Animal

Ya pasó el día de la huelga general por lo civil, ya pasó la catársis. Guerra de cifras, cantos de sirena de policía y de gramola de sindicalista, el parado al hoyo y el vivo al bollo. Fue un aperitivo para la huelga legal y de seguimiento masivo  que empezará con el puente de la Constitución y acaba con los Reyes Magos. Las cifras de seguimiento de este paro consensuado lo darán los vendedores de videoconsolas, cava (o champán) y turrón de yema. Se apagan las barricadas y se encienden las luces navideñas. La Navidad empieza a amenazar un año más con anclar a nuestros tobillos de presidiarios sus bolas de colores y lo mejor es retirarse. Hay gente de posibles que se pira al Himalaya; hay quien se esconde con los trapenses, o quien se mete en casa a ver películas de Bing Crosby y comer praliné. Fátima Bañez pondrá un belén de parados que, como las muñecas de Famosa caminan hacia un portal de empleo. Un  servidor descubrió hace años que en Navidad y sus aledaños lo mejor es irse a un zoo y mirar a los ojos de un gorila, de un oso o de un bicho cualquiera. Uno se sienta allí, detrás del cristal, y trata con descaro de sostenerle la mirada al animal. Mientras uno piensa en la cena de Nochebuena, en la huelga, en los desahucios, echa las cuentas de lo que no podrá gastarse este año en juegos cirbernéticos llenos de asesinos a sueldo (al nuestro, mayormente), el gorila, o el oso, que lo mismo me da, me mira mientras pela una rama de bambú, pela un coco o, simplemente, se la pela. Como en Asturias no hay zoo (con ese nombre oficial por lo menos), este año haré otra vez mi peculiar retiro espiritual contemplando a mi perro.  El chucho está liberado de la Navidad, del compromiso social, de la tarjeta de crédito, de una noche en casa de éstos y la otra en casa de los otros, y por eso me mirará con indiferencia. En realidad, yo soy quien vive como en un zoológico y él es libre aunque pasee con una correa al cuello. Cada año me resulta más complicado aguantarle la mirada al perro, al mono o al bicho que sea sin bajar la mía. “Admito que hemos jodido el mundo con tanta evolución”, me apetece admitir en voz alta ante esos seres lúcidos y pacientes, que nos miran con piedad y cierta burla, tal vez pensando en que ellos podrían haber terminado siendo nosotros. Igual esta Nochebuena la paso con el perro. Seguro que, por lo menos, la cena es ligera y no tendré que ver el mensaje del Rey.

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