Búnker

En este país hemos visto en directo un golpe de Estado en el Congreso de los Diputados, pero no vamos a poder ver la comparecencia ante nuestro Parlamento del señor Draghi, presidente del Banco Central Europeo. El hecho de ser un país colonizado e intervenido tiene estas cosas, que nos toman por idiotas y no se molestan en ocultarlo. La comparecencia de Draghi tiene dos rombos, es para mayores de 18, y los ciudadanos, todos menores de edad, nos iremos a la cama sin verla. Los que mandan en nuestras vidas presentes y futuras, los que nos meten la mano en el bolsillo hasta el saqueo, vienen a hablar a nuestro Parlamento, al que al parecer nos representa, pero no se puede saber lo que dicen. No estamos preparados, al parecer.

En 1981 vimos por la tele a los guardias civiles con su cabezón de charol tratar de tumbar a Suárez y Gutiérrez Mellado, pero no veremos a un señor italiano, al que no hemos elegido para ese cargo nosotros ni nadie, subirse a hablar acerca de nuestra ruina a la misma tribuna a la que se suben nuestros legítimos representantes. Igual es que allí dentro se va dar un golpe de Estado económico (otro más) y no quieren herir nuestra sensibilidad dejando que veamos en directo o en diferido como alguien que no se ha presentado a ningunas elecciones decide por encima de nosotros y de todos los que estarán allí sentados dando cabezadas. Tejero se subió al estrado en directo, con la pistola el ristre y dando gritos cuarteleros, a secuestrar la democracia. Mario Draghi se subirá al mismo estrado con modales muchos más finos, traje italiano y zapatos finos, sin duda, pero con unas intenciones que, salvando algunas distancias, se dirigen a decapitar la capacidad de decisión, juicio y protesta de toda una sociedad. Igual es que ya estamos todos embargados y empiezan por el edificio de Las Cortes. Ya nos temíamos que el Parlamento era un club reservado a pocos, pero por lo menos nos dejaban mirar de vez en cuando. Lo que no es de recibo es un cerrojazo de este calibre, esta falta de respeto con quienes, al parecer, somos los soberanos populares de esa casa que cada día se parece más al búnker del tío Gilito o al patio de Monipodio.  

Telefónico

Anoche me desvelé y me metí en el baño a jugar con el teléfono móvil. Tratando de poner ‘Paquito el chocolatero’ como sintonía principal, pulsé una tecla equivocada y descubrí que el cacharro tiene en sus tripas un calendario que llega hasta el año 2100. Qué ganas de provocar. Mi teléfono me sobrevivirá a mí y a casi todas las personas que conozco y tiene en su memoria un siglo entero y en blanco. Por eso los llaman teléfonos inteligentes. No sé si me da más miedo la cercana fecha de caducidad de un yogur o llevar en el bolsillo la fecha de mi muerte metida en un simple teléfono que sabe más que yo de mi presente y de mi futuro.
Ya totalmente desvelado, con los ojos como platos y en pleno ataque de ansiedad adivinatoria y futurista, recorrí con el móvil en la mano fechas cercanas y lejanas para saber cosas perfectamente inútiles: en qué caerá mi cumpleaños el año que llegue a los sesenta, o cuántos puentes y festivos tendrán los currantes que aún paguen hipoteca en 2087. Cada día del calendario telefónico, aún en blanco, sin estrenar y de una aparente inocencia son cepos loberos cuadriculados sobre los que corremos, caminamos, dormimos a pierna suelta y bailamos pasodobles. El móvil los tiene todos guardados como si fuesen las baldosas del empedrado de nuestra vida. Lo que no hay manera de saber es cuál de esas baldosas estará floja y nos tragará para siempre jamás entre el hueco de dos dias. Desde entonces ha empezado a molestarme el móvil más que antes. Temo ver cualquier día mi esquela en el salvapantallas y cada vez me parece más siniestro el aviso de que la batería se está terminando. ¿La de quién? ¿La del móvil o la mía? La próxima vez que me desvele me pondré a ver la teletienda, como todo dios.

Baile

Si supiera lo que la vida quiere de mí es posible que negociase con ella alguna fórmula diferida de pago, alguna satisfacción razonable a sus exigencias constantes, a sus cambios de estrategia que siempre me dejan fuera de juego y con cara de galleta. Pero cada lunes, cuando la semana pega el primer tirón y uno se levanta de la cama con cuidado de no pisar al gato ni tropezar con su propio desánimo, la vida ha vuelto a cambiar a su capricho las condiciones del contrato que tiene conmigo. Igual es que uno no ha entendido nunca en qué consiste tener contenta a la vida; o lo mismo es que siempre nos ha dicho que la vida es la que nos tiene que tener contentos a nosotros y no era verdad. La consecuencia es que pasan los años y uno sigue entrando en la semana por la puerta del lunes con un terror en las tripas similar al que sintió en su primer día de escuela. Uno se veía allí, oliendo a agua de colonia “Álvarez Gómez”, desamparado, con un nudo en la garganta, muerto de frío, con los zapatos nuevos y apretándole los pies, llevando un plátano y un bocadillo en la saca como toda provisión para tanta desolación escolar. Así éramos y así seguimos: desarmados, debutantes, perplejos y burlados pero resignados. Y la vida, que bien pudiera ser una amante cómplice y voluptuosa, se empeña en hacer de estricta gobernanta, se asoma cada lunes al embozo de nuestra cama y hace que sonríe enseñando unos dientes amarillos manchados por el alquitrán que han dejado los días que se va fumando. Nos saca de la cama con unas instrucciones a seguir que no hay dios que entienda, porque no se parecen en nada a las de la semana pasada y porque, además, nosotros aún no habíamos sido capaces de comprender lo que la vida quiso decir con lo que dijo hace siete días. Uno siempre quiso tener una mujer fatal y una buena vida, pero cada lunes certifica que le ha tocado una buena mujer y una vida fatal y caprichosa con la que no se puede negociar, a la que no se pude sobornar y que cada lunes viene a cambiarnos el paso de este baile en el que uno no hace más que recibir pisotones.

Insultos

En los últimos días me he procurado un ejemplar del inventario general de insultos de Pancracio Celdrán Gomáriz, obra que recomiendo con intensidad. Hace tiempo que el médico me recomendó tomarme dos o tres buenas palabras al día en forma de infusión como terapia para erradicar las malas digestiones de actualidad y de palabrería periodística de garrafón que integra nuestra dieta diaria. Por ejemplo, cada vez que en un telediario sale un ministro hablando de implementar, poner en valor, brotes verdes, crecimiento inverso y otras lindezas, yo me abrazo a doña María Moliner y me escondo tras palabras como estridor, abigarrado, rescoldo, cachivache o senda. Pero esta terapia de palabras genéricas me empieza a resultar insuficiente como paraguas ante la tormenta de caca que empieza a caer los lunes y no para hasta el lunes siguiente. Las palabras corrientes, los insultos conocidos que manejamos en nuestra indignación ya no son suficientes para poner nombre a esta recua de mangantes que nos rodean. Es necesario poder llamar baldragas o calzonazos con toda la propiedad y la fuerza del castellano a quienes son incapaces de cortar por lo sano este ataque diario que toda una alineación de chafallones, echacantos, cacos, rufianes, trapaceros, bausanes, majaderos, tipejos, litris o simples rateros de toda la vida perpetran contra nosotros.
Mark Twain dijo que la mentira llega al otro lado del mundo antes de que la verdad tenga tiempo de ponerse las botas. Eso ocurre con más velocidad cuando estamos desarmados ante las palabras de otros y no tenemos ni el consuelo de los epítetos adecuados para poner nombre a tanta porquería. Ahora que tengo mi inventario general de insultos empiezo la semana mucho más tranquilo, me siento más capaz de defenderme aunque sea de palabra.

Escritor

La Fundación Ideas me ha dado una idea. Parece mentira que una institución con un nombre tan pomposo no haya sido capaz de aportar hasta ahora nada sustancial a esta sociedad algo perpleja e idiotizada, tan falta de ideas, pero más vale tarde que nunca. La Fundación Ideas me ha dado la idea de inventarme un escritor que sea mi otro yo, mi “alter ego” en las letras, para ver si consigo vivir decentemente de lo que él escriba. Como saben, el director de la tal fundación, de nombre Mulas para más señas, y su ex mujer, tramaron la brillante de idea de encargar artículos y trabajos literarios a una escritora inexistente que, como tal, cobraba 50.000 euros al año. Eso sí que son ideas y no lo que a uno se le ocurren para rellenar estos modestos billetes. Al ser esta notable autora inventada por los Mulas un ente imaginario y no poder tener cuenta bancaria dada su calidad de fantasma, donaba sus pingües beneficios a los señores de Mulas. La escritora facturaba tres mil euros por cada pieza en la que lo mismo hablaba de cine guineano, la alianza de las civilizaciones o la sopa de marisco. Todo texto escrito por ella tenía la venta asegurada y a unos precios que no se pagarían ni en el país de Jauja, 16 céntimos por letra, ahora que el precio por palabra no llega a un céntimo en el mercado de la gramática. Yo me he propuesto poner en práctica esta sugerencia tan ideal de la Fundación Ideas.
Mi plan es inventarme un escritor falso que sea capaz de sacarme de pobre, poner a trabajar a mi otra mitad con posibilidades comerciales para conseguir vivir de esto. Firmando como Jaime Poncela nunca he conseguido comerme una rosca, ni vivir de otras letras que no sean las letras de cambio, de manera que igual me invento un escritor para el que yo trabajaré como “negro” a cambio de cobrar su sueldo. Escribiré sus artículos, él los firmará y, al tratarse de un autor nuevo y bien promocionado, cobrará un pastón que, al no existir él, trincaré yo. Puede que me plagie a mi mismo con otro nombre. Me haré pasar por mi mismo con el nombre de otro algo que, al fin y al cabo, todo el mundo ha querido hacer alguna vez en su vida. Ahora que está de moda reinventarse, yo voy a desdoblarme. Igual lo mejor de mí mismo está por descubrir y me da de comer el resto de mis días.

300

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Ha llegado uno a meter 300 entradas en este blog. Vaya por Dios, qué cantidad de letras para nada.
Uno escribe sin ser escritor y bloguea sin ser un bloguero.
Hace uno lo que no sabe con la misma pasión que si supiera hacerlo.
Uno no sabe lo que hace, pero lo va haciendo.
Uno vive sin darse cuenta y muere sin querer.
Uno va del coro al caño, de la ceca a la Meca, del paritorio al tanatorio, del bar a la botica, de la borrachera lúcida a la resaca aburrida y todas esas cosas las cuenta aquí.
Uno está en la luna hasta que aterriza en esta páginas que no tienen papel y garabatea estas letras que no tienen tinta. Lo más cierto es lo falso, lo virtual. Lo más falso es o que parece ser verdad.
Escribir es soltar un caballo y tratar de domarlo cuando galopa entre la niebla de los días, entre el humo de las letras quemadas que hacen llorar los ojos e impiden ver la mierda que uno pisa.
Escribir es mi oficio. No soy el mejor en él, pero no pienso dejar de aprenderlo.
Y gracias a los más de 28.000 que habéis entrado en mi blog desde mayo de 2011. Sois muy benevolentes.

300 abrazos a cada uno. 300 besos a cada una.

Trampas

Hace una semana encontré 22 millones de mentiras, disculpas y otras vergüenzas propias escondidas en una zona neutral de mi conciencia en la que solo puedo ingresar mediante una contraseña que tengo guardada en la parte más golfa de mi memoria. Todos tenemos en alguna esquina del cerebro un trastero para fondos reservados, un cuarto oscuro con las paredes acolchadas y a buen recaudo de las miradas ajenas, que goza de un estatus moral parecido al estatus diplomático y bancario que tiene Suiza. Llevo años desviando a este área de mi cabeza todas esas historias personales que no quiero que sean del dominio público, bien por cutres, bien por ñoñas, bien por lo que sea. Dijo un sabio que alguien sin doble vida no es interesante, por eso hay tanta gente que tiene una vida en A y otra B, una contabilidad paralela de hechos y dichos a la que acude en caso de necesidad o que, sencillamente, guarda para su uso y disfrute haciendo memoria en las noches de insomnio. Tener 22 millones de trampas (o más) escondidas en la parte codificada de la conciencia no deja de ser una estafa para con quienes le rodean a uno, pero es lo que hay. Uno nunca es el que parece, eso está claro, pero si Luis Bárcenas puede tener tantos millones de euros en una cuenta secreta, uno se toma la libertad de crearse su propio paraíso moral a falta de recursos para tener uno fiscal.
Se hace lo que se puede para sobrevivir a tanta rutina, a tanta rectitud que nos exige pero no se nos da, a tanta roña ajena compensada con tanta limpieza propia. Uno se salta las fronteras de sus propios escrúpulos, echa el catecismo a la papelera y unas cuantas veces al año llena la maleta de trampas y emprende viaje, saltándose las aduanas del deber para ingresar en las cajas de seguridad de su doble fondo personal algunas divisas de rebeldía sentimental, dejadez laboral, trampas a las cartas, faldas y a lo loco, tiempo de silencios, eternidades que duraron segundos, muertes transferidas, toreos de salón, partidos anulados, viajes a ninguna parte, billetes falsos de curso ilegal, años perdidos, apuestas perdidas, lunas de piel o infusiones con hiel. Lo bueno de ser católico es que el confesor te puede aplicar una amnistía moral para blanquear tu conciencia ennegrecida por el humo de los días. Lo bueno de ser del PP es que el Gobierno te lava el dinero sucio. No me parece bien ninguna de las dos cosas. A lo hecho, pecho.

Medina

Cada vez que atravesamos un temporal de invierno (ahora se llaman ciclogénesis explosivas, qué miedo), pienso que nunca hubo en España mejor hombre del tiempo que Mariano Medina. Los de mi quinta y precedentes sabíamos que estaba cerrado Navacerrada y había cadenas en la Bola del Mundo o en Pajares porque lo decía un señor de aspecto gris y gafas de alambre, de tono monocorde y algo indiferente que salía después del Telediario. Pero lo que decía Mariano iba a misa. El tiempo era Mariano Medina y el telediario era David Cubedo, un tipo de voz imperial que metía miedo y al que mi padre apodó siempre como «el perrón». Parecía un mastín, la verdad, y daba unas noticias redondas e indiscutibles (en aquellos tiempos era todo indiscutible, sobre todo si lo decía en TVE aquel amenazante locutor que parecía estar leyendo cada día el último parte de la Guerra Civil). Los inviernos con Mariano eran tan fríos como siempre, pero más humanos y menos alarmantes que ahora. Mariano no metía miedo a la gente con alertas de todos los colores o empleando términos tan alambicados como “fenómenos costeros adversos” para decir que iba a haber una galerna de las de toda la vida. Aquel hombre del tiempo no montaba un drama porque nevase en invierno o hiciera calor en verano, ni nos mandaba llevar teléfono móvil, una brújula, una manta toledana, un termo de Cacaolat y el catecismo del padre Astete para salir a la carretera en enero. Si Mariano decía que iba a nevar, santa palabra. Todo dios metía las cadenas en el maletero y se acabó la historia. No hacía falta que nos lo recordasen. Si Mariano decía que haría un sol de espatarrar, todos a La Ñora con la ensaladilla, los filetes empanados y Rosendo Menéndez cantando rancheras y corridos en Radio Gijón.

Mariano no era la alegría de la huerta, ni tenía Meteosat, pintaba las isobaras con tiza de maestro de escuela y no se andaba por las ramas más de la cuenta. Mariano era un hombre del tiempo ascético, claro y directo, un meteorólogo de los de antes del cambio climático y lo satélites espías, un comunicador modesto y certero que hablaba para ser entendidos. Echo de menos los inviernos que narraba Medina sin tanta literatura, sin tantos paños calientes y sin necesidad de invocar a Protección Civil. Mariano era la biblia con paraguas sin necesidad de dar la brasa durante media hora explicando si el frío es polar o siberiano. Ni falta, porque uno ve el tiempo para saber si tiene que poner bufanda o salir en mangas de camisa, no para licenciarse en meteorología. Vuelve, Medina.

Ladillas

Parece ser que cada vez hay menos ladillas incomodando las partes pudendas del género humano. Lo dicen los médicos y es para alegrarse. La gente se lava, se depila, se cuida, evita compañías de dudosa higiene, y esas providencias han conseguido que las vulgares ladillas vayan camino de ser historia en el ámbito de las enfermedades venéreas. Uno se han enterado de esta noticia leyendo el mismo periódico que detallaba las andanzas financieras de Luis Bárcenas y algunos de sus amigos del PP, Urdangarín y sus socio, los ERES andaluces, o las trapisondas de los Pujol. El avance de la civilización y la medicina nos han librado de algunos parásitos, pero otros se refuerzan, se extienden, se multiplican, y le chupan la sangre al cuerpo social con el mismo afán que las domésticas y pertinaces ladillas hacen o hacían lo propio con el cuerpo humano. El coleóptero Bárcenas y su colonia de ladillas siguen estando en el catálogo de enfermedades venéreas de la democracia, bien agarradas. Cuando los cargos públicos de cualquier ideología tienden a la promiscuidad en busca de dinero rápido y abundante, descuidan la higiene y se alojan en burdeles de carretera que exhiben en sus fachadas siglas de partido político con luces de neón. El resultado es el aumento alarmante de los parásitos sociales en la entrepierna del sistema financiero y político. Hay ladillas de partido político, de secretaría de Estado o de Casa Real. Son unos bichos agresivos, huidizos y muy tragones, provocan enormes picores a todo un país y su erradicación parece imposible. Hasta que no se aplique a los partidos políticos, los parlamentos y otras instituciones el mismo nivel de higiene íntima que se procuran los ciudadanos, las ladillas con cuenta secreta en suiza seguirán alojados en nuestras partes más delicadas y provocando en ellas daños que pueden ser irreparables.

Caras

Acabamos de descubrir que, además de sordo, Goya era algo tacaño o andaba corto de lienzos cuando tuvo que retratar a Jovellanos. Así que como el pintor aragonés y el polígrafo gijonés (qué palabra, por Dios) eran amigos y donde hay confianza da asco, Goya retrató a don Gaspar Melchor sobre la tela en la que ya había pintado la cara de María Teresa de Vallabriga, una señora muy principal de aquella época. Los historiadores del arte y los rayos equis han desvelado el secreto del retrato de Jovellanos el mismo día que los periódicos nos han descubierto que el retrato político de Marino Rajoy está pintado sobre el de Luis Bárcenas, el tesorero del PP que se llevó 22 millones de euros a Suiza y cuatro más a los Estados Unidos. Si usted se fija bien en los carteles electorales de Rajoy, entorna los ojos y raspa un poco, verá que debajo de su mirada huidiza se ve a la perfección el rostro bronceado de Bárcenas, una cara que encaja la del presidente de la misma manera que la de la cuñada de Carlos III sirvió de aposento a los rasgos de Jovellanos. Al correrse la tinta el retrato del líder del PP se va emborronando y, si aún se mira mejor, bajo las caras de Mariano y Bárcenas aparecen sucesivamente las de Cospedal, Aznar, Álvarez-Cascos y sabe Dios cuántas jetas más hasta llegar al gran Manolo Fraga, padre fundador de la saga. Pasa lo mismo en Cataluña, donde la cara de Mas se ha pintado sobre la de Pujol y familia, que seguramente coincidieron con Bárcenas en la cola de algún banco suizo ingresando un millones de euros tras una dura jornada de esquí y alpinismo. Con lo que se va sabiendo en estos días, uno tiene a pensar que las caras de los políticos son como esas postales frikicatólicas de la cara de Cristo en tres dimensiones. Si uno se mueve ante ellas se aprecia cómo cambia de expresión. Si se hace lo mismo ante un cartel del PP puede verse a Bárcenas riendo con cara de conejo, escondido tras la barbilla prominente de Mariano.
Desde las famosas caras de Bélmez este país no había tenido que limpiar tantos borrones en su foto de familia. Con todos estos bandidos y otros más, el bueno de Goya podía pintar una nueva versión de “La familia de Carlos IV”, retrato de una pandilla tan siniestra y corrupta como la España que reflejó aquel cuadro sobre el que, al parecer, siguen algunos pintando nuestra desgraciada historia.