Ladillas

Parece ser que cada vez hay menos ladillas incomodando las partes pudendas del género humano. Lo dicen los médicos y es para alegrarse. La gente se lava, se depila, se cuida, evita compañías de dudosa higiene, y esas providencias han conseguido que las vulgares ladillas vayan camino de ser historia en el ámbito de las enfermedades venéreas. Uno se han enterado de esta noticia leyendo el mismo periódico que detallaba las andanzas financieras de Luis Bárcenas y algunos de sus amigos del PP, Urdangarín y sus socio, los ERES andaluces, o las trapisondas de los Pujol. El avance de la civilización y la medicina nos han librado de algunos parásitos, pero otros se refuerzan, se extienden, se multiplican, y le chupan la sangre al cuerpo social con el mismo afán que las domésticas y pertinaces ladillas hacen o hacían lo propio con el cuerpo humano. El coleóptero Bárcenas y su colonia de ladillas siguen estando en el catálogo de enfermedades venéreas de la democracia, bien agarradas. Cuando los cargos públicos de cualquier ideología tienden a la promiscuidad en busca de dinero rápido y abundante, descuidan la higiene y se alojan en burdeles de carretera que exhiben en sus fachadas siglas de partido político con luces de neón. El resultado es el aumento alarmante de los parásitos sociales en la entrepierna del sistema financiero y político. Hay ladillas de partido político, de secretaría de Estado o de Casa Real. Son unos bichos agresivos, huidizos y muy tragones, provocan enormes picores a todo un país y su erradicación parece imposible. Hasta que no se aplique a los partidos políticos, los parlamentos y otras instituciones el mismo nivel de higiene íntima que se procuran los ciudadanos, las ladillas con cuenta secreta en suiza seguirán alojados en nuestras partes más delicadas y provocando en ellas daños que pueden ser irreparables.

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Un pensamiento en “Ladillas

  1. Creo que los parásitos que describes más bien parecen las garrapatas porque éstas se clavan en su víctima, le chupan la sangre hasta engordar, nunca se sacian, y no hay manera de que se despeguen y de hecho, aunque se les “arranque” el cuerpo su cabeza sigue clavada a su pobre víctima.
    Mi perrina foxterrier (Katy se llamaba) las pilló una vez (supongo que hizo una escapada a un congreso del PP o a la Zarzuela).

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