Comité

Tenemos la suerte, al parecer, de vivir en  un mundo sano, vitaminado, de dientes blanqueados, un mundo lleno de cuerpos de gimnasio que embellecen  la calle y venderían antes su alma al fisioterapeuta que a Satanás. Los adolescentes aprenden primero a manejar la tabla de los abdominales que la de multiplicar; ser gordo es un pecado, fumar una blasfemia, llegar a viejo es más peligroso para la Seguridad Social que para uno mismo, y es preferible no saber leer que tener patas de gallo. Vivimos en la civilización de la salud obligatoria en la que estamos más dispuestos a perdonar un crimen que una enfermedad. Los delincuentes de guante blanco  salen en la televisión en hora de máxima audiencia porque, pese a estar invadidos por las peores infecciones del alma, ofrecen una saludable apariencia que incentiva los mercados, excita los afanes de compra de las amas de casa, la libido de los caballeros y la imaginación de los publicistas. Los enfermos no son rentables. El Rey cambia de cadera en el tiempo que tarda en repararse un pinchazo, las tetas nuevas se regalan por Navidad y la política se hace a base de votos y de botox. A partes iguales. Se alargan penes, se implantan cabelleras, se hacen juegos de maletas con la piel que sobra de las papadas y se lavan cerebros. Los dietistas y cocineros son los nuevos sofistas de la Academia del Buen Gusto en la que lo mismo se enseña a sobrevivir como un gurú budista a base de una alcachofa diaria, que a chasquear la lengua en busca del retrogusto de la última añada de Ribera del Duero. En medio de tanta perfección, tener SIDA es una vulgaridad engorrosa. Como la cagada de un perro en mitad del green golfista más depilado. Los famosos enseñan sus cabezas solidarias arrasadas por la quimioterapia del cáncer y venden exclusivas en el ¡Hola!, pero nadie quiere perfumar su currículum público con unas gotas de VIH. Las gentes que padecen este drama lento pero seguro ya no tienen ni a Rod Hudson que los ampare. El virus innombrable vuelve a la escombrera informativa, al lado oscuro de esta sociedad lustrosa, musculada e hiperactiva, a la fosa común de los presupuestos del Estado. Sólo por sobrevivir a todo esto después de 25 años de lucha, el Comité Ciudadano Antisida de Asturias merece todo nuestro respeto, aprecio, apoyo y consideración. Ellos y ellas saben que gozan de buena salud. Que sea por muchos años.

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