tal que vez que España se viniera abajo muerta de miedo ante el otoño del patriarca enfermo. Pero no ha sido así porque a la gente, a los súbditos, más que la decadencia del rey nos preocupa la de nuestras propias vidas y ser obligados a pagar por todos los medicamentos, incluso los que nos recetan si tenemos un cáncer o nos duele mucho la cadera tras colocarnos una prótesis de las baratas. Con un cuerpo social muy dolorido y afectado de necrosis en algunos de sus apéndices más sensibles, el rey se va de médicos de alto standing a la vez que a los inmigrantes se les cobra hasta por tener dolor de cabeza. Y eso que el Rey nació en Roma y vivió en Portugal antes de aprender el oficio de manos de un dictador, pero se conoce que entre inmigrantes también hay clases. Las tuercas del rey ajustan tan mal como las de España, a su augusta familia le faltan varias piezas y tiene otras cuyo deterioro es notorio y, por no ajustar, provocan un ruido constante y cada vez más molesto que retumba en la carrocería de todo un país que ya no puede pasar la ITV. Sin embargo, la prioridad es reparar al Rey. España puede esperar.

Fe

Ahora que el Papa ha confesado que no es derechas tras bajarse de un “cuatrolatas” de segunda mano, no estaría de más rematar estas buenas noticias revelando por ejemplo que Dios no es católico, que la Iglesia renuncia a cobijar a especuladores y fanáticos, que se va a excomulgar de inmediato a todos los obispos y curas pederastas, así como a los clérigos defensores de la guerra o encubridores del fascismo y cómplices en la explotación de los débiles. Que el Papa confiese no ser derechas no tiene por que ser cierto, ni tampoco quiere decir que el Papa sea de izquierdas, pero nadie discutirá que es un dato significativo en medio de varios siglos de discursos episcopales dirigidos a que los borregos del rebaño no se salgan del redil por temor a ser condenados sin juicio, sin defensa y sin más testigos que los de la acusación. Han sido siglos de discurso oficial de la Iglesia centrado en asegurar que los únicos valores aceptables son los de la derecha más rancia y la espiritualidad más ñoña, superficial y facilona. No había salvación fuera de la Iglesia y fuera de la derecha. Pero ahora que el Papa Francisco ha proclamado que no es derechas, no estaría de más que a ese mensaje se añadieran otros varios. Por ejemplo, faltaría decir con claridad que el peor pecado mortal no es la masturbación, sino la especulación o la explotación; que ser homosexual es una opción respetable, no una condenación eterna; que la única familia válida no es aquella en la que uno de los dos se afeita; que el celibato no es el único camino para servir a la Humanidad; que el verdadero diablo es un neocom especulador vestido con traje a medida, no una mujer que aborta por decisión propia y libre. Y tampoco estaría de más que el Papa añadiera que la Iglesia renuncia para siempre a dictar los programas electorales y las políticas de gobierno a través de sicarios como Rouco Varela. Siempre se nos dijo que la fe es creer en lo que no podemos ver, aunque es posible que para llegar a tener esa fe sea necesario empezar por ver lo que nos cuesta trabajo creer, como un Papa que asegura no ser derechas y que tiene un “cuatrolatas”. Francisco parece tener esta estrategia de marketing evangélico. Veremos hasta donde le dejan llegar.

Al Capone

Si Rodrigo Rato estuviera, por ejemplo, haciendo un botellón en la plaza de Arturo Arias habría sido normalmente amonestado por un guardia municipal de Gijón y obligado a recoger las botellas vacías y los cristales rotos. Pero Rodrigo Rato hace botellón en los bancos, en despachos con suelo de mármol, paredes de madera, butacas de piel y mueble bar refrigerado, y también en los fondos monetarios internacionales, lugares muy selectos en los que las macarradas de los directores generales pasados de copas son premiados con miles de millones en dinero público, un bonus y un ascenso. Si, pongamos por caso, Rato vomitase en la calle de cualquier ciudad sería multado, pero como vomita sobre los españoles, es nombrado asesor del Santander y de Telefónica, dos entes devoradores de carne humana que pueden vomitar algunas cosas, pero que jamás devuelven nada, excepto los  favores que les hacen tipos como Rodrigo Rato. Rodrigo Rato tendría que estar en los carteles de “se busca” de las comisarías, pero está en los consejos de administración. El contable de Al Capone tuvo seguramente una carrera profesional más digna que la del ex presidente de Bankia, pero no conoció a Botín. Si Al Capone hubiera conocido a Rato, a estas horas sería recordado como un financiero de mérito, no como un gánster. Rato es al sistema bancario lo que el toro de la Vega es a la ecología, pero como el ex ministro mete los puyazos al amparo del sistema económico, sus faenas siempre reciben el aplauso de los entendidos, los amiguetes que fuman puros en los palcos de sombra y a los que el banquero brinda sus lances de cada tarde y da la vuelta al ruedo bajo una lluvia de claveles y billetes de 500 euros. Es como ser torero ecologista y socio de Greenpeace, obrero de derechas o banquero honrado. A la vista del currículo de don Rodrigo, todo parece indicar, ciertamente, que los ladrones entrarán antes que nadie en el Reino de los Cielos. Por ahora se entrenan para la gloria en el reino de la tierra. Y les va de cine. Y, por cierto, que alguien le quite ya a Rato el título de hijo adoptivo de Gijón. Adoptemos a Al Capone.

Tres cosas

Una. He dormido a pierna suelta este fin de semana sabiendo que los diputados asturianos han conseguido llegar a un acuerdo sobre sus sueldos. Me preocupaban las precarias retribuciones de sus señorías. Probes. A partir de ahora percibirán unas anualidades brutas que rondarán los 60.000 euros por los que, al fin, tributarán en su totalidad. En una región arruinada y que se hunde por los cuatro costados, una de las dedicaciones centrales de la Junta durante casi seis meses ha sido la de fijarse sus sueldos para, entre otras cosas, hacer que parezca que todo cambie para que todo siga igual. Ya dijo el Gatopardo que a la luz de un parlamento todos los gatos son pardos. O algo así.

Dos. Fuentes generalmente bien informadas me han contado que el Concurso Hípico de Gijón debe su tan sólido como cacareado prestigio a que ha costado unos 700.000 euros de dinero municipal. Mis fuentes y yo mismo nos preguntamos cómo es posible que las corridas de toros del Bibio las organice una empresa privada que paga por ello, mientras que el concurso hípico que mueve a miles de personas más que cualquier matanza taurina siga costando dinero a los gijoneses. Y mucho. Misterios sin resolver.

Tres. Declara Martínez Argüelles que “a día de hoy” él es el candidato. El “hoy” de Santi 2011 ya es “ayer” para muchos, y el mañana aún queda demasiado lejos para casi todos. Algunos no llegarán a él. El candidato socialista que perdió Gijón sabe bien que dentro de su partido ya le están moviendo la silla y el cartel, y que algunos recitan a Quevedo entre dientes: “ya no es ayer; mañana no ha llegado/ hoy pasa, y es, y fue, con movimiento/ que a la muerte me lleva despeñado”.

Zanahoria

La vida es un arma cargada de pasado con la que apuntamos al futuro; y el futuro es una diana borrosa, lejana y tal vez inexistente en la que seguramente nunca se llega a acertar. La vida es un arma de destrucción unipersonal que algunos se empeñan en hacer de destrucción masiva a costa de emplearla en complicar la vida a sus semejantes, en bombardear con ella a todo que se ponga delante. En todo caso y para todos, la vida mata con eficiencia a un ritmo casi constante de 365 días tóxicos por año. Algunos son días con alto contenido en minutos cargados de polonio, en horas contaminantes de uranio enriquecido. Otros muchos, la mayoría, desprenden un potente hedor a alcantarilla, y solo unos pocos son días de calidad extra, refinados, tiernos, saludables e irrepetibles. La vida es el único cartucho de que disponemos en esta escopeta de feria que nos entregan al nacer y con la que nos suicidamos o nos matan a fuerza de quinquenios. Y está comprobado que ese cartucho no contiene la misma cantidad de pólvora en todos los casos, y que la que contiene ni siquiera es de la misma calidad para todos los usuarios. Tal vez esa sea la razón por la que unos consiguen quemarlo haciendo fuegos artificiales y otros apenas son capaces de lanzar un fogonazo apagado, un ruido sordo y una escuálida humareda. La vida es un extraño aparato sin libro de instrucciones, un chisme que no está garantizado: además, todos los que han sido sus usuarios no están aquí para explicar a quienes tratan de entender el manejo de sus piezas, sus botones y sus palancas si el invento da buen resultado pese a todo. La vida es una mentira pactada que creemos a medias, como nos pasa con las noticias y los anuncios. Sabemos que tienen truco, pero todos los días perdemos el tiempo leyendo o mirando ambas cosas, hablando sobre ellas y advirtiendo a los demás de que son falsas. Pese a nuestra seguridad de estar siendo engañados y de alertar sinceramente de ello a los amigos, al día siguiente volvemos a lo mismo porque así tiene que ser. La vida es el único tobogán disponible en el parque, el único juego posible, así que seguimos deslizando nuestro culo sobre él aunque sepamos que al final hay un charco enorme e insalvable. La vida es como esas mujeres a las que todo el mundo llama putas, como esos tipos a los que todos tildan de chulos, pero a quienes todo el mundo quiere invitar a cenar vencidos por su extraño magnetismo. Nos gusta estar vivos aunque la muerte parezca a veces un atajo apetecible, y seguimos porque la vida lleva una zanahoria colgando de ese palo con el que golpea sin piedad nuestras costillas de masoquistas supervivientes.

Ratas

Un ciudadano de Oviedo ha sido condenado a pagar una multa de 900 euros por colocar una rata muerta a la puerta del despacho de un concejal. El volumen de la sanción me deja pensativo: o las ratas son nueva especie protegida en peligro de extinción, o lo son los concejales que, como todos sabemos, son un peligro a causa de su inutilidad y superpoblación. En cuestiones de fauna y ecología cada día estoy más perdido. En la primera parte de “El padrino”, los Corleone hacían patentes sus amenazas metiendo una cabeza de caballo en la cama de un productor de cine. Lo de dejar una rata muerta a la puerta del despacho de un concejal es una versión económica de este tipo de amenazas con animales de por medio. Consecuencias de la crisis.

Cada español pagó el año pasado 1.781 euros para financiar la crisis de los bancos. Esta cifra llegará a superar los 2.300 euros al final de 2013. Eso quiere decir que para que algunas ratas sigan a flote después del naufragio que ellas mismas provocaron, nuestros bolsillos han sido roídos a conciencia para conseguir que salga de ellos hasta el último céntimo disponible. Esas ratas han abandonado el barco con nuestro dinero y, al parecer, son roedores de alta calidad porque su valor en el mercado es mucho más alto que el de la rata de Oviedo. Casi el doble. Es evidente que el precio de las ratas experimenta muchas fluctuaciones.

El techo del Congreso de los diputados se ha hundido, tal vez como consecuencia de la acción constante de algunas ratas con varios decenios de vida política que siguen royendo los cimientos de todas las instituciones. Tal vez sean estos los mismos roedores de alcantarilla que tratan de amedrentar al juez del caso Urdangarín para que deje de meter las narices en la madriguera de la que salen a diario y en tromba centenares de aguarones con corbata.

Si mis hijos aún tuvieran edad para ello, les prohibiría que dejasen bajo la almohada los dientes para el Ratoncito Pérez. Seguro que Bárcenas o Emilio Botín acabarían haciendo con ellos un collar para regalar a Ana Botella o a la Infanta Cristina.