Difunto

Asomado a una lápida con mi ramo de claveles en la mano me siento solo por parte de padre un año más, y de algunos amigos que liquidaron su cuenta en este hotel antes de tiempo. Cada 1 de noviembre me acodo en el borde de una lápida que tenga el cemento aún fresco y pido a mi barman de la guarda una ración abundante de más allá que mezclo con unos tragos de lágrimas vendimiadas en este valle con forma de embudo. Mis amigos no me olvidan, creo recordar, porque ellos y yo sabemos que  la memoria es el mejor Alzheimer de los vivos para no recordar donde vive la muerte. Por suerte los cementerios abren antes que los bancos, aunque eso será así hasta que los bancos tengan registrados más cadáveres que los enterradores. Van por buen camino.

Tengo que esnifar un par de rayas de vida antes de poder pasearme por el camposanto sin que me entren ganas de quedarme allí. Y me paseo entre nichos soleados con mis claveles en la mano, como el que va a ver la finca bien orientada donde edificará el chalé en el se tomará unas copas con sus recuerdos y, ya borracho, suspirará “de aquí al cielo, corazón”. Los muertos me gritan en silencio que somos polvo,  que lo demás es tierra conquistada y que nuestra hipoteca pasará a la posteridad mejor que nuestra memoria. Los muertos ya no usan zapatos, ni votan, ni van a las rebajas y su única ambición es que la tierra nos sea leve a los que aún caminamos por ella. Es de agradecer. Y allí, frente a un panteón de ángeles caídos, uno piensa que estar vivo no es más que ensayar con calma el papel de difunto, sin saber cuándo  te llamarán a escena para que hagas mutis. Uno vive mientras se muere poco a poco de ganas, de aburrimiento, de miedo, de tabaco, de ansiedad, de copas o de risa, y cada 1 de noviembre se da un garbeo por el cementerio para comprobar que su cuerpo presente aún pasa la ITV y que Dios todavía nos da salud para poder beber. Y con esos cuatro palos armamos el sombrajo para tratar de capear el aguacero desde este lado de la lápida y hasta el año que viene. Y no hay nada que temer: de mayores todos seremos muertos aunque no hayamos estudiado para ello.

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