Deberes

Llevo semanas dándole vueltas a la diferencia que existe (si es que existe) entre las promesas y el deber, si el deber de uno es cumplir sus promesas, o si entre las promesas que uno debe hacer está cumplir con el deber. Todo son preguntas y solo Mariano Rajoy parece tener claras las respuestas tras limitarse a incumplir todo lo que parece que había prometido para así poder cumplir su deber. Es lo que tiene ser presidente, que, al parecer, se posee una clarividencia mucho mayor que el resto de los mortales para saber qué, cuándo y cómo hay que hacer las cosas, qué es lo obligatorio y qué lo optativo. Pero cuanto más oigo hablar a Rajoy, menos capaz soy de penetrar en las sutilezas de lo que es uno y lo que es otro, de si es más cumplidor y sincero quien antepone el deber a las promesas o si, por el contrario, el tipo cabal y de una pieza es ese que sigue creyendo que lo prometido es deuda debida, como nos enseñaron nuestros abuelos. Uno siempre creyó que el deber de un político era cumplir sus promesas, ya que cuando es candidato y pide el voto lo hace a cuerpo limpio, sin más mercancía para intercambiar con el elector que sus palabras. No hay contratos, no hay documentos que garanticen que ese señor o señora que sale en los carteles vaya a ser capaz de hacer algo por nosotros. Pero los votantes echamos la papeleta en la urna porque creemos que es nuestro deber y que, a cambio de cumplir con ese deber, el candidato ejecutará sus promesas de la mejor manera posible, sintiéndose obligado a ello. Pero no, la realidad nos demuestra que el candidato sufre una profunda transformación en cuanto tiene en su saca nuestros votos. Olvida o modifica sus promesas y demora o moldea sus deberes hasta que el resultado final es una gestión que no se parece en nada a lo que se nos había contado, o a lo que habíamos imaginado en nuestras ensoñaciones de una democracia en la que todos cumplen su deber porque así lo han prometido. Como dice mi admirado Luis Arroyo, el discurso de Mariano Rajoy,como le corresponde, es el de un registrador de la propiedad, gris, burocrático y a la defensiva. Un registrador de la propiedad no tiene por que hacer promesas y, además, está tan por encima de los ciudadanos normales que es portador de un sentido del deber que ninguno de nosotros entendemos. Así que ya lo saben: háganse registradores de la propiedad y cumplan con su deber.

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