Gracias

A los pobres siempre nos han insistido en que había que dar las gracias por todo. Nuestros padres, educados en compañía de una pobreza más pelona que la que tibia escasez que alguna vez nos ha tocado vivir a nosotros, siempre sintieron que nuestro escaso valor se cotizaba con la discreción y la educación. Por eso uno quiere dar las gracias por las decenas de mensajes, llamadas y todo tipo de coñas que ha recibido el día de sus cumpleaños. Da uno las gracias con la misma ilusión que quien recibe un juguete flamante, unos zapatos nuevos, la palabra justa en el momento preciso, la mirada más perfecta entre una multitud de ojos, el abrazo que impide el desmayo, el préstamo a fondo perdido, o el silencio en medio de una noche tranquila que rompe el ladrido lejano de un perro.

Pues eso es lo que yo quería decir a todas las personas que el jueves o el viernes se acordaron de un servidor en la infausta fecha de su cumpleaños y le hicieron cucamonas, parabienes, carantoñas y, en especial, le transmitieron calor y afecto. Nunca he creído demasiado en las redes sociales pero si creo en las personas que, aunque sea a través de las redes sociales, son capaces de comunicar humanidad, humor y cercanía. Si a eso añadimos que esas personas también se toman la molestia de leer lo que escribo, perfecto y superior.

Pues eso, que muchas gracias compañeros y que todos cumplamos muchos más.

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Credo

Será la Semana Santa, pero todos los años por estas fechas empieza uno a sentir un cierto picor, un hormigueo en los santos lugares en los que antes solía tener depositados los restos de fe que le iban quedando. Es una sensación parecida a la que tienen los amputados recientes que, para su desazón, siguen sintiendo la presencia del miembro que les falta. Sea por lo que sea me ha dado por pensar estos días en si yo tengo algún credo, si en más de medio siglo he sido capaz de generar algunas certezas propias y descartar ciertas supercherías ajenas. El resultado es escuálido. Quizás porque he perdido muchos años tratando de saber si es lo mismo ser crédulo que creyente y si en mis tiempos de creyente fui demasiado creído. Uno aprende con el tiempo que la fe no es un pienso compuesto y vitaminado que se consume en raciones de engorde. Uno crea su credo a duras penas, mezclando certezas con dudas, churras y merinas, realidades y mentiras, lo que ve y lo que intuye, traiciones y fidelidades, putas y arzobispos, acordes y disonancias, acuerdos y discrepancias, vino duro y agua bendita. Uno quiere creer que hay algo creíble, que no es todo de pega, decorado barato y propaganda. Uno cincela su poca fe en la dura roca de la realidad, la única certeza tangible que, pese a todo, se escapa entre los dedos hechos huéspedes al escuchar cada telediario. Uno cree en la crisis porque la ha visto y en la esperanza y la dignidad aunque no las vea a menudo. Uno cree que algún día cantaremos victoria aunque seamos gentes de poca voz. Uno cree que Dios tiene mejores cosas que hacer que reparar este mundo que le ha salido mal, que pasa de cardenales y vaticanos, de mitras y purpurinas, que pasa de nosotros sobre todas las cosas. Uno cree que la vida devorará al prójimo como a uno mismo, pero que antes habrá que defenderse, que debemos santificar las fiestas con orquesta y romería, honrar a los hijos, robar tiempo al tiempo, disfrutar de ciertos actos llamados impuros, apostatar de los tipos perfectos, adulterar el catecismo con chistes de monjas, soltarse el cilicio y tener claro que lo que Dios nos deba pagar será un pufo seguro. Creo que creo en este credo, pero seguramente mañana tendré otro.

Maniega

La diputada Maniega, militante del PP, ha denunciado a los miembros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Estas personas, en defensa de los más débiles como cabe suponer, han decidido presentar sus reclamaciones de manera directa,  personal, a domicilio y de forma algo festiva a los parlamentarios asturianos de todas las ideologías. La cosa se llama hacer escrache. Han decidido este tipo de movilización porque, como puede suponerse, conseguir una entrevista oficial con sus señorías es más difícil que ser acertante de la bonoloto o conseguir la dación en pago. La señora Maniega se queja de las presiones, amenazas e insultos que dice recibir y que, ojo al dato, dice ella que le imposibilitan ejercer su ministerio político con libertad. ¿No es la voz y las necesidades del pueblo lo que defienden nuestros diputados? ¿Por qué le  molesta más oír estas voces que otras? Esta pataleta de la señora diputada, coordinada con idénticas pataletas indignadas de otros probos representantes del pueblo, le suena a uno a un intento de amedrentar a un movimiento social que no sólo cuenta con miles de activos militantes sino con las simpatías de muchos millones más. Que los ciudadanos quieran contarles sus problemas a quienes se atrincheran tras sus escaños para tomar decisiones que perjudican a los más débiles, es normal, no debería motivar alarma alguna en sus señorías. Ya es raro que haya tardado tanto tiempo en desbordarse el cabreo general. Demasiado educados somos. Y ¿quién está más presionado, chantajeado y coartado en su libertad?; ¿el diputado con escolta que esquiva a los ciudadanos que le pagan saliendo por la puerta de atrás, o la familia que se queda de patitas en la calle por no abonar tres meses de hipoteca? ¿Va Maniega a demandar también al Tribunal Europeo por dictar una sentencia que le da en toda la boca a este Gobierno y considera abusivas las condiciones de la Ley Hipotecaria de España? Que esta diputada y otros de su especie amenacen con llevar a los tribunales a quienes se quejan en la calle de lo que es un dolor social generalizado, o que la delegada del Gobierno en Madrid diga que hacer escrache es de etarras, evidencia una falta de clase, visión de la realidad y cintura política que provoca náuseas al más curtido de los demócratas. Si la señora Maniega y otras personalidades no son capaces de soportar la presión social que provocan decisiones tomadas en el pasado por PSOE y PP en comandita, que dejen la política, que se dediquen a otra cosa, que busquen trabajos normales, de los que no existen, y que sean desahuciados de su escaño porque nos deben a todos muchas cuotas mensuales de dignidad, tolerancia y capacidad de ponerse en el pellejo de aquellos a quienes han prometido defender y representar.

Dietas

 

Los 60.0000 euros cobrados en dietas de desplazamiento por el diputado asturiano Alfonso Roman son una cantidad que, por si misma, pone en duda que pueda recibir en propiedad el nombre de dietas. Una dieta de 60.000 euros es un banquete para cualquiera, una indigestión si no se aclara y digiere  cinco trabajadores que tengan la suerte de tener empleo. Con sesenta mil euros se pueden comprar cuatro o cinco coches de gama media muy apañados. Sesenta mil euros es el sueldo del presidente del Principado, según sabemos. Con sesenta mil euros se puede mantener un coche de tipo medio durante casi tres años. Dicho todo esto y teniendo en cuenta que el señor Román tiene su sueldo como diputado al que suma otros diez millones de pesetas en unas cuestionadas además de abultadas dietas de desplazamiento, uno se ratifica en la creencia de que quienes son elegidos y muy bien pagados para dedicarse a defender nuestros intereses, viven en un mundo irreal. Además parecen vivir en un mundo muy lejano a este, habida cuenta de los miles de kilómetros que facturan al año con cargo a unos presupuestos que, para el resto de los mortales, son todo recortes. Si a cualquiera de nosotros nos dieran 60.000 euros por ir de acá para allá, simplemente buscando trabajo el que no lo tiene, o buscando clientes para mantener su empleo el que lo tiene, nos habrían arreglado la vida. Lo que parece haberse extendido en la mayoría de la clase  política es una dieta estricta en la que no se incluye ninguna ración de solidaridad, sentido común, y conocimiento de la realidad de la calle, de las personas que se ponen cada vez más a dieta de lo fundamental para que otros sigan viviendo a lo grande y hasta el empacho.

Azul

Expertos en cometer atracos de curso legal, en darnos patadas en el culo por nuestro bien, en jodernos la vida por mejorar nuestra existencia, los nobles repúblicos de nuestro Ayuntamiento se disponen ahora a perpetrar otra original medida política consistente en crear 2.000 plazas nuevas de la ORA que limitarán con el horizonte. Toda una novedad en la imaginativa gestión de este Ayuntamiento que lleva más de un Eaño aparcado en doble fila. Así las cosas terminarán por cobrar por aparcar en los descampados, lugares donde antes se practicaba gratis total el noble arte del amor con freno de mano y marcha atrás. Como el coche es, después del cerdo, al ser de cuatro ruedas o patas del que se aprovecha casi todo, no hace falta demasiada imaginación para saber de donde se puede recaudar sin problemas a costa de quienes necesitan usar su vehículo, o tienen ganas de hacerlo en la creencia que la ciudad es suya y los bordillos también. Ayer por la tarde entraron en mi casa unos tipos con unos botes de pintura azul dispuestos a convertir en plaza de pago la que tengo en mi garaje, y la caseta del perro y la cesta del gato. Todos pagaremos por aparcar. Y llegará un día no muy lejano en que los bancos de los parques tendrán también rayas azules para que posar el culo en ellas sea también de pago. Y delante de los escaparates, pintados en las aceras, habrá cuadraditos azules para que coticen por minutos los viandantes que se detenga allí a observar las ofertas en bragas o tresillos. Serán azules también los bordillos de los pasos a peatones para que corra el contador mientras cambia el semáforo de rojo a verde. Y si en verano usted se tumba en la playa llegarán pronto los tipos de la brocha para siluetear de azul su contorno de okupa del espacio público, como lo hacen los del CSI con los asesinados en Nueva York. Los percusionistas pagarán doble por aparcar en batería, y si usted no tiene donde caerse muerto no se le ocurra hacerlo en la calle porque dejará a sus deudos un pufo terrible mientras llega el juez a levantar su cadáver. Y hay rumores sobre graves sanciones para las tumbas en doble fila y los nichos que carezcan de tarjeta de residentes. Esta ciudad será cada vez más azul, azul policial, mientras nuestro carácter y nuestra paciencia van tirando a marrón.

Transparencia

El Principado de Asturias ha habilitado una página web para que todos sepamos lo que ganan al mes el presidente, los consejeros y todos los demás cargos públicos. A uno siempre le dijeron que andar por ahí enseñando el sueldo y las cuentas corrientes es de mala educación, que esas conductas ostentosas son propias de nuevos ricos. No se habla de dinero ni de enfermedades, me enseñaron, pero esta costumbre no parece haber calado mucho en nuestra cultura. Ellos dicen que es por transparencia, pero a uno le parece que este exhibicionismo tiene una parte de ostentación y otra de concesión paternalista hacia los súbditos. Cada vez que uno lee una de las declaraciones de bienes que publican los cargos públicos y observa los saldos de sus cuentas o las propiedades de las que son titulares entiende a la perfección por que nadie quiere dejar la poltrona. Lo que deberían habilitar en el Principado es una página web en la que el presidente y sus ministrinos vean a diario lo que ganamos los demás, lo mal que llegamos a fin de mes, las muchas hipotecas que nos quedan por pagar y de que manera nuestros salarios se han ido encogiendo a medida que crecen los impuestos, los precios y los propios salarios de sus señorías. Esa transparencia salarial inversa se me antoja mucho más práctica para la democracia que la otra, porque la cuestión decisiva no radica en que los ciudadanos sepan lo que les pagan a los políticos, sino lo que los políticos sepan lo que les pagan a los ciudadanos. Los ciudadanos no podemos hacer nada por cambiar los sueldos de los políticos -ellos se los ponen y se los suben a conveniencia- pero los políticos sí tienen mucho poder sobre los sueldos de los ciudadanos, sobre la calidad de los mismos, duración y prestaciones. Yo no tengo inconveniente en mostrar mi forzada austeridad, pero tengo tengo mis dudas sobre si los que mandan están dispuestos a convertir su convenida humildad de nuevos ricos en actos políticos a favor de quienes tienen unos ingresos más transparentes que el caldo de un asilo.

PGOH

Carezco de bienes raíces o fincas con las que consolar las miserias financieras que me esperan en la vejez gracias al buen hacer de este gobierno. No tendré fincas de recreo, ni de labor que me renten algunas modestas cantidades de euros con las que llegar hasta la fosa tras dejar pagado un modesto entierro. No tengo praos, ni sebes, ni huertos, ni montes maderables. Esta es la razón por la que sigo sin mucho interés los avatares que se derivan de la reciente anulación del Plan General de Ordenación Urbana de Gijón. No tengo nada que ordenar en hectáreas, mis días nunca han sido días de bueyes, y solo puedo recoger lo que siembro en los campos de las relaciones humanas y profesionales. Por esa razón me he propuesto hacer un Plan General de Ordenación Humana (PGOH), una especie de ejercicios espirituales con tiralíneas que me sirvan para poner al día los espacios interiores que me componen. Lo primero que constato es que algunos ya han sido expropiados por el tiempo y las circunstancias. Otros los tuve que vender al diablo para poder seguir adelante. Por estas vías he perdido o malvendido casi todas mis fincas de optimismo antropológico, algunas de mis virtudes más queridas y monumentales que estaban catalogadas como intocables, y he tenido que especular sin escrúpulos con mis espacios naturales más protegidos para seguir malviviendo. Dejé construir en ellos colonias de palabrería adosada con la que me he creado una cierta fama de juntaletras aventajado. El miedo me hizo ceder espacios propios o tratar de ocupar los de otros. Mi vida diaria presenta altibajos similares al desastroso skyline de El Muro con la diferencia de que lo mío no se arregla con un plan de fachadas. Visto lo visto necesito un Plan General de Ordenación Humana que reordene mis límites, vuelva crear espacios protegidos, limite una excesiva edificabilidad de gilipollas a mí alrededor, garantice que mis caminos sean transitables, proteja los árboles donde buena sombra me cobije y deje algún sitio donde caerme vivo hasta que no me expropien para los restos.

Fotos

Diez años después, nos ha alcanzado la última esquirla de la foto de las Azores, aquella foto infame en la que Aznar aparece apadrinado por Bush, que el pasa la mano por el hombro dándole al de Valladolid los honores de ser el pinche más listo del taller. Diez años después de aquello llega la noticia de que los soldados españoles también se emplearon a fondo en el innoble arte de la tortura cuartelera. Parece ser que para estar a la altura de las grandes potencias bélicas no hace falta contar con bombas de última generación, sólo hay que imitar los peores modales de la soldadesca y darle leña al moro hasta que cante el catecismo. Aznar dijo entonces que aquella foto vergonzosa de las Azores era el acta gráfica de que España había salido de un rincón de la Historia. Cómo les gustan las frases redondas a todos los fascistas. Ya vemos ahora que no fue así ni de lejos. No sólo quedó este país reventado por los atentados del 11M, sino que, lo sabemos ahora, algunos se sumaron a la historia universal de la infamia mediante la práctica de las mismas torturas que todos los imperios han perpetrado, incluido el español cuando existió. Aquel PP que nos quería sacar del rincón de la historia yendo a la guerra, es el mismo que ahora quiere nos poner en el centro de Europa por el procedimiento de empobrecernos, recortar nuestras pensiones, nuestra sanidad, nuestra educación y todo lo demás. Cada vez que esta derecha que miente como respira se empeña en izar el pabellón de España para hacernos unos hombrecitos y convertirnos en un país de provecho. Hay que ponerse en lo peor. Cuando el estadista de turno quiere hacerse la foto para agradar a Bush o para agradar a Merkel, este país va a peor, con el resultado de fotos de soldados dando palizas y fotos de gente que revuelve en los contenedores de basura.

Tango papal

Santidad, permítame abusar de su origen porteño y suburbial para apañar de urgencia y con voz de sombra un tango-milonga de sacristía que exprese mis dudas sobre su papado. Supongo que sabe usted que desde ahora es cosa suya saber en que cambalaches anda la Iglesia, si es más santa que pecadora en el 506 y en el 2013 también. Usted deberá indagar quiénes son los obispos chorros (ladrones), los cardenales maquiavelos, los católicos estafados, si se mezclan las biblias con los calefones de cualquier manera, si los inmorales nos han igualado aunque lleven alzacuellos, y si el Vaticano patina por la Historia con las ruedas tan embarradas como las del último organito. Dígame, Papa Francisco, cardenal de conventillo y autobús, si no es más cierto que se ha encontrado una Iglesia sola, fané y descangallada, que se ladea en falsa escuadra con los zapatos torcidos y metida en el fangal; y no me niegue que hay que ser muy gil (idiota) para creerse que la curia vaticana es una flor cuando no pasa de ser un tomate. Dígame su Santidad si cree usted que será capaz de evitar con dignidad que esta Iglesia con sabor a ginebra desastrosa se desplome para siempre en decúbito dorsal. Se lo pregunto porque dudo que pueda usted encontrar el caminito que el tiempo ha borrado desde los tiempos de Juan XXIII y de aquel Concilio Vaticano II que, desde que se fue, nunca más volvió. Y dudo que le dejen siquiera adivinar el parpadeo de las luces que, a lo lejos, encienden para hacer señas tantos grupos sociales que siguen siendo ignorados, rechazados o perseguidos por la institución que usted preside. No sé si pondrá usted algún empeño en levantar la frente marchita con la que se han ido de la Iglesia muchas personas de buena fe y grandes valores por el único hecho de ser homosexuales, mujeres, divorciados, o simplemente distintos o críticos. En la Iglesia veinte siglos no son nada, ya lo vemos Santidad, porque muchos de ustedes, los que mandan, viven con el alma aferrada al dulce recuerdo de tiempos de poder absoluto que lloran una y otra vez. Sólo puede pasar que Dios no sea católico del todo y guarde escondida una esperanza humilde, que sea toda la fortuna del corazón de quienes aún esperan algo nuevo de Su Santidad. Mientras, uno se queda con Gardel.

Consultivo

El Tribunal Supremo acaba de tirarle de las orejas al Consejo Consultivo del Principado, un órgano que, diseñado presuntamente para asesorar la defensa de los intereses legales de la comunidad asturiana, no ha sido capaz de defenderse a sí mismo. Vamos bien. El Consultivo acaba de perder el juicio, en sentido legal, por insistir en nombrar siete cargos a dedo. Ya es la segunda vez que los ilustres juristas que lo integran tropiezan con la misma piedra, y eso que se trataba de un asunto doméstico del propio Consejo. Además de palmar ante el Supremo la institución tendrá que pagar unas costas judiciales de 2.500 euros, cantidad que en los tiempos que corren no es moco de pavo. Y uno se pregunta ahora ¿quién vigila al vigilante? y ¿con quién consulta sus decisiones el tan consultado consejo consultivo? Pese a la reiterada impericia legal mostrada en la defensa de asuntos propios, este organismo con ínfulas de Tribunal Constitucional de andar por casa ha salido indemne de la poda que el parlamento Principado de Asturias ha aplicado a otras instituciones auxiliares como la Sindicatura de Cuentas (poda parcial) y la Procuradora General del Principado (poda total). Mientras el Consejo no sabe aconsejarse, la Defensora ha intentado defenderse poniendo sobre la mesa el hecho de que el presupuesto de su institución supone el 0,02% de las cuentas regionales y que la mayor parte de su plantilla, más del 90%, está integrada por funcionarios del Principado cuyos sueldos no implican sobrecoste alguno. Unido esto, la Defensoría Autonómica ha atendido en seis años miles de consultas presenciales de ciudadanos que, una vez desguazada la institución, tendrán que ir con sus quejas a Madrid. Por el contrario, el Consejo Consultivo tiene un presupuesto de 1,5 millones de euros, una plantilla de 6 altos cargos y 25 asesores (menos los que el Supremo ha tumbado). A pesar de ello nadie les ha tocado un pelo, tal vez por tratarse de un glorioso cementerio de elefantes en el que todos los partidos parlamentarios tienen algún cliente al que recolocar tras largos servicios a la patria. Que el Supremo les zurre la badana parece ser lo de menos; que los ciudadanos desconozcan su utilidad práctica, también. Tal vez habría que encargar al Consultivo un informe jurídico para saber si es decente cargarse una defensoría del pueblo autonómica. Con suerte, lo mismo se equivocan y desaconsejan esta decisión. Menuda panda.