Dos mujeres

La actualidad es apabullante, obscena y pegajosa. Cae en tromba cada día sobre nuestras vidas y hace tanto ruido que no deja oír otros crujidos menores, chasquidos de termitero que van pudriendo el suelo bajo nuestros pies, los cimientos de esto que convenimos en llamar sociedad pero que, como bien decía Mafalda, podría llamarse “zoociedad” o directamente suciedad. Entre los abstractos 5 millones de parados y los cientos de miles de inmigrantes anónimos que se quedan sin médico estos días, se escapan historias concretas como la de dos mujeres que aquí en Gijón, al lado de nuestra casa, llevan meses siendo víctimas de explotación, muestras de racismo y agresiones que atentan contra la dignidad más básica. Estas dos mujeres, aquí en Gijón repito, han trabajado en un local hostelero de esta ciudad sin contrato alguno y durante varios cientos de horas más de las que marcaba su presunta jornada laboral. Todo ello sin cobrar un euro, por supuesto. Estas dos mujeres inmigrantes soportaron estas vejaciones hasta muy por encima de sus posibilidades, dispuestas a tragar lo que fuera para llevarse algún dinero a casa o enviarlo a su familia en el extranjero. Así que además de trabajar sin cobrar, escuchar insultos, hacer jornadas propias de esclavas y soportar amenazas y desprecios constantes, debían cambiarse de ropa en una habitación controlada desde el exterior a través de una cámara de video vigilancia. Esta historia podría situarse en Sudáfrica y en tiempos del apartheid, pero ha sucedido en Gijón. Uno ha visto las pruebas y los papeles que acreditan todas las acusaciones y ha sabido que, finalmente, sólo una de las dos mujeres se ha atrevido a denunciar el asunto ante las autoridades laborales y a pedir apoyo legal. La otra no quiso dar ese paso, seguramente porque le resultará difícil fiarse de la justicia en un país donde hay seres humanos de primera y de segunda clase, o porque cree que lo poco que podría cobrar si gana el pleito no le daría ni para pagar el abogado.
Al abrigo de la tromba de noticias con muchos ceros detrás, del río revuelto que propicia la crisis y de la manga ancha con la que siempre se han tratado aquí ciertos chanchullos, hay ratas que aprovechan sin piedad el caos, el miedo y la necesidad para explotar al prójimo tratando de rebañar restos de alguna riqueza parida en la mayor miseria moral y material. Cuando pintaban oros y nos creíamos ricos no queríamos ver a los pobres o a los negros porque no eran de los nuestros. Ahora que pintan bastos y nosotros también emigramos, huimos de ellos porque no queremos ser de los suyos.

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3 pensamientos en “Dos mujeres

  1. di el sitio para no ir,ni pisar el sitio,nunca jamas y divulgarlo,para que se sepa y se le caiga la cara de verguenza y en caso contrario se hable de ello,repito di el sitio y nos haras un facor a todos,a eso se le llama DEMOCRACIA y no lo que dicen que vivimos en ella sin ser verdad

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