Trampas

Hace una semana encontré 22 millones de mentiras, disculpas y otras vergüenzas propias escondidas en una zona neutral de mi conciencia en la que solo puedo ingresar mediante una contraseña que tengo guardada en la parte más golfa de mi memoria. Todos tenemos en alguna esquina del cerebro un trastero para fondos reservados, un cuarto oscuro con las paredes acolchadas y a buen recaudo de las miradas ajenas, que goza de un estatus moral parecido al estatus diplomático y bancario que tiene Suiza. Llevo años desviando a este área de mi cabeza todas esas historias personales que no quiero que sean del dominio público, bien por cutres, bien por ñoñas, bien por lo que sea. Dijo un sabio que alguien sin doble vida no es interesante, por eso hay tanta gente que tiene una vida en A y otra B, una contabilidad paralela de hechos y dichos a la que acude en caso de necesidad o que, sencillamente, guarda para su uso y disfrute haciendo memoria en las noches de insomnio. Tener 22 millones de trampas (o más) escondidas en la parte codificada de la conciencia no deja de ser una estafa para con quienes le rodean a uno, pero es lo que hay. Uno nunca es el que parece, eso está claro, pero si Luis Bárcenas puede tener tantos millones de euros en una cuenta secreta, uno se toma la libertad de crearse su propio paraíso moral a falta de recursos para tener uno fiscal.
Se hace lo que se puede para sobrevivir a tanta rutina, a tanta rectitud que nos exige pero no se nos da, a tanta roña ajena compensada con tanta limpieza propia. Uno se salta las fronteras de sus propios escrúpulos, echa el catecismo a la papelera y unas cuantas veces al año llena la maleta de trampas y emprende viaje, saltándose las aduanas del deber para ingresar en las cajas de seguridad de su doble fondo personal algunas divisas de rebeldía sentimental, dejadez laboral, trampas a las cartas, faldas y a lo loco, tiempo de silencios, eternidades que duraron segundos, muertes transferidas, toreos de salón, partidos anulados, viajes a ninguna parte, billetes falsos de curso ilegal, años perdidos, apuestas perdidas, lunas de piel o infusiones con hiel. Lo bueno de ser católico es que el confesor te puede aplicar una amnistía moral para blanquear tu conciencia ennegrecida por el humo de los días. Lo bueno de ser del PP es que el Gobierno te lava el dinero sucio. No me parece bien ninguna de las dos cosas. A lo hecho, pecho.

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2 pensamientos en “Trampas

  1. Hay que ser del PP,para que no solo el gobierno ” te” labe el dinero negro y lo quede blanco impoluto,sino que sus votantes se lo tragan y lo defecan en forma de votos.

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