Credo

Será la Semana Santa, pero todos los años por estas fechas empieza uno a sentir un cierto picor, un hormigueo en los santos lugares en los que antes solía tener depositados los restos de fe que le iban quedando. Es una sensación parecida a la que tienen los amputados recientes que, para su desazón, siguen sintiendo la presencia del miembro que les falta. Sea por lo que sea me ha dado por pensar estos días en si yo tengo algún credo, si en más de medio siglo he sido capaz de generar algunas certezas propias y descartar ciertas supercherías ajenas. El resultado es escuálido. Quizás porque he perdido muchos años tratando de saber si es lo mismo ser crédulo que creyente y si en mis tiempos de creyente fui demasiado creído. Uno aprende con el tiempo que la fe no es un pienso compuesto y vitaminado que se consume en raciones de engorde. Uno crea su credo a duras penas, mezclando certezas con dudas, churras y merinas, realidades y mentiras, lo que ve y lo que intuye, traiciones y fidelidades, putas y arzobispos, acordes y disonancias, acuerdos y discrepancias, vino duro y agua bendita. Uno quiere creer que hay algo creíble, que no es todo de pega, decorado barato y propaganda. Uno cincela su poca fe en la dura roca de la realidad, la única certeza tangible que, pese a todo, se escapa entre los dedos hechos huéspedes al escuchar cada telediario. Uno cree en la crisis porque la ha visto y en la esperanza y la dignidad aunque no las vea a menudo. Uno cree que algún día cantaremos victoria aunque seamos gentes de poca voz. Uno cree que Dios tiene mejores cosas que hacer que reparar este mundo que le ha salido mal, que pasa de cardenales y vaticanos, de mitras y purpurinas, que pasa de nosotros sobre todas las cosas. Uno cree que la vida devorará al prójimo como a uno mismo, pero que antes habrá que defenderse, que debemos santificar las fiestas con orquesta y romería, honrar a los hijos, robar tiempo al tiempo, disfrutar de ciertos actos llamados impuros, apostatar de los tipos perfectos, adulterar el catecismo con chistes de monjas, soltarse el cilicio y tener claro que lo que Dios nos deba pagar será un pufo seguro. Creo que creo en este credo, pero seguramente mañana tendré otro.

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