Fuego

La semana pasada decidí volver a fumar y dejé de interesarme por la actualidad. Tengo varios amigos que han dejado de leer y, así, tener más tiempo para beber. Son opciones, qué sé yo. Acerca de lo mío, hace varios años que había dejado de fumar para poder pensar con más claridad, para cortar la pérdida de neuronas que eran asesinadas por la nicotina, pero los acontecimientos diarios me han ido dejando claro que es más dañino pensar sobre la realidad que fumar. El tabaco mata, es cierto, pero la actualidad que uno se ve obligado a filtrar a través de su cerebro desde la salida del sol hasta el ocaso mata más rápido y con menos margen para el placer. Hay cigarrillos que se saborean, que son un lujo, un ritual, mientras que la mayor parte de la realidad diaria deja un regusto persistente similar al de chupar una suela de zapato. Además, la actualidad me resulta más adictiva que el tabaco. Yo era un fumador blando, de los que pueden fumar un día sí y tres no, un puro en las bodas y poco más, pero soy incapaz de no aspirar mi dosis diaria de malas noticias, de recesión sin filtro, de economistas que miran las radiografías de la crisis como quien ve un cáncer de pulmón con metástasis. Todos estos meses me ha hecho adicto a las malas noticias, a ese insano placer de esperar el Armagedón en cada boletín horario, la quiebra del sistema y la fusión nuclear de la banca. Consumir todas esas cosas, debo decirlo, me sienta peor que un paquete de rubio americano.

Los médicos dicen que uno no debería fumar en ayunas y, sin embargo, hay que analizar las crisis propias y generales con el estómago vacío. A esas horas ya nos meten en vena las mentiras del gobierno que sea, el plazo de la hipoteca o el exceso de triglicéridos que corre por nuestras arterias. Prefiero volver al cigarrito de después del café y escuchar el canto de los pájaros, el ruido de los coches o las sirenas de la policía. A uno le gustaría poder inhalar la humareda negra del capitalismo y sus mayordomos a través de un filtro adecuado, pero no hay esa opción. Uno puede fumar rubio o negro, sin filtro o emboquillado, y hasta es posible imponerse un límite diario de cigarrillos, pero no de noticias con un índice de alquitrán intolerable. Escribió Gómez de la Serna que el cerebro es un paquete arrugado de ideas que llevamos dentro de la cabeza. Yo creo que mi cerebro está a punto de convertirse en un paquete de tabaco arrugado y vacío a causa de tanto filtrar el Ibex 35. Prefiero la adicción del tabaco a la de los telediarios. Prefiero un mundo en el que haya más fumadores y menos especuladores y pido humildemente que en restaurantes, bares y todo tipo de lugares públicos se reserven espacios libres de idiotas. Pido, por último, la instauración del Día Mundial sin capullos, neoliberales y ladrones con carné. Y que alguien me dé fuego.

 

 

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