Dopaje

Si a Lance Armstrong le han quitado sus siete Tours de Francia por correr dopado hasta los piñones y hacer trampa, uno se pregunta si al presidente de un país se le pueden anular sus años de gobierno por tangar a electorado que, al cambio, somos lo mismo que la afición de las cunetas que acude embelesada a las carreras ciclistas. Un ciclista dopado engaña relativamente porque, en realidad sigue dando espectáculo, hay épica, sudor, emoción y vítores aunque se haya metido antes unos tiritos de anabolizantes, o haya hecho unas sesiones de Drácula por vía intravenosa. Armstrong es un deportista tramposo, en efecto, pero se tomó la molestia de entretener, generó mucho dinero y nos hizo creer que los superhombres aún existen. Por el contrario, un político dopado con elevadas dosis de soberbia, autobombo y palmeros a sueldo sólo tiene capacidad para aburrir y encabronar al personal, no suele generar negocio alguno salvo a beneficio propio y protagoniza unos espectáculos muy pobres y aburridos. Por ejemplo ¿qué había fumado Cristobal Montoro para insultar nuestra inteligencia proclamando con voz de elfo que estos Presupuestos Generales del Estado son “los más sociales de la democracia”? ¿Qué se mete Rajoy en el cuerpo cada vez que va a ver a la Merkel y es incapaz de articular palabra ante ella para defendernos a nosotros, a los que le pagamos el sueldo? ¿Qué maldito gurú nutricionista ha dejado a Rubalcaba en tal estado de anemia ideológica, estratégica y programática? ¿O es que ha vuelto a fumar cigarritos de la risa y, como Heidi, se pregunta lo de “por qué en una nube voy”? ¿Bajo la influencia de qué sustancias están estos tipos, unos y otros, cuando proclaman solemnes que hay que recortar lo público cuando muchos de ellos llevan toda su vida viviendo muy bien del dinero público? ¿Qué fármaco es el que les hace obrar con tan poca vergüenza, con ese aplomo que sólo exhiben los atracadores de banco más veteranos y experimentados? Pido que los miles de policías que andan sueltos por Madrid hagan controles antidopaje al final de cada Pleno del Congreso y, si se confirma lo que sospechamos, que los libros de historia de España borren de ellos a toda esta camada de inútiles, tontilocos y fumados que acaban con nuestra salud.

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