Cosmética

El PP asturiano acaba de anunciar un nuevo producto rejuvenecedor de su cutis político. Se trata de la loción “tenemos que hablar”, un potingue con el que la doctora Cherines cree que podrá evitar la aparición de más grietas en la muy sufrida piel de elefante del partido que gobierna España. La cosa consiste en que las sedes del PP estén abiertas de par en par y, en horas de visita, los sufridos ciudadanos puedan ir a pedir cita para contarle sus cositas a los diputados y diputadas de la gaviota. Es llamativo que el PP proclame jornadas de puertas abiertas al mismo tiempo que todos sus ministros mantienen las bocas cerradas. Igual es que a Ana Mato y al mismo Rajoy hay que ir a preguntarles las cosas a la sede del PP y con cita previa, que no vale que los periodistas acudan a las ruedas de prensa y se sienten allí muy formales, boli en ristre, a lanzar sus cuestiones a mano alzada. Tenemos que hablar, dice el reclamo publicitario del PP, y lo mismo hay gente muy cándida y bondadosa que se lo cree y va corriendo a una sede del Partido Popular a que les expliquen por qué Rajoy va cerrar las minas de carbón antes de tiempo, de por qué ha subido los impuestos que iba a bajar y ha bajado las pensiones que iba a subir. Si consiguen que les respondan a estas tres cosas tan elementales y las respuestas obtenidas tienen una mínima coherencia, retiro mi sospecha de que todo sea un camelo y me pliego a las innegables virtudes de la mascarilla milagrosa del invento cosmético de los populares. En democracia está casi todo inventado y, como bien sabe la muy veterana Mercedes Fernández, la sede parlamentaria es es lugar en el que los políticos hacen, deshacen, hablan y explican a sus votantes lo humano y lo divino, muchas veces con la imprescindible mediación de los periodistas, que para eso están. Si aparte de eso quieren quedar a tomar el té con ellos, miel sobre hojuelas, pero una cosa nunca sustituye a las otras. Si de eso es de lo que tenemos que hablar, hablemos. Si no, vale más callarse y dejarse de potingues.

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Floriano

Carlos Floriano, un tipo del PP muy dicharachero y con melenilla tipo calle Serrano, nos ha dado la clave para terminar con el paro en España. Al ser preguntado sobre por qué el PP sigue pagándole un sueldo al ex marido de Ana Mato pese a estar imputado por la corrupción de la señorita Gürtel, Floriano dijo, con mucho aplomo, que “NO SE PUEDE DESPEDIR A UN IMPUTADO”. Ahí está. Y los seis millones de parados que hay en España, sin saberlo. Miles de despedidos que podían estar ahora cobrando un sueldo tan ricamente. Y no lo están por ser honrados, porque ningún juez los imputó por chorizos. Mira que nos han recordado veces, pero tal vez nos hayamos saltado un artículo de la reforma laboral del Gobierno en el que dice que una de las causas de despido nulo es que el trabajador haya sido imputado por corrupto. Es lo que pasa por ser honrados, amigos, que se queda uno sin argumentos ante el paro. Haber robado. Si la corrupción estuviera más extendida en este país, el paro sería menor. Lo que pasa es que en España hay que ser de la élite hasta para ser un ladrón, usted no puede robar por encima de sus posibilidades si es un simple ciudadano. La lucha de clases existe también en el hampa de corbata de sede. No todo el mundo tiene acceso a ese nivel de delincuencia. Es lo mismo que pasa con la amnistía fiscal. Para que te amnistíen tienes que cometer un delito previamente. Ayer mismo me echaron una multa de la ORA y al ir a pagarla pedí que me la perdonaran reclamando mi trozo de amnistía fiscal. El funcionario meneó la cabeza y me dijo que si hubiese atropellado y matado a tres o cuatro personas haciendo el kamikaze me daría una amnistía, un indulto, un puesto de trabajo en el PP y, posiblemente, dos huevos duros.

Bestiario

Con los años va uno haciendo una colección más o menos voluntaria de imprescindibles y, a la vez, otra de insoportables. Al inventariar por alto ambas columnas de la contabilidad afectiva (joder, parezco Bárcenas en poetico), servidor constata que, por desgracia, cada vez son menos los imprescindibles y más los insoportables. Será la edad. Advierto que este bestiario de objetos, sujetos o situaciones es muy personal, intransferible y no compartible salvo que alguno de ustedes así lo desee. Tampoco trato de discutir con nadie. Al grano. Me parecen insoportables los anuncios de Martina Klein diciendo “a gusto con la vida”, y no digo nada de los de colonia y perfumes, promocionados en idiomas tan presuntamente elegantes como el inglés. Insoportable también que Belén Esteban se crea periodista y Jorge Javier Vázquez vaya por la vida de escritor. Son insoportables los informativos matinales de las grandes cadenas haciendo espectáculo de corte humanitario con la crisis, al tiempo que sus consejos de administración pagan fortunas a esos sensibles “líderes de opinión” y mandan al paro a redacciones enteras de mileuristas. No soporto que las series de televisión de producción española se caractericen mayormente porque en ellas sale gente dando voces y añado que no me hace gracia el 99% de los presuntos cómicos del Club de la Comedia. No me gusta el latiguillo “como no puede ser de otra manera” con el que rematan sus frases unos tipos que son culpables de que todo haya sido de otra manera. Me cargan lo indecible otras muletillas políticas y mediáticos como “nosotros hemos hecho los deberes”, “ponte las pilas”, “quiero decir” (léase quieici) o “mire usted” (léase miusté). Es insufrible que todo el mundo tenga carné de comunnity manager tras pasar por el mismo curso a distancia que, pese a haber despachado miles de certificados, sigue asegurando que esta es una profesión con futuro. Me resulta igualmente insoportable que Boris Izaguirre, Mario Vaquerizo y Alaska tengan que estar en todos los programas , fiestas o tertulias.Y podría seguir, pero no soporto ser pesado. Termino: hay días en los que ni siquiera me soporto a mí mismo. En fin.

23F

Los 23 de febrero parecen fechas con imán para la monarquía española. Juan Carlos I y su familia llevan viviendo aún de las rentas políticas y mediáticas de una lejana noche del 23 de febrero de 1981. Aquella noche los republicanos se hicieron juancarlistas, los monárquicos fliparon en colores y los fachas nostálgicos empezaron a perder pie. Y ahora, otro de 23 F de treinta y tantos años después, un yerno de ese Rey que paró un cuartelazo, vuelve al juzgado por dispersar a su alrededor una peste a chorizo cada vez más intensa e insoportable. De 23 F a 23F, este país ha cambiado mucho. Los guardias civiles ayudan a arreglar pinchazos en las autopistas en vez de asaltar el Congreso, el personal ha dejado de mitificar a las princesas de los cuentos, huye cada vez más de los cuentos en general, el Rey que se enfrentaba a militares casposos se dedica a matar elefantes de granja acompañado de rubias de bote, los perros se han comido todas las longanizas y la monarquía ha dejado de pasearse en olor de multitud para atecharse en tufo de corrupción. Los juancarlistas empiezan a dejar de ser monárquicos, los monárquicos solo leen el ABC y no hay felipistas ni letizistas dispuestos a coger el testigo de adoradores borbónicos. A quienes creen que la historia es cíclica y en el mito del eterno retorno, este 23 de febrero les va a poner muy cachondos porque, en efecto, parece que estemos ante el final de una partida en la que el único rey con triunfos es el rey de bastos.

Otro

Ayer por la mañana escuché mi propia voz que hablaba por la radio y me gustó mucho, porque pensé, en realidad, que era la voz de otro. «Mira qué bien habla ese, parece Paul Newman o Matías Prats», me dije a mi mismo mientras me duchaba con la radio puesta. Me encantó ese timbre de voz hasta que caí en la cuenta de que era yo el que hablaba y entonces se me fastidió el día. Me pasa muchas veces. Por ejemplo, las columnas que más me gustan después de escritas son las que no parecen mías. El otro día me salió una que parecía de Juan José Millás y anduve todo el día por ahí con el recorte del periódico en la mano, hice fotocopias y las repartí. Un camarero llegó incluso a felicitarme y me dijo que ya iba siendo hora de que escribiera como una persona decente, no como un juntaletras de provincias. Esto mismo me ha pasado en la vida sentimental. Una vez tuve una novia que confesó quererme mucho porque le recordaba a un amigo mío y lo peor es que más me quería cuanto más me parecía a aquel otro que, he de confesar, a mí también me parecía mejor partido para ella. Finalmente, ella prefirió quedarse con el original, como es lógico. Y si esto lo llevo a lo geopolítico, la cosa ya es mucho más complicada. He descubierto que me gusta Asturias cuando se parece a Cataluña, con Barça, sus trenes Aves y sus pactos fiscales. Ja soc aquí, diría Javier Fernández al llegar a la Moncloa, y el Molinón sería el Nou Camp. Hacerse ilusiones con esto último es un drama porque luego, al despertar de mis sueños de autonomía de primera clase, me encuentro con una realidad sin trenes Aves, sin minas de carbón, sin futuro, sin poder político, con un equipo de fútbol que da pena y así sucesivamente. Uno no levanta cabeza. A lo mejor es que tengo que escribir como Millás, hablar como Matías Prats, parecerme a Harrison Ford y vivir en Barcelona para estar contento. Para ser feliz tendré que ser otro. Va a ser eso.

Paralelos

Este fin de semana he llegado a la conclusión del enorme parecido que hay entre el Sporting de Gijón y Mariano Rajoy. Por lo pronto, ninguno de los dos son capaces de dar respuestas convincentes en situaciones complicadas. Rajoy lo hizo el sábado por la mañana durante la surrealista de prensa que perpetró, y el Sporting lo hizo por la tarde ante el Racing de Santander perdiendo un partido que tenía ganado. Ambos han provocado dosis de indignación, hastío y cabreo parecidas, y los dos han ofendido de manera especial a sus seguidores más comprometidos: uno a sus votantes y otro a sus socios. Sólo se diferencian en que, Rajoy cabrea a más gente que el Sporting, algo que es de agradecer habida cuenta del nivel general de indignación. Rajoy dijo a primeros de esta legislatura que su sola presencia en el gobierno generaría unas dosis de confianza siderales gracias a las cuales España jamás bajaría a segunda división. El Sporting prometió a principios de esta liga salir en tromba a todos los campos de fútbol con la seguridad de arrasar a todos los rivales y volver a Primera división en un plis plas. España está en segunda y el Sporting va a seguir en ella. Eso, si hay suerte. La política de fichajes de Rajoy es parecida a la del Sporting y, como le sucede a nuestro tronado club rojiblanco, al presidente del Gobierno tiene también serios problemas con la contabilidad.
El fútbol ha sido siempre una vía de escape para olvidarse de los disgustos de la política, la economía y la vida en general. De un tiempo a esta parte ya no es así, al menos en Gijón. Entre un partido del Sporting y una rueda de prensa de Rajoy hay escasas diferencias en el fondo y en la forma.Ambos espectáculos son previsibles, decepcionantes, aburridos y generan mucha frustración. Menos mal que ni el Sporting ni Rajoy actúan todos los días.

Náusea

El concejal de PP en Gijón, Eduardo Junquera, ha anunciado que deja el PP porque, dicho pronto y mal, siente que está de sobra en un partido donde van y vienen tantos sobres. El señor Junquera, hombre pétreo en ademán, discurso y fidelidades políticas, se va porque, al parecer, siente una náusea profunda ante el asunto Bárcenas. Y es llamativo que así sea cuando él mismo no sintió repulsión alguna al apoyar con su voto el gobierno municipal de Foro, el partido del odiado Álvarez-Cascos que rompió su carné del PP gijonés llamando cosas muy feas a sus dirigentes. Tampoco le tembló el pulso al doctor Junquera cuando su jefa de filas, señora Pardo, emprendió una purga sin piedad contra varios ex concejales del PP, especialmente contra Emilio Noval a quien se denigró y persiguió en público y en privado, en lo político y en lo personal hasta decir basta. Emilio Noval se limitó a contar a la opinión pública que la dirección local del PP, señor Junquera incluido y de viva voz, basaba su estrategia electoral en que mientras peor fuesen las cosas para Gijón, mejor irían para ellos. Ya que no se le revolvió el estómago ante aquello, ignoro si entre las razones por las que Eduardo Junquera deja ahora el PP están las náuseas que siente ante decisión del Gobierno de Rajoy de acabar con la minería asturiana con tres años de adelanto, o el rechazo íntimo que le produce como médico el proceso de privatización de la medicina pública por el que aboga el que hasta ahora ha sido su partido, o si rompe el carné porque cree inaceptable la supresión de las urgencias médicas patrocinada por la señora de Cospedal. Tampoco sabe uno si el señor Junquera abandona el barco justo antes de que le pille el previsible ajuste de cuentas interno que la dirección regional del PP prepara contra la junta local de Gijón.
El señor Junquera dice irse asqueado de la política a causa de la náusea que le producen los errores ajenos, pero no sabemos si su sensibilidad está herida por más cosas aparte de las que dijo en público ya que, en una línea muy propia del PP, no permitió preguntas tras la rueda de prensa en la que entonó su canto del cisne.
En política los gestos tienen mucha importancia, pero no es conveniente fiarlo todo a la política de gestos. Los ciudadanos estamos ya cansados de tanta gesticulación vacía y de tanta palabrería. Nos produce náuseas, pero nosotros no podemos dimitir.