Razón

Las Iglesias vomitan niños vestidos de primera comunión. Es el rito propio de entrada una edad que, según el catecismo, proporciona al ser humano algo tan peculiar e indescriptible como el uso de razón. El uso de razón, al igual que el sentido común, la fortaleza, la templanza y otros aparatos filosóficos con los que se nos va carrozando a lo largo de nuestra vida, es un regalo envenenado que se nos hace sin preguntar. Hay gente a la que le regalan un coche sin que le guste conducir, lo mismo que a otros nos dotan de uso de razón sin que sepamos usarla. Con uso de razón se puede, de entrada, hacer la primera comunión, esa ceremonia contra la que uno no tendría nada si no fuera porque me hicieron vestirme de marinero y calzar unos horribles zapatos blancos que habían sido negros en una vida anterior y fueron restaurados por mi santa madre a brochazos de Kanfort y con la misma tenacidad que Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina. A lo que voy es que, aparte de obligarnos comulgar vestidos de blanco o en modo almirante, y de montar unas ceremonias que parecen bodas en miniatura, el uso de razón que se nos supone a partir de los siete años puede que no se vuelva a manifestar en el resto de nuestra vida o, sencillamente, era falso. Al menos, a mí no me parece que uno haga gala de tener uso de razón alguno cuando firma una hipoteca a treinta años y con interés variable, decide tener hijos y cree poder educarlos, termina de pagar los plazos de un coche para poder comprar el siguiente (también a plazos, por supuesto) y cosas así. Un niño sin uso de razón no haría nunca esas cosas y aún menos con uso de razón. Tengo que preguntarle a uno de estos niños. Puede que el uso de razón sólo se tenga a los siete años y no vuelva luego nunca más.

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Respuestas

Han dicho Rouco y sus hermanos (los obispos) que la crisis se debe a que hemos olvidado a Dios. Es una forma de verlo. De hecho en los tiempos de Job y de los brujos, de los chamanes y los hechiceros, las malas cosechas se atribuían a la furia del Altísimo y así nadie la emprendía a ladrillazos con el hombre del tiempo ni pedía al Gobierno la declaración de zona catastrófica. Ya se sabe que Dios es misericordioso pero a tiempo parcial y que es la Iglesia quien le indica cuando debe serlo. Lo que Rouco quiere decir en realidad es que cuando la gente aborta y se divorcia más de la cuenta sube la prima de riesgo y el paro, aunque lo que debería decir es que cuando los banqueros de misa y comunión diaria, algunos de ellos opus deístas de pro, creen que la gente son insectos y merecedores de ser pisados, atracados, humillados y ofendidos, son ellos los que se olvidan del presunto dios en el que creen y pasan a bailar la conga junto al becerro de oro. Pero, claro, la Conferencia Episcopal no les va a enmendar la plana a gentes tan principales como sus eminencias diciéndoles que la crisis la producen cuando olvidan a Dios los banqueros presuntamente católicos que roban a destajo, o los políticos defensores de la familia y manifestantes contra el aborto que, eso sí, encubren a chorizos de tomo y lomo. Es una pena que la Iglesia siga dando respuestas del siglo X para preguntas del siglo XXI y tratando a los poderosos del siglo XXI con la misma manga ancha que en el siglo X. Ahora solo falta que Rouco nos explique por qué el verano no acaba de llegar. Posiblemente dirá que Dios quiere evitar así tanto top less fuera de temporada, que Jesucristo se dejó abierta la nevera, que los angelitos mueven las alas con demasiada fuerza o que el infierno es, en realidad, un concesionario de Pescanova. Como dijo aquel llegará el día en que la Iglesia sólo tendrá respuestas para preguntas que ya nadie se hace.

Testigo

El 11 de mayo falleció en Gijón de forma prematura una de las testigos de la operación “Marea”. Ustedes no lo han leído en ningún diario porque no fue noticia, porque ella no estaba acusada de nada, ni había sido consejera, ni directora general, ni nada de nada aparte de madre, hija, hermana, novia, parada unas veces y trabajadora algunas otras. Era solo un testigo más de este interminable proceso al que acudió a declarar por dos veces ante los juzgados. Debía explicar en qué circunstancias accedió a un contrato de 18 meses con un sueldo de 900 euros para trabajar en el Museo Barjola. No estaba acusada de nada porque nada malo había hecho, pero su presencia como testigo en los juzgados suscitó una insólita reacción periodística. Si los redactores de sucesos debieran acudir cada día a cubrir las declaraciones de los centenares de testigos que pasan por los juzgados de España, no tendrían tiempo para otra cosa.

Pero más insólito que este súbito interés, fue la determinación de publicar el nombre de la ciudadana con sus dos apellidos. ¿A santo de qué esté afán de señalamiento con una testigo?, me preguntaba yo que llevo casi 30 años siendo periodista. ¿Está de moda ahora en los manuales de estilo tratar a los testigos (que son colaboradores de la Justicia) como si fuesen reos condenados? ¿Por qué publicar el nombre completo de la testigo cuando en este país aparece citado con iniciales hasta el más curtido de los asesinos? ¿Tal vez esto es periodismo de investigación? No. Las respuestas eran más simples y más nauseabundas. Por un lado la testigo no era poderosa, no iba a querellarse contra los periódicos, era presa fácil. Así se puede ser un incisivo redactor: a costa de señalar con el dedo a ciudadanos anónimos que van al juzgado a cumplir con su deber. La segunda razón es aún más canalla y morbosa: el primer apellido de la testigo coincide con el de tres periodistas asturianos que, bien o mal, llevamos décadas en este oficio en el que, al parecer, hemos cosechado los odios de algunos juntaletras (no necesariamente los firmantes de las informaciones) que mojan la pluma en bilis y miseria y vieron en nuestra hermana una excelente disculpa para jodernos la vida a los demás. Dos de las informaciones que uno vio aparecieron firmadas, una de ellas con apellidos de camuflaje, y una tercera fue publicada como un libelo anónimo. Esta última era la más aguerrida, ya que se atrevía a calificar a la testigo de “colocada” (cito textualmente) a dedo y, nadando en mala baba, especulaba luego con que la mujer podría ser imputada por el juez.

Nuestra hermana Elvira Poncela, mujer culta, lectora e inteligente además de sensible, sufrió mucho viendo su nombre en los papeles y jamás llegó a entender a santo de qué era necesario hacerle daño. Nadie sabrá ya si tanto ensañamiento contribuyó a su muerte. Lo que sí sabemos es que amargó las últimas semanas de su vida. Qué cada cual responda de lo que le toque. Yo solo sé de lo que he sido testigo.

Aznar

Leí hace poco que lo preocupante no es que un loco se crea un rey, sino que un rey se crea rey, ya que esa es la verdadera expresión de la locura. Dándole vueltas al asunto me encontré de bruces en la televisión con Aznar creyéndose Aznar. Hace años se creía Bush o Blair, pero como sus referentes en la alta política se han jubilado él no ha tenido más remedio que terminar por creerse Aznar, hablar como si fuera Aznar, posar como un Aznar pensar como él y actuar como esa persona. Por el bien de España y para echarle en cara a Rajoy que no se parezca lo suficiente a Aznar. El problema de ciertos ególatras es que llega un momento en la vida en el que han pasado por encima de tanta gente en busca de sí mismos, que llegan a la conclusión de que no hay otro ser vivo en el mundo capaz de igualarse a él. Aznar ha llegado al cénit de su autoestima o de su estupidez y, por si no nos habíamos dado cuenta, hace gala de ello en televisión y en horario de máxima audiencia. Narciso se ahogó después de caer al estanque en cuyas aguas veía reflejada su hermosa cara de manera obsesiva. Aznar, pese a ser narcisista de pro, ni siquiera se atraganta escuchando su discurso de presidente de comunidad de vecinos al que le han pillado haciendo pis en las jardineras del portal y tiene que salir del lío como sea. Montar el bodorrio de purpurina del Escorial o ser amiguete de los chorizos de la Gurtel, esos que se paseaban por allí como en “Uno de los nuestros”, mirando al Estado por encima del hombro, habrían sido vergüenzas suficientes como para quedarse callado una larga temporada. Pero Aznar ha pedido ayuda a Aznar para huir hacia adelante y ambos han salido a la palestra a llamar idiota a todo el mundo, encaramados en su imaginada superioridad moral. Tal vez el próximo paso sea que Mourinho se crea Aznar, o que Aznar quiera ser también Mourinho y acabe entrenando al Real Madrid.

Veredicto

La semana tiene siete días porque así es imposible que haya empate, que haya semanas que resulten indiferentes, equilibradas, normales. No hay semanas que terminen en tablas: o son buenas o son malas. La vida no permite empates, por eso uno puede ir tirando de lunes a viernes, capeando el temporal, sorteando los obstáculos con mayor o menor fortuna, pero el mismo sábado, tan bondadoso en apariencia, puede solmenarte un golpe de gracia y hacer que una semana pasable se convierta en una tragedia. A uno le ha sucedido esto hace poco y así, de repente, ha entendido que la vida es un animal salvaje y complicado, que acecha por donde menos se le espera y que puede presentar su cara de mascota cariñosa o sacar a pasear toda su violencia agazapada. La vida no es neutral, la vida es impar, como los consejos de administración o los jurados literarios. Es imposible empatar con ella porque en las votaciones que hace cada siete días solo puede haber vencedores o vencidos, vivos o muertos, fracasados que salen a rastras hacia el desolladero o triunfadores de la feria que son sacados a hombros por la puerta grande. El jurado de los siete días tiene en su mano el veredicto hasta que se evapora el último segundo del domingo. Si salimos bien parados de ese tránsito aunque sea por un miserable 6 a 1, no merece la pena que lancemos las campanas al vuelo. El jurado está deliberando otra vez desde el lunes por la mañana, viendo como damos vueltas dentro de nuestras jaulitas de cristal, persiguiendo el cacahuete de la fortuna, asistiendo a los entierros ajenos mientras esquivamos el propio. La balanza puede escorarse en cualquier momento y todo lo que creíamos seguro, consolidado y firme se va por el desagüe, sin dejar poco más que un resto de espuma de esos días que creíamos conquistados tras haber sobornado a un jurado inapelable, siete días sin piedad que van triturando todo lo que conocemos hasta que nosotros mismos formemos parte del menú, tras ser los reos de uno de sus veredictos finales y desequilibrados.

Minusválidos

El piadoso ministro Gallardón se marcó el martes un notable discurso acerca de los derechos de los discapacitados no nacidos y de los que ya son ciudadanos de pleno derecho (por decirlo de alguna manera). El ministro de la voz pomposa proclamó sin pestañear que los minusválidos embrionarios han de tener las mismas oportunidades que los minusválidos de a pie. Y lo dijo sin ponerse colorado, sin asomo de vergüenza alguna, sin temblor alguno en la voz, sabiendo que esa seráfica declaración de derechos sobre los embriones que salen mal de fábrica es una broma de mal gusto para quienes tenemos en nuestra familia a algún discapacitado físico, psíquico o de las dos cosas a la vez. Si los embriones con alguna tara que están por nacer van a tener las mismas oportunidades que los que ya se pasean por este valle de lágrimas, Gallardón debería tener la decencia de explicarles en que consisten tales derechos. Con una minusvalía del 85%, un español discapacitado percibe la cifra mensual de 506 euros (12 pagas, no 14) con los que, al parecer, tendría que poder sobrevivir de manera autónoma en su propia casa y, de paso, pagar el sueldo de una persona que se hiciera cargo de ayudarle. ¿Podría Gallardón vivir con esa cantidad, o es que piensa financiar de su bolsillo las vidas de los embriones discapacitados que se empeña en hacer venir al mundo de manera obligatoria? Tal vez el ministro considere que la gracia de dios se manifiesta mejor en seres con parálisis cerebral, síndrome de Down, malformaciones varias y otras destrucciones genéticas. Si el ministro quiere padecer en su vida las calamidades por las que pasó el santo Job, le aconsejo que adopte una docena o dos de discapacitados, que cobre el sueldo base y que se haga cargo de todas sus necesidades sin ayuda. Ánimo. Uno no tiene nada en contra de que Gallardón quiera ser santo, pero lo que no admite es que pretenda serlo en cabeza y ovarios ajenos. Si tanto ama usted a los pobres tullidos haga que los que ya están vivos y coleando tengan una vida digna, igualdad de oportunidades y capacidad para ser autónomos y cobrar una pensión digna. Si no es capaz de hacerlo, aborte usted su propio discurso meloso, paternalista y falso, pronunciado para satisfacción de obispos que, al menos públicamente, nunca se arriesgarán a tener hijos.

Obscenidades

Se ha hablado mucho estos días de un programa de televisión en el que unas chicas monas y recatadas, con falda tableada por debajo de la rodilla,  daban instrucciones para que las pollitas o adolescentes mantuviesen a salvo su virtud y dignidad vistiéndose como es debido. Esta derecha se ha empeñado en una cruzada muy apropiada para los años de plomo de la posguerra, pero harto ridícula en los tiempos del piercing, el tatuaje y los ombligos al viento. El problema es el de siempre, la famosa palabra: obscenidad. A la tribu neoconservadora siempre le ha pasado lo mismo, que consideran más diabólicos los muslos de una chica que los sobres con dinero negro repartidos por Bárcenas y su peña. La obscenidad es un estado mental y social, no un vestuario, pero no lo acaban de entender. La obscenidad está en la cabeza de quien sueña con ella y en los ojos de quien mira sus propias indecencias con benevolencia pero es implacable con la libertad ajena, con los que pasan de los anatemas que ejercen los demás. El pecado ha pasado a la historia tal como lo conocimos. El pecado es un objeto de museo al que siguen sacando brillo de tarde en tarde los obispos y sus monaguillos, pero aquel viejo miedo del padre Ripalda ya no guarda la viña como hace medio siglo. Ahora hay más gente que se escandaliza por la corrupción política  y el paro que por ver como alguien enseña el canalillo. La decencia se predica con el ejemplo, no con documentales ñoños. La obscenidad se erradica construyendo una sociedad sin trampas y con igualdad, en la que las niñas se vistan como les de la gana pero sepan que podrán estudiar en libertad y gratuidad y que, a demás, podrán trabajar sin ser explotadas. Pero al Gobierno y a la televisión pública les interesa más decirles a las niñas que no se vistan como putones, que explicarles por qué Rajoy lleva con el culo al aire desde que tomó posesión.

Herencias

Miguel Blesa, compañero de pupitre de José María Aznar, ha acabado en la cárcel por meter la mano (las manos, mejor dicho) en el cajón de Bankia y dejar aquello como un solar. Miguel Ángel Rodríguez (MAR para los amiguetes), aquel jefe de prensa de José María Aznar que le tiraba los tejos babosos a la Constitución cuando llegó a la mayoría de edad, fue detenido hace unos días por conducir cuadruplicando la tasa de alcoholemia. Ana Botella, esposa de José María Aznar, ha convertido la Alcaldía de Madrid en una reunión de damas de la caridad tras zafarse del terrorífico, del criminal asunto del Madrid Arena.

Bárcenas y Correa, invitados de postín en la boda de la hija de José María Aznar, aquellos que desfilaban engominados y chaqueados por el patio de El Escorial, sintiéndose adalides de un nuevo imperio, mirando a España por encima del hombro, son ahora vulgares reos del choricismo de altos vuelos, tramposos y sobrecogedores que pasaron de las portadas del ¡Hola! a los pliegos de cordel ejemplarizantes. Eran ellos los triunfadores de aquellos tiempos fabulosos, los héroes del capitalismo sanguinario,  provistos de la indigencia intelectual y la chulería genética heredada de José María Aznar, su padre putativo e ideológico que los nombres herederos universales de una herencia que ahora nos toca administrar a quienes no tuvimos arte ni parte. José María Aznar, castellano recio, de humor tan reseco como los caminos de Quintanilla de Onésimo, severo corrector de las debilidades ajenas, moralista de pro, amante del dominó más que del ajedrez, nos ha dejado esta herencia a todos, incluso a su querido PP que tantas veces se queja de las herencias recibidas.

La contabilidad se cierra con Rodrigo Rato que, sin que se sepan las razones, aún sigue siendo hijo adoptivo de Gijón. En Vivero (Lugo) ya le han retirado los honores al prohombre. ¿Cuándo va a solicitar lo propio la oposición del Consistorio gijonés? Sería saludable poder descargarnos de un trocito de tanta herencia podrida.

Cuentas

Si la asignatura de religión va a tener en breve el mismo valor académico que las matemáticas, la Santísima Trinidad dejará de ser un dogma para convertirse en un teorema. Tal vez Dios sea el cateto (con perdón) y el Espíritu Santo la hipotenusa, el caso es que el misterio no pasará de ser ecuación y todos tan contentos. Los ateos dejarán de serlo sin querer, ya que si saben mucha aritmética tendrán, de rebote, matrícula de honor en asuntos de teología. Esto lo que el ministro Wert debe entender por el diálogo entre fe y ciencia. Siguiendo esta reducción al absurdo de la ley de educación del PP, Albert Einstein podría haber sido Papa de Roma, ya que si Dios tuviera que elegir a alguien que mejor entendiera los misterios del Universo no optaría por un clérigo sino por un físico de categoría, al menos esto es lo que haría si se ajustase a los criterios educativos del PP. Los que somos de letras y apenas somos capaces de recordar cómo se hace una regla de tres (de raíces cuadradas ni hablamos), vamos a tenerlo crudo para pasar el filtro a las puertas del cielo. Puede que el mismísimo San Pedro, que era un pescador analfabeto de Galilea, sea relevado de sus altas responsabilidades como portero de los cielos al no dar el nivel requerido en el manejo del ábaco y la calculadora. La multiplicación de los panes y los peces no será un milagro, sino un caso de economía de escala. La conversión del agua en vino se analizará en clase de química de la ESO como un ejemplo de alteración molecular de los elementos, y la peor blasfemia posible será no saberse de memoria la tabla periódica.

Tenemos que agradecer al Gobierno y a los obispos que hayan simplificado tanto las cosas en asuntos tan complejos, las creencias son números primos, el pecado son los decimales de la vida y la suma es una de las virtudes teologales. Ahora se explica uno por que en los ritos católicos todo son novenas, triduos, cuarenta días de penitencia, las doce tribus y los primeros viernes de mes. Todo está calculado en la mente de Dios y de Wert, incluso las dimensiones de nuestra paciencia que, al menos, debe estar superando ya la bíblica cuenta de las setenta veces siete. Y lo que nos queda.

Maruja y Juanluisito

Fue muy divulgada la sentencia emitida hace unos meses por Juanluisito Cebrián, patriarca del periodismo hispano, según la cual un periodista de más de 50 años ya no era apto para el servicio activo. Poco después liquidó a 129 trabajadores de El País. Pero como Juanluisito es un sabio y de sabios es rectificar, se conoce que cambió de opinión y convino consigo mismo y sus monaguillos pedirle a Maruja Torres, de 70 años cumplidos, que dejase de opinar en sus columnas y se dedicase a hacer reportajes como cuando tenía treinta años menos. Esto es como cuando las guerras se prolongan demasiado y se empieza a llamar al frente a los ancianos y a los niños. Para que Maruja Torres dejase de incomodar con su discurso libre y bien escrito, la disculpa buscada por la empresa fue la de todas: eso de que las cosas están muy mal y que hay que apretarse el cinturón, arrimar el hombro y tal y cual. Maruja, sabedora de que Torres más altas cayeron en esta profesión y de que la oferta era una añagaza de las peor especie para obligarla a dimitir, fízole al emisario de Juanluisito una peineta dialéctica y mandóle a la mierda, lugar de donde nunca debieron de salir estos batracios que croan en las últimas charcas del periodismo.

Así que El País se queda sin una de sus periodistas más brillantes, incisivas y humanas que cobraría en razón a su prestigio y capacidad de atraer lectores. Al cambio, el periódico se libera de una roja peligrosa y mantiene el privilegio de seguir contando con un sagaz gestor de personas y empresas que nunca dio una noticia que se precie, ni fue reportero de guerra, ni fue a una rueda de prensa, ni nada de nada, pero tuvo un padre del Movimiento, ingresó en la Academia de la Lengua, en el Club de las Almendritas Saladas (Trapiello dixit) y es amigo de los señores Audi y Armani, como bien escribió Maruja Torres. Ese currículo de Juanluisito y sus palmeros es lo que le queda al periódico para ir tirando y seguir convirtiéndose en uno más, corriente y moliente. Y maloliente. Luego se reunirán todos los listillos en un foro con mesas floreadas de botellas de agua mineral de marca y cuencos de almendritas saladas patrocinadas por algún banco, a debatir sobre el futuro de la prensa escrita y decir que lo tiene todo controlado. Maruja y Juanluisito son dos modelos de periodismo. Elijan ustedes.