Trazas

Bisbal ha cantado en el Royal Albert Hall y Bárcenas se va a apuntar al paro tras demandar al PP. Además, Yola Berrocal anuncia que se va de España ejemplificando, dice ella, la fuga de cerebros que padece nuestro país, y Toni Cantó da una cantada estupenda acerca de la igualdad de género. Quien se aburra teniendo a su alcance este esperpento de actualidad diaria es porque quiere. Un tipo con melenilla y modales de encargado de los coches de choque que cree que cantar es dar voces, se ha sentado en uno de los templos mundiales de la música cuando no debería pasar de hacer bolos en fiestas patronales. Un fulano que ha amasado una fortuna de 38 millones de euros en Suiza y se lo ha llevado crudo desde todo tipo de procedencias desconocidas, se va a poner a la cola del subsidio de desempleo como un pobre de pedir. Una señora con más talla de sostén que de cociente intelectual se da a la fuga en el mismo taxi que los físicos nucleares. Un tipo guapito con acta de diputado se pasa por el forro un siglo y pico de lucha social de las mujeres. Suma y sigue ¿Es esto una sucesión de pesadillas que estamos obligados a vivir? Ya teníamos bastante con este invierno de color ala de mosca, frío y húmedo como una sepultura, como para que encima se nos cuelen en el menú informativo diario noticias que parecen sacadas de la antología del disparate, o de las ensoñaciones poéticas del orate profesional Leopoldo María Panero. Tal vez con la realidad española esté pasando lo mismo que con ciertas clases de hamburguesas en las que se han hallado trazas de carne de caballo sin informar de la procedencia equina del alimento. Es posible que nos hayan empezado a dar raciones de vida adulterada con trazas de carne podrida de Bárcenas y canciones de Bisbal en el Albert Hall, aderezadas con partículas de silicona fugada del cráneo de Yola Berrocal y morritos machistas de Toni Cantó. Y no hablemos de las trazas de albóndiga bastardeada que se cuelan en los discursos de Loli de Cospedal cuando trata de explicar lo de Bárcenas y Sepúlveda, o las morcillas con restos de carne de gallina vieja que los socialistas meten en su discurso cuando se les pregunta por el asunto de Cataluña. Uno se cansa de tantas adulteraciones de una realidad demasiado indigesta que, demás, no presenta trazas de que vaya a cambiar.

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