Memoria

Si mi padre viviera habría cumplido esta semana 85 años. Es una pena que ya no esté porque seguramente me habría dado buenas ideas para escribir algunos de estos artículos de saldo, publicados en el mismo periódico que a él le servía tanto para leer como para forrar la mesa de la cocina cuando comíamos sobre ella una palada de oricios. Mi padre conoció en su vida no demasiada larga a más personas de las que figuran en cualquier cuenta de Facebook y era, además, uno de esos personajes de Gijón que no podían caminar más de cincuenta metros sin saludar a alguien. Las redes sociales se hacían antes en las barras de los bares y en los mostradores de las tiendas. En el de “Confecciones La Mina” fue donde mi padre ofició como dependiente y relaciones públicas de sí mismo durante más de 40 años, despachando pantalones, chaquetas, pañuelos de pita, monos de trabajo y camisas de franela. De esa escuela de comunicación directa sacó mi padre una visión sin filtros, irónica y descarnada de la condición humana, una visión en la que se mezclaban a partes iguales la crueldad de algunos de sus juicios con la lástima que sentía por los seres más débiles, seguramente inoculadas ambas a lo largo de una posguerra civil que vivió siendo un niño asilvestrado del barrio de La Arena. Mi padre fue un tipo complicado y peculiar, divertido a la vez que hastiado, que se defendió de la vida como pudo, usando para ello una innata habilidad para desconcertar a sus interlocutores, provocar, o salirse por la tangente. Su surrealismo vital natural, que uno cree haber heredado al menos en parte, nos dejó perlas como la de asegurar con total seriedad que su pelo eran tan blanco “porque lo lavo con lejía”, haber tenido un padre (mi abuelo) que dio su nombre a una peña del pedreru del Rinconín (la peña Artemio), llevarnos de vacaciones siendo niños al hotel “Las ánimas” de Logroño, o a pescar de noche con una lámpara de carburo a la ría de los Vagones. Se grababa a si mismo cantando zarzuelas en un magnetófono de bobinas, escuchaba discos de Gila, decía que no iba a misa para no quitarle el sitio a nadie, y le robó la gorra de visera como represalia a un tipo por el que se sintió estafado en una transacción filatélica. Mi padre no podría haber soportado llegar a los 85 años que ahora cumpliría porque el mundo siempre le pareció demasiado hostil, agresivo y absurdo. Se defendió de él yendo por sus márgenes, ridiculizando todas sus solemnidades y certezas. Lo hizo incluso cuando el médico le informó de la gravedad de su estado. Fiel a su estilo, mi padre me miró desde la camilla que le llevaba a la ambulancia y me dejó su última, lapidaria y desconcertante frase: “no te preocupes hijo; si hay que palmar se palma”. Y así fue. Feliz memoria de cumpleaños.

Espectáculo

Uno de los últimos engendros televisivos malparido por la televisión pública española es un programa que lleva el ocurrente título de “Entre todos”. La cosa consiste en meter una cámara en el salón de estar de personas que, básicamente, necesitan dinero. Una presentadora con modales de monitora de campamento de la sección femenina y que presume de ser amiga de la sin par Mariló Montero, es la encargada de preguntar a los “concursantes” por los detalles de sus miserias o a qué dedicarán el dinero que saquen esa tarde del circo mediático a punto de comenzar. Desde su modesto hogar, los invitados comienzan a desgranar todo tipo de miserias: quieren montar un negocio para salir del paro, necesitan dinero para el pan, han de pagar la letra de la hipoteca o los libros de texto de los chiquillos. En un punto de su discurso, la mayoría comienza la llorar; algunos de manera queda y compungida, otros hipando, moqueando y sorbiendo mocos a mayor gloria del share de la TVE. Salvo que alguno se detenga a leer un twitter que le haya enviado Teófila Martínez a su cuenta de perroflauta, todos se hacen la autopsia de carrerilla a satisfacción del regidor. En ese momento, la presentadora guay y humanitaria recupera el plano y aprovecha la ocasión para poner en suerte al público que ha acudido al estudio, un surtido de jubilados y ociosos de todas las edades que se sienten privilegiados de asistir en directo a la crisis de otros habiendo dejado la suya propia en el salón de su casa, tan similar al que están viendo en la pantalla. Y ya caldeada la pena, la solidaridad y el morbo del respetable, comienzan a entrar las llamadas de quienes harán los donativos. Cada puñado de euros es recibido por la presentadora con gestos de animadora de baloncesto, más lágrimas y mocos en directo desde el tresillo del dolor, y aullidos, lloros, sudores y aplausos desde las bancadas del respetable. Y así pasa la tarde, con la famosa crisis convertida ya en la mejor materia prima de la comunicación. Nada de ficciones, de guionistas sesudos, nada de análisis. Nada de eso. Se sirven ciudadanos en canal que piden dinero o que lo dan, y así los medios públicos vuelven a enviar el mensaje de que donde comen cuatro comen cinco, de que este es un gran país y de que, con un poco de buena voluntad, entre todos nos arreglamos sin tener que andar por ahí protestando contra el Gobierno y los bancos. Caridad en vez de justicia. En los años sesenta y setenta España escuchaba arrobada “Ustedes son formidables”, programa de solidaridades ciudadanas presentado por el gran Alberto Oliveras en pleno franquismo. El regusto agrio que le queda a uno después de ver “Entre todos” da ganas de decir a sus creadores “ustedes son miserables”.

Rollos

Parece mentira que un gobierno municipal que se sostiene gracias a un botellón político sin precedentes, se ponga tan estricto con la gente que bebe en la calle siguiendo una ancestral querencia gijonesa. Foro y PP, tan irreconciliables al parecer, llevan dos años bebiendo a morro de sus respectivos vasos comunicantes de votos para gobernar esta ciudad como si se tratara de una guardería infantil, poniendo puertas al campo. No hacen ascos a las babas ajenas porque en ese botellón tan rentable todos consiguen algo y no les va mal. En este botellón legalizado por las urnas siguen ejerciendo de pagafantas y recoge vasos las avispadas huestes de la izquierda local, ebrios de inutilidad, borrachos de fracaso y, por tanto, carentes de reflejos. Y así, entre chupito y chupito de poder prestado, la doctora Moriyón se dedicaba a preparar rollos de bonito para “Canal Cocina” mientras en Cimadevilla se preparaba un bonito rollo policial con toque de queda, vallas, perros y gendarmes. Si don Arturo Arias levantara la cabeza volvería a acostarla ante el estupor de ver su barrio militarizado, él que tan bien se lo pasó en plazas públicas, bares y hasta portales. Lo que uno se pregunta es de cuántas vallas y cuántos guardias dispone este Ayuntamiento para tapiar todos los lugares en los que la gente de esta ciudad se empeña en tomar la calle para tomar algo. ¿Habrá corralitos en la Cuesta del Cholo? ¿En el barrio del Carmen? ¿En el barrio de la Arena? ¿En las carbayeras? Porque resulta que en estos sitios también se reúne el personal a darle al frasco cuando el tiempo lo permite (el tiempo que tienen libre, quiero decir) y habrá que tomar medidas. Parece que la diferencia entre un botellón y una reunión autorizada de bebedores consiste en que haya mesas y sillas, sombrillas y ceniceros y, sobre todo, que se pague el canon municipal correspondiente.  Cuando no se sabe negociar, se prohíbe; cuando no se sabe gobernar, se castiga; cuando no se conoce el terreno que pisa, uno se mete en todos los charcos. Y así vamos: de valla en valla y de carril bici en carril bici, de rollo de bonito en bonito rollo, expectantes ante la próxima ocurrencia del nuestro gobiernín de botellón. Lo mismo se crea un “Canal gobierna” en el que la alcaldesa explique con claridad de qué va su rollo y su receta de gobierno. Si la hubiere.

Humo

Llama la atención constatar que cuanto más enfermo está el sistema en general y más víctimas deja a su paso, más se empeñan los que gobiernan en que los ciudadanos estemos sanos por decreto. Será para compensar o para tranquilizar los restos de su mala conciencia. El Gobierno de Asturias, conocido por su condición de inédito o inoperante en tantas cosas, ha encontrado en las colillas de los ciudadanos su propio Gibraltar con el que entretener a la opinión pública en este verano de cortinas de humo generalizadas. En vez de salvarnos del paro sin filtro, la precariedad laboral liada a mano, de los recortes sociales, sanitarios y educativos, de los abusos de la banca y de los traficantes de basura ideológica y de todo tipo, este gobierno nos salva de la nicotina ajena, el mayor peligro al que, al parecer, nos enfrentamos en la actualidad. Entrañable intento de mostrar autoridad ante los de siempre: nosotros. Los gobiernos son incapaces de garantizar nuestra salud laboral, económica y social. No pueden, no saben o no quieren dictar leyes que prohíban la especulación, las comisiones bancarias abusivas, los tomates que no saben a nada, las carreteras que no van a ninguna parte o las mentiras con el sello oficial. Lo único que pueden hacer es que dejemos de fumar por activa y por pasiva, una prohibición que prolongará nuestra vida y permitirá que la edad de jubilación se sitúe en los 85 años con un parque móvil de currantes aún en pasable estado de revista y con los bronquios impolutos. Hace un par de días se concentraron en las gradas del campo de fútbol de Langreo muchos cientos de parados, todos aspirantes a 34 míseros puestos de trabajo. Tengo la curiosidad de saber si durante la espera pudieron fumar o lo tuvieron prohibido por tratarse aquel de un recinto semicubierto y ser además un espacio público.

Otra explicación de este afán de imponer la salud por decreto pudiera ser la de preservar sanos a nuestros queridos jóvenes para que no se gasten en tabaco el dinero de las suculentas becas, y ahorren para el billete de tren que les llevará a Alemania, o a la vendimia. Todo parece una broma, pero no lo es. Este es un país en el que se persigue antes a un fumador que a un defraudador fiscal y primero se recorta el subsidio de un parado que el sueldo de un diputado autonómico. Uno dejó de fumar hace tiempo. Si las cosas siguen por este camino también dejaré de votar, más que nada porque me parece mucho más tóxico el discurso de un gobierno incapaz que la calada de un fumador.  

Idioteces

No sé a ustedes, pero a mí cada día me resulta más difícil distinguir las noticias falsas de las verdaderas. Los diarios satíricos tienen una seria competencia en los periódicos tradicionales porque los titulares que publican unos y otros apenas se diferencian. Ni los lectores más avezados son capaces todos los días de salir airosos de la prueba de agudeza visual que implica la lectura de la prensa. Tal vez estemos ante las primeras señales del fin de una civilización y no nos demos cuenta aunque salgan en los papeles. Todo parece indicar que el fin del mundo no sucederá realmente a causa de un diluvio o de una bomba nuclear, sino que se producirá a causa de una progresiva expansión de la gilipollez, de la idiotez generalizada. Por ejemplo, lee uno que a un señor australiano de setenta años le han sacado del pene un tenedor de diez centímetros. Al parecer, el intrépido amante del acero inoxidable usaba el instrumento culinario para proporcionarse placer sexual. No puedo imaginar cómo. Leo también que un becario del Banco de América ha muerto después de trabajar 72 horas sin pausa. La gilipollez con la que se completa este drama, estuvo a cargo del portavoz del banco que ha lamentado la muerte de un empleado tan rentable y ha añadido que el fallecido era un trabajador “muy eficiente”. Las señales de la epidemia de gilipollez que nos contamina lanzan más destellos desde el titular que informa de que el Ayuntamiento de Madrid hace pruebas de idoneidad a los músicos callejeros. Este casting de los miserables se produce en la ciudad de España cuya alcaldesa gobierna de oído tras haber conseguido su idoneidad sin exámenes, unicamente por haberse casado con el señor Aznar. Y termino asomándome al jardín de la memez en el que veranea el Gobierno del Principado metiendo en el saco de la violencia de género la muerte de dos ancianos demenciados, todo para no admitir que habían sido abandonados por los servicios sociales públicos. Les dejo con el consuelo de Groucho Marx: “él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota”.

Toreritos

El Ayuntamiento de Gijón organizó la semana pasada una delirante y casposa actividad (de pretensión educativa o cultural, al parecer) consistente en que los niños aprendieran a torear con la disculpa de que se cumplían 125 años de la plaza de toros de Gijón. No esperaba uno grandes cosas del forismo dominante, muy capaz de liquidar una orquesta sinfónica completa por no entender a santo de qué los músicos afinan los instrumentos antes del concierto. No esperaba que el burro tocara la flauta ni por casualidad, pero confieso que me ha dejado fuera de mí ver como en la página web de nuestra administración municipal se daba publicidad a un cursillo rápido para toreritos. Reconozco que de niño he practicado el arte de Cúchares usando como muleta o capote los rodillos de cocina de mi madre y eso no me ha llevado a debutar con picadores en el Bibio, pero jamás se me habría ocurrido pensar que entre las obligaciones municipales en lo que se refiere a divulgación cultural estuviera el patrocinio de esta horterada con pretensiones etnográficas o cañís. A los niños se les pueden enseñar muchas cosas en esta etapa de su vida, entre ellas la piedad con los animales de todas las especies y a aborrecer costumbres bárbaras revestidas de presunta cultura. A los niños se les puede enseñar a nadar, a subirse a los árboles, a hacer pan, a silbar con los dedos en la boca, a jugar a les chapes, a plantar geranios, a escribir pareados o a tocar la guitarra. Lo que no tiene un pase (olé) es que se dedique un gramo de recursos públicos a patrocinar escuelas de toreo para menores. Puestos a educar en ciertas tradiciones ¿por qué no montar una escuela de verano de manejo de escopetas de caza y enseñar a los niños las artes cinegéticas (más antiguas que las taurinas) disparando sobre gaviotas, palomas o junones de baranda? Porque se armaría la de Dios (espero). Es de agradecer que los toreritos de Moriyón hicieran lidia de salón y que a nadie se le ocurriera soltar al ruedo a algún concejal de los que embisten (que los hay). Ignoro si algún partido de la oposición municipal (Compromisu por Xixón si lo hizo) ha salido al ruedo para rechazar esta astracanada municipal del género siniestro-taurino y exigir que no se repita más. Lo dudo, porque cada día que pasa esta Corporación se parece más a los espectáculos del Bombero torero. La diferencia es que ahora se han cambiado los enanos por niños.

Filial

En las crónicas previas al inicio de la Liga, los periodistas deportivos repiten de manera automática que el el Sporting jugará su primer partido contra “el filial del Real Madrid”, como si eso diera a los de aquí alguna ventaja sobre el rival, o conjurase cualquier peligro de volver a meter la pata. Hace unas cuantas décadas, decir que el Sporting jugaba contra un equipo filial de quien fuera, aunque fuese del Real Madrid, era sinónimo de aventurar la clara superioridad de los rojiblancos, aunque sin ánimo de ofender porque, eso sí, el Sporting era un equipo “señor” y no avasallaba a los filiales de nadie. Eran los viejos, buenos y lejanos tiempos del Sporting matagigantes, del Sporting que había entrado en Europa, de las gestas apabullantes, de las alineaciones que los niños sabíamos de memoria, de los jugadores que corrían con las pantorrillas embarradas y generaban por sí mismos más valor añadido para esta ciudad sin tener ni idea de lo que significaba la palabra “sponsor”. Aquél equipo señor y señorial con una cantera que generaba valores deportivos y financieros a partes iguales, se fue quedando en los huesos y en la memoria de muchas personas. Aquél equipo no existe desde hace tiempo y el que juega este domingo contra el filial del Real Madrid no es otra cosa que el filial de aquel perdido Sporting. Y para más ‘inri’, este equipo perdedor por los campos de España está muy lejos de ser ni un pálido aspirante a la categoría que tuvo el otro Sporting, su equipo matriz que ya solo sigue vivo en las memorias y las hemerotecas. Así que mañana se verá al filial del Real Madrid jugar contra el filial del que fue el Sporting real, del que los heroicos abonados siguen esperando alguna muestra de talento deportivo y empresarial, más que nada por saber si el filial progresa adecuadamente y llegará alguna vez a ser tan bueno como su añorado hermano mayor.

Fuegos

De los antiguos fuegos de la industria apenas quedan ya rescoldos en nuestra economía, y lo que antes era el fabril y humeante Gijón apenas es ahora una ciudad febril y anémica. El carbón asturiano dejará de atizar los fuegos de hornos y calderas porque dicen en Bruselas que ese fuego sale caro muy caro y que lo que hay que pagar con los presupuestos comunitarios son los sueldos de los eurodiputados. Del útero de la Camocha ya no salen vagonetas. La mina va bajo el mar, al parecer, pero ahogada por quienes se empeñaron en degollar su pasado minero y obrero sin que ninguna administración haya querido tomarse la molestia de pensar para ella otro futuro distinto. El tiempo ha sofocado los fuegos del ardor político de aquella región dinamitera y revolucionaria que apenas alumbra lo que una cerilla de nada en el panorama nacional. El ardor guerrero de ir a Madrid a exigir y reclamar trenes y carreteras para Asturias, se ha extinguido entre las manos de unos incombustibles profesionales del escaño que orinan cada día sobre las ascuas de lo que fueron calores reformistas o revolucionarios. Nos han robado el fuego, pero no han sido los dioses sino los mediocres. Nos han robado el fuego estadistas de mesa camilla, chigre y rebotica, cuadrillas de “tenores, payasos o jabalíes” (fin de la cita) cuyas ideas son pólvora en salvas. De todo esos esos fuegos queda una noche de los fuegos, media hora de fantasía pirotécnica para olvidar una apagada realidad. Menos es nada. Y luego, tras los fuegos, iremos bajando la cuesta para ver de nuevo que, como escribió el maestro, se acaba la fiesta.

Olé

Mi perro me preguntó ayer por qué en España no se celebran corridas de perros de la misma manera que se organizan corridas de toros. Yo le contesté que la sensibilidad social hacia los derechos de los animales no permitiría tal espectáculo cruel. Mi perro, que ya es cinqueño y que tendría mala lidia llegado el caso, no se dejó torear por mi respuesta y respondió que las corridas de perros tendrían más interés que las de toros. Primero, dijo, porque hay más variedad de razas de canes que de toros de lidia y el espectáculo tendría otro colorido con seis caniches, seis fox-terriers o seis pastores alemanes por festejo. Segundo, añadió, porque los encierros de San Fermín serían otra cosa si soltasen a una jauría de mastines detrás de los mozos. Por otra parte, remató, los perros conseguirían en los ruedos dignificar su imagen entre los mamíferos y ser bichos tan míticos, respetados y legendarios como los toros bravos. Sostiene que, salvo Milú, Rintintín, la perrita Laika y algún colega famoso más, pocos canes han logrado el carisma mediático de los toros como “Islero”, o han pasado a la eternidad en los versos de Lorca tras meterle dos viajes a Sánchez Mejías. Y no digamos nada del toro que pilló a Jaime Ostos: en primera página 50 años después del descabello. Tampoco hay pasodobles caninos y los criadores de perros no tienen ni de lejos las fincas de Victorino Martín o de los Miura. Y no hablemos ya, me dijo mi perro, de la amplia gastronomía vinculada al toro de lidia, capaz de pasar por los fogones desde los solomillos y los morcones hasta las criadillas y los rabos. A los perros se los comen en algunos países orientales y, dicho sea de paso, cocinados de cualquier manera, muy especiados. Ya un poco harto, respondí que a la gente le horrorizaría ver como se mata un perro a espadazos, como el tercio de varas convertiría al chucho en pincho moruno al primer envite, además de resultar ridículo que un tipo vestido como una sota de bastos goyesca con lentejuelas y calcetines color de rosa, se dedicara a pegarle pases naturales a los 101 dálmatas. ¿Y cómo brindar al respetable las orejas de un chihuahua o el rabo de un gran danés sin provocar un escalofrío en los tendidos? Que sigan haciendo el ridículo los pobres toros, añadí. Si no querían morir escabechados entre sangre, moscas y claveles que hubieran nacido perros o rinocerontes blancos, que los protege la Unesco. Olé.

Jabalíes

Me habían dicho que el reinante presidente del Principado de Asturias es un lector empedernido y selecto de autores de alto rango, con especial detenimiento en los filósofos empiristas ingleses. Ya se sabe que todos los cargos públicos tienen la obligación de crearse una aureola de personajes cultos, deportistas, expertos en disciplinas raras, con intensa vida interior y unas aficiones llamativas. A Felipe le gustaban los bonsais en la Moncloa y a Aznar echar la partida en Quintanilla de Onésimo. Entre los presidentes domésticos, Pedro de Silva usaba la luna como instrumento de trabajo al escribir poesía, Trevín fumaba puros, Tini Areces es un aventajado cantante de tonada, y, al parecer, Fernández lee a Hume y Bacon. Con este perfil de hombre reflexivo que habla con un tono de voz mortecino y algo soporífero, que emplea limitados recursos expresivos y se reconcentra en su discurso mirando al suelo mientras perora, me ha escandalizado un punto que el presidente Javier haya tildado a la oposición forista de “hacer el jabalí”. Y no porque uno se meta a debatir si los casquistas hozan más o menos en sus tareas parlamentarias o municipales, sino porque la expresión usada por el primer ministrín asturiano me ha resultado demasiado brusca para su perfil de orador y poco apropiada para un discurso institucional de inauguración de nuestra Feria de Muestras. Un presidente que llama jabalíes a sus rivales políticos, por mucho que se puedan merecer el calificativo, rebaja el debate político a la categoría de disputa de chigre. (Casualmente Vicente Álvarez Areces se preguntaba hace unas semanas si esto es una democracia o un chigre). Que un lector de los empiristas ingleses tire de la fauna autóctona para desacreditar a la oposición es poco edificante, máxime cuando los socialistas del presidente Javier no tienen empacho alguno en dedicar muchas horas parlamentarias a buscar pactos con foristas, populares y todos los demás con el fin de mantener los muy generosos salarios de diputados liberados, portavoces y adjuntos. Al observar como las ideologías se allanan amistosamente para fijar sueldos de tres mil pavos (no jabalíes) o más, los ciudadanos del batallón mileurista tenemos la sensación de estar presenciando como una manada de jabalíes de todas las variedades hozan a placer en el barrizal presupuestario con el fin de extraer de él la pieza más exquisita con que adornar sus emolumentos. En esa estampa campestre es difícil distinguir a unos jabalíes de otros.