Negociación

Se han sentado muy formales los señores diputados autonómicos de Asturias a negociar entre ellos mismos sus propios sueldos, a buscar de qué manera harán que nos creamos que cobrarán menos cuando lo mismo acaban por cobrar más. Se sientan todos en amor y compaña, olvidando de pronto sus agrias polémicas de otrora, sus tensos reproches, sus desafíos de gallos de corral. Y se cantan al oído lo mismo que los ricos que toman el té en el club de golf: “bien me quieres, bien te quiero, no me toques el dinero”. Es ese momento en el que la dialéctica del “y tú más” que jalona las batallas dialécticas del hemiciclo se convierte en la disputa financiera del “y yo más”, en la rula de las dietas altas en colesterol y los kilometrajes de la vuelta al mundo en 80 días. Porque cuando se trata se sueldos y dietas, el rigor político se pone en huelga de celo y el saldo electoral queda en segundo plano frente al saldo bancario. Ellos se ponen sus sueldos aprovechando las muy legales bondades del sistema parlamentario, flexible y autogestionario cuando de lo que se trata es que los diputados decidan si han cumplido sus propios objetivos de productividad y como serán recompensados por ello. Qué suerte vivir del escaño y no del andamio, qué suerte ser patronal y sindicato a la vez, jefe de personal y currante a un tiempo. Qué afortunados quienes fijan su propio convenio colectivo mientras toman cafés subvencionados a precio de saldo. ¿Se pondrán en huelga si tardan demasiado en fijar sus emolumentos? La democracia es un embudo con dos extremos cada vez más diferenciados; uno estrecho que somete a unos muchos al convenio colectivo y otro ancho que permite a unos pocos regularse según sus conveniencias particulares. A uno le gustaría poder sentarse con el ministro o el consejero de turno  cada vez que decreta la supresión de una paga extra o la elevación de un impuesto. Quisiera uno estar en animada tertulia con sus representantes públicos a base de café o copazos con subvención y poder explicarles que a mi no me viene bien tal o cual decisión que ellos tomarán. No creo que me llamen porque lo más seguro es que estén reunidos preguntándose “¿qué hay de lo nuestro?”.

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