Desalojo

Cada político que se sumerge en la corrupción o en sus aledaños, componendas y chorizadas, ejerce sobre el fluido de la democracia una fuerza que expulsa del mismo a varios miles de votantes. Con 300 cargos políticos imputados en España, hagan cuentas del rebose. A mayor peso o densidad de la sinvergüencería de turno lanzada sobre las turbias aguas de nuestra democracia, más votantes que caen fuera de la bañera del sistema. Si Arquímedes se hubiera dedicado a observar la el efecto de la ausencia de ética de los políticos sobre la democracia con la misma intensidad que observó las relaciones entre los sólidos y los líquidos, posiblemente habría llegado a enunciar este principio del desalojo ciudadano provocado por las diversas formas de la corrupción política. Esta semana hemos conocido aparatosas zambullidas nuevas y rotundos coletazos de otras antiguas. A saber: Urdangarín y familia, Durán Lleida y Pallerols, el ínclito Baltar, o Güemes el astuto negociante sanitario de Madrid, han sido algunos de los que se han encargado de seguir dejando nuestra democracia igual que un bebedero de patos. Los mencionados y otros muchos se siguen lanzando en plancha una y otra vez sobre este estanque que alguna vez se nos quiso presentar como un idílico lago de los cisnes pero que se ha convertido en una charca más apropiada para el refocile de una piara de marranos que para que los ciudadanos apaguen en ella la sed de igualdad, libertad y otras muy puras cristalinas ambiciones cívicas.
Cada vez que uno de estos corruptos se lanza “a bomba” sobre las aguas de la poca fe democrática que nos va quedando a los votantes, peligra este sistema que cada vez da de comer a menos gente pero aún sigue cobijando a caraduras de toda laya, bien mantenidos a costa de lo ajeno e incapaces de dimitir, pedir perdón o irse a la cárcel tras haberse comportando con menos elegancia que un ratero de mala muerte. Cada tipejo de estos que se niega a dimitir y a quienes sus partidos no ponen en la calle, provoca la dimisión en masa de muchos ciudadanos a quienes el hastío, la indignación y la náusea recomiendan la dignidad del desalojo para no morir ahogados en la mierda ajena.

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