Olé

Mi perro me preguntó ayer por qué en España no se celebran corridas de perros de la misma manera que se organizan corridas de toros. Yo le contesté que la sensibilidad social hacia los derechos de los animales no permitiría tal espectáculo cruel. Mi perro, que ya es cinqueño y que tendría mala lidia llegado el caso, no se dejó torear por mi respuesta y respondió que las corridas de perros tendrían más interés que las de toros. Primero, dijo, porque hay más variedad de razas de canes que de toros de lidia y el espectáculo tendría otro colorido con seis caniches, seis fox-terriers o seis pastores alemanes por festejo. Segundo, añadió, porque los encierros de San Fermín serían otra cosa si soltasen a una jauría de mastines detrás de los mozos. Por otra parte, remató, los perros conseguirían en los ruedos dignificar su imagen entre los mamíferos y ser bichos tan míticos, respetados y legendarios como los toros bravos. Sostiene que, salvo Milú, Rintintín, la perrita Laika y algún colega famoso más, pocos canes han logrado el carisma mediático de los toros como “Islero”, o han pasado a la eternidad en los versos de Lorca tras meterle dos viajes a Sánchez Mejías. Y no digamos nada del toro que pilló a Jaime Ostos: en primera página 50 años después del descabello. Tampoco hay pasodobles caninos y los criadores de perros no tienen ni de lejos las fincas de Victorino Martín o de los Miura. Y no hablemos ya, me dijo mi perro, de la amplia gastronomía vinculada al toro de lidia, capaz de pasar por los fogones desde los solomillos y los morcones hasta las criadillas y los rabos. A los perros se los comen en algunos países orientales y, dicho sea de paso, cocinados de cualquier manera, muy especiados. Ya un poco harto, respondí que a la gente le horrorizaría ver como se mata un perro a espadazos, como el tercio de varas convertiría al chucho en pincho moruno al primer envite, además de resultar ridículo que un tipo vestido como una sota de bastos goyesca con lentejuelas y calcetines color de rosa, se dedicara a pegarle pases naturales a los 101 dálmatas. ¿Y cómo brindar al respetable las orejas de un chihuahua o el rabo de un gran danés sin provocar un escalofrío en los tendidos? Que sigan haciendo el ridículo los pobres toros, añadí. Si no querían morir escabechados entre sangre, moscas y claveles que hubieran nacido perros o rinocerontes blancos, que los protege la Unesco. Olé.

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