Baile

Si supiera lo que la vida quiere de mí es posible que negociase con ella alguna fórmula diferida de pago, alguna satisfacción razonable a sus exigencias constantes, a sus cambios de estrategia que siempre me dejan fuera de juego y con cara de galleta. Pero cada lunes, cuando la semana pega el primer tirón y uno se levanta de la cama con cuidado de no pisar al gato ni tropezar con su propio desánimo, la vida ha vuelto a cambiar a su capricho las condiciones del contrato que tiene conmigo. Igual es que uno no ha entendido nunca en qué consiste tener contenta a la vida; o lo mismo es que siempre nos ha dicho que la vida es la que nos tiene que tener contentos a nosotros y no era verdad. La consecuencia es que pasan los años y uno sigue entrando en la semana por la puerta del lunes con un terror en las tripas similar al que sintió en su primer día de escuela. Uno se veía allí, oliendo a agua de colonia “Álvarez Gómez”, desamparado, con un nudo en la garganta, muerto de frío, con los zapatos nuevos y apretándole los pies, llevando un plátano y un bocadillo en la saca como toda provisión para tanta desolación escolar. Así éramos y así seguimos: desarmados, debutantes, perplejos y burlados pero resignados. Y la vida, que bien pudiera ser una amante cómplice y voluptuosa, se empeña en hacer de estricta gobernanta, se asoma cada lunes al embozo de nuestra cama y hace que sonríe enseñando unos dientes amarillos manchados por el alquitrán que han dejado los días que se va fumando. Nos saca de la cama con unas instrucciones a seguir que no hay dios que entienda, porque no se parecen en nada a las de la semana pasada y porque, además, nosotros aún no habíamos sido capaces de comprender lo que la vida quiso decir con lo que dijo hace siete días. Uno siempre quiso tener una mujer fatal y una buena vida, pero cada lunes certifica que le ha tocado una buena mujer y una vida fatal y caprichosa con la que no se puede negociar, a la que no se pude sobornar y que cada lunes viene a cambiarnos el paso de este baile en el que uno no hace más que recibir pisotones.

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