Medina

Cada vez que atravesamos un temporal de invierno (ahora se llaman ciclogénesis explosivas, qué miedo), pienso que nunca hubo en España mejor hombre del tiempo que Mariano Medina. Los de mi quinta y precedentes sabíamos que estaba cerrado Navacerrada y había cadenas en la Bola del Mundo o en Pajares porque lo decía un señor de aspecto gris y gafas de alambre, de tono monocorde y algo indiferente que salía después del Telediario. Pero lo que decía Mariano iba a misa. El tiempo era Mariano Medina y el telediario era David Cubedo, un tipo de voz imperial que metía miedo y al que mi padre apodó siempre como «el perrón». Parecía un mastín, la verdad, y daba unas noticias redondas e indiscutibles (en aquellos tiempos era todo indiscutible, sobre todo si lo decía en TVE aquel amenazante locutor que parecía estar leyendo cada día el último parte de la Guerra Civil). Los inviernos con Mariano eran tan fríos como siempre, pero más humanos y menos alarmantes que ahora. Mariano no metía miedo a la gente con alertas de todos los colores o empleando términos tan alambicados como “fenómenos costeros adversos” para decir que iba a haber una galerna de las de toda la vida. Aquel hombre del tiempo no montaba un drama porque nevase en invierno o hiciera calor en verano, ni nos mandaba llevar teléfono móvil, una brújula, una manta toledana, un termo de Cacaolat y el catecismo del padre Astete para salir a la carretera en enero. Si Mariano decía que iba a nevar, santa palabra. Todo dios metía las cadenas en el maletero y se acabó la historia. No hacía falta que nos lo recordasen. Si Mariano decía que haría un sol de espatarrar, todos a La Ñora con la ensaladilla, los filetes empanados y Rosendo Menéndez cantando rancheras y corridos en Radio Gijón.

Mariano no era la alegría de la huerta, ni tenía Meteosat, pintaba las isobaras con tiza de maestro de escuela y no se andaba por las ramas más de la cuenta. Mariano era un hombre del tiempo ascético, claro y directo, un meteorólogo de los de antes del cambio climático y lo satélites espías, un comunicador modesto y certero que hablaba para ser entendidos. Echo de menos los inviernos que narraba Medina sin tanta literatura, sin tantos paños calientes y sin necesidad de invocar a Protección Civil. Mariano era la biblia con paraguas sin necesidad de dar la brasa durante media hora explicando si el frío es polar o siberiano. Ni falta, porque uno ve el tiempo para saber si tiene que poner bufanda o salir en mangas de camisa, no para licenciarse en meteorología. Vuelve, Medina.

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