Puente

Antes de ahora, los puentes eran unas sólidas estructuras temporales, unas arquitecturas efímeras pero resistentes que, colgando ingrávidas sobre el rugido del cada vez más caudaloso y creciente río de la recesión, nos permitían atravesar semanas casi enteras a pie enjuto y sin dar golpe. Un puente bien colocado en el calendario laboral, con un ojo laico y otro religioso, con una pata en la Constitución y la otra en la Virgen Santa, nos permitía  disponer de unos días para ponernos camisas de leñador, botas de pocero, colgarnos la Nikon al cuello e ir a aburrirnos a cualquier aldea tan pintoresca como remota, inflarnos a fabada de lata a 18 euros la ración, y hacer fotos a piedras mohosas, ancianas sin dientes y perros durmiendo al sol. Antes de ahora los puentes estaban muy transitados por gentes que escapabamos de una ciudad saturada de turistas para hacer turismo en las ciudades de otros que, a su vez, se habían escapado a una tercera ciudad tras haber saturado nosotros la suya.

Pero ahora, con la que está cayendo, los puentes ya empiezan a servir solamente para meterse a vivir debajo de sus arcos después de haber sido objeto de un sonado desahucio. Ha pasado tanta crisis por debajo de los puentes que no estamos ya en situación de merecer, ni de disfrazarnos de exploradores de lo rural, ni de gastarnos la calderilla que nos va quedando en catar las mieles de algún balneario con puestas de sol, ni de ir a rompernos las piernas en un telesilla o echar una cana al aire en Punta Cana. (¿Este nombre es casual?). Con casi cinco millones de compatriotas haciendo un puente interminable que más bien parece un túnel,  a uno se le arruga el ánimo vacacional hasta quedar reducido a la nada y le da miedo irse de viaje aunque sea llevando de un brazo a la Constitución y del otro a la Inmaculada; a estas damas ya no las respeta nadie, no protegen de nada. Así que este puente me lo pasaré buscando comprador para la mula y el buey de segunda mano que tenía en el Belén y, si me aburro, me asomaré a sus barandillas para ver como la riada sigue subiendo y me lleva por delante antes del próximo puente.

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Discapacitados

La sentencia popular que pronostica eso de que “primero se coge a un mentiroso que a un cojo” deberá ser revisada desde ahora, ya que este fin de semana ha quedado claro que los cojos son capaces de detectar y atrapar mentirosos con una agilidad felina. La manifestación de miles de personas discapacitadas por las calles de Madrid armados a un tiempo de sus amputaciones físicas y su integridad civil, moral y personal, ha sido suficiente ejemplo de cómo hay muchos ciudadanos que no están dispuestos a asumir con resignación alguna convertirse en los escombros de un sistema que paga prótesis de platino a los cojos notables y pone palos en las ruedas de las sillas de ruedas de los minusválidos corrientes.

La indignación que destila lo que se va cocinando en la olla express de la crisis produjo este fin de semana notables milagros. A saber: los ciegos ven con claridad meridiana la estrategia cicatera de don Mariano y su peña; los sordos oyen o leen en los labios de los ministros las mentiras que se les cuentan en los telediarios, y los paralíticos salen a la calle con inusitada presteza a proclamar que, como dijo el poeta, la curativa libertad “hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada”. Los discapacitados de toda especie, ya sean psíquicos, físicos o del tipo que se quiera imaginar, se han hartado de posar en todas las fotos de las campañas electorales con la finalidad de dignificar el discurso mostrenco de algún candidato. Poner unos mongólicos, varios paralíticos, o un grupo de ciegos en los carteles de campaña garantiza votos y genera esperanzas. El problema es que ese mismo candidato que se hizo la foto por indicación de su jefe de prensa, cuando se sienta a gobernar se pasa por el forro todo lo prometido a los pobrecitos minusválidos. Es en ese momento cuando quienes fueron carne de propaganda electoral con flashes pasan a ser pulverizados en la trituradora de los Presupuestos Generales del Estado, hasta convertirse en picadillo de política social, en serrín electoral, en paisaje urbano de limosna.

La manifestación del domingo ha demostrado de largo que los discapacitados son muy capaces y, de paso, ha confirmado que todos estamos en manos de un gobierno incapaz de ponerse en el pellejo de sus ciudadanos, discapacitado en lo esencial y sin rehabilitación posible.

Teles

Una diputada del PP con vocación de dama del ropero de caridad, alma de repartidora de la sopa de los pobres y entrañas secas de institutriz calvinista, se escandalizó el otro día en público y denunció con tono horrorizado y algo nasal de señora bien, las disolutas costumbres de algunos pobres de España que, válganos la caridad, se gastan el subsidio en ¡televisores de plasma!. Uno tiene que plasmar aquí su pasmo ante actitudes tan reprobables por parte de esta gentes, hatajo de desagradecidos, que en vez de gastarse esos dineros en bonos del Tesoro o en acciones preferentes de Bankia, van y lo funden en una tele de plasma para ver a Jorge Javier con toda su pluma y a Matamoros con toda su calva. Así va este país, señoría mía; qué razón tiene usted cuando reprueba estas actitudes tan poco edificantes de la clase de tropa. Ustedes, los que mandan, sí que saben gastarse los cuartos en cosas que merecen la pena, ustedes sí que tienen claras las prioridades presupuestarias. Pero es lo que tienen los pobres, señora diputada, que les da usted veinte pavos y se los gastan en vino, en putas o en televisores y se quedan tan contentos, sin atisbo de mala conciencia ni nada. No hay derecho. A ver si estos palmados aprenden de Goirigolzarri y compañía, que reciben 17.000 millones de euros del Estado para tapar los puros de Bankia y los tíos se los gastan en despedir a 6.000 trabajadores; o de Urdangarín, que se va de copas con el Rey y acaba multiplicando los panes y los peces y tiene ahorros en Suiza. Eso sí que es saber qué hacer con el dinero público, darle un uso productivo, incentivar la economía, ser previsores como la hormiga y no unos manirrotos como estos pobretes que, después de gastar por encima de sus posibilidades, tienen ahora la jeta de querer vivir sin trabajar y, para más inri, ver la tele de plasma con cargo a las arcas del Estado. Menos mal que usted y su partido, señora diputada, han asumido la dura pero necesaria labor al mantener a raya a estas hordas de parásitos, zánganos y pensionistas que han demostrado que para lo único que quieren que se les suba la pensión, se les bajen los impuestos y se les pague el paro es para comprarse un televisor. Qué vergüenza.