Casa

Dicen los técnicos demoscópicos que hay un 12% de personas que nunca salen de casa. Ya sea por evoción,obligación, mutilación o prevención ante el género humano, hay un montón de gente que prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer y transitar por lo segado, ir por la sombra y no llevar más sustos de la cuenta cruzando el amable umbral del portal de su escalera. Lo cierto es que siempre hubo mucha gente sabia y distinguida que prefirió pasar los últimos días de su vida en casa y aún en la cama,un recinto todavía más recoleto,porque sólo entre las sábanas tenía la certeza de estar a salvo de todo mal. Lean al respecto a Juan Carlos Onetti.
Quedarse en casa es una forma de negar la realidad como lo es, por ejemplo, el consumo de alcohol, la obsesión por el Facebook o el onanismo a tiempo completo. Hemos pasado de hacernos pajas a hacernos páginas web. Manchan menos y no requieren conversación  alguna tras el climax. Cuando el mundo real y exterior se hace intransitable, como es el nuestro de ahora mismo, hay que gente que decide drogarse con dosis de papel pintado conocido en su sala de estar, de ginebra en dosis toleradas mientras ve la televisión, o pensar que toda esa gente que pone “me gusta” en Facebook son el millón de amigos que, según cantaba Roberto Carlos, todos quisiéramos tener. Mirar al fondo del pasillo de la propia casa o de la pantalla del ordenador es como quedarse abismado en el fondo de la propia botella. En los tres supuestos se ve lo que se quiere ver y nada más. El territorio es conocido, amable y dominable a voluntad. No hay sorpresas. En el vaso anestesiante lleno de etílico navegan los fantasmas cotidianos que apenas asustan ya, de la misma manera que uno se cruza por el pasillo con los enemigos habituales, los olores a coliflor previstos o las ausencias definitivas. En Facebbok se puede mirar sin ser visto y dar voces en castañeu con la ilusión de creerse un profeta.
La casa con sus botellas y ordenadores es el último refugio de quien no quiere o no puede salir a la calle. La calle es un largo y espeso río en el que nadan toda especie de depredadores a los que uno nunca llega a catalogar del todo y que dan miedo. Cada vez hay más gente que huye de las ratas de dos piernas y sólo se fía del ratón de su ordenador. Por algo será.

Fans

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilustración de Ángel Heredia

Que Foro Asturias no era un partido político sino un club de fans ya se sabía desde el principio, pero faltaba que se viera. Los clubes de fans van bien mientras la estrella a la que idolatran sigue encaramado en los 40 Principales, provoca adhesiones inquebrantables, ataques de histeria y hasta  excitación sexual, pero empiezan a romperse si el ídolo entra en una zona oscura. La dimisión de la concejala de Hacienda, Carmen Alsina, y sus dos asesores más directos es la primera muestra pública de que el club de fans de Cascos administrado en Gijón la diletante y operativa doctora lleva en horas bajas y con la guerra metida en casa más tiempo del que parece. Carmen Alsina ha apelado al latiguillo de las “razones personales” para justificar su deserción, una disculpa que ya no se creen ni los niños de teta cuando se pone en boca de un político (la disculpa, no la teta). Toda decisión se toma por razones personales, cosa distinta es que además sean razones confesables o publicables. Además, es curioso que los tres dimisionarios hayan tenido razones personales para irse. ¿Eran las mismas? Al club de fans de FAC le ha bastado con poco más de un año de poder para darse cuenta de que no es lo mismo gobernar una ciudad que conspirar contra los rojos en las sobremesas del Club de Tenis. Entre los funcionarios municipales de cierto nivel, secretaria general letrada incluida, eran un clamor las desavenencias internas entre los departamentos de Hacienda y Urbanismo, así como la incapacidad de la señora Alsina para hacer valer sus criterios presupuestarios. La alcaldesa no ha podido evitar la ruptura, demostrando que sabe poco de gobernar una ciudad y menos aún de gobernar un grupo político, el verdadero meollo de la actividad municipal. Que se lo pregunte a su antecesora.

Visto que Foro empieza a perder los palos del sombrajo sin que nadie se los empuje salvo ellos mismos, estaría bien saber ahora que va a hacer con los votos del PP la camaleónica Pilipardo, embarcada en una más de sus surrealistas operaciones políticas apoyando a un partido endeble que no ha ganado las elecciones, por cierto, el mismo partido de ese señor Cascos al que ella echó del PP. Lo cierto es que esta ciudad no puede estar gobernada por un club de fans desencantados y a la greña. No se debe permitir que los niños jueguen con las escopetas ni dejar que la política esté en manos de la conjura de los torpes.

Ecce país

El doctor De la Riera, buena persona y amigo a pesar de ser dentista, reclama estos días en Facebook un respeto y menos ensañamiento general para con la octogenaria aragonesa que restauró (¿?) el famoso Ecce Homo de Borja. Dice el doctor, y con razón, que la voluntariosa mujer ha dado la cara y reconocido su error estético. Ella lo hizo por bien, pero una cosa es la realidad y otra son los deseos. Y añade con razón mi amigo el doctor que en este país en el que nadie apechuga con nada, donde todo cristo escurre el bulto, la culpa es viuda y se dice que la vergüenza era verde y la comió un burro, hay que aplaudir el gesto valeroso de esta pobre anciana que confundió su buena intención con los milagros. Puede que la fe mueva montañas, buena mujer, pero por ahora no hacer surgir artistas de un bote de Titanlux. Todo se andará, si Dios quiere. Pero a quien esta señora ha retratado bastante mejor que al Jesucristo azotado, es a una sociedad que huye de los errores propios para ensañarse con los ajenos. El mismo Rajoy, por ejemplo, o cualquiera de sus petulantes ministros, están dejando España y nuestras vidas como un Ecce Homo, una llaceria, pero todavía no les hemos visto salir a pedir disculpas, a poner algún paño caliente, a templar gaitas para que los ánimos no se disparen. Rajoy cogió un retrato desconchado de España prometiendo que él era mucho mejor pintor que ZP, que la restauración sería perfecta y que nos saldría gratis, como la vieja se lo prometió al cura párroco de Borja. La diferencia es que la devota de Dios y de la pintura amateur lo hizo de buena fe y acabó pintando un solemne cagarro, mientras que el maestro Rajoy sabía de sobra que no tenía talento, ni pinceles, ni pintura para restaurar España, pero siguió adelante hasta llegar a donde estamos. Poncio Pilatos era un mandado, un burócrata que pasaba por allí y permitió que Cristo fuera golpeado hasta en el DNI. Después salió al balcón con aquel hombre hecho unos zorros, dijo en latín las palabras mágicas “Ecce Homo” (“he aquí al hombre”) y se lavó las manos mientras el reo era llevado al matadero. Rajoy,  otro burócrata con mando en plaza, hace cada viernes los deberes que le mandan los bancos y Bruselas dejando que nos forren a golpes hasta en el cielo de la boca y por encima de nuestras posibilidades. Luego, el presidente sale al balcón del Telediario, se lava las manos y dice las palabras mágicas “Ecce país”. Me quedo con la anciana pintora.

Fotografía de Poncio Rajoy con Ecce Pais realizada por Angel Heredia

Mara

Imagen

Abrí la puerta buscando respirar y el primer viento pegajoso de la mañana me trajo noticias de tu muerte, Mara. Hay llamadas de teléfono que suenan como campanarios que tocan a muerto y dejan a uno sin brisa por dentro y por fuera. Aparté la silla de una patada, di un manotazo al ratón del ordenador y vomité hacia adentro palabras contra el autor o autores de esta maquinaria absurda, cruel y azarosa que mata a personas como tú y deja hacerse centenarios a tipejos que no llegaron a sacarse nunca el carné de seres humanos. Sabíamos que te ibas, que ya andabas por la vida como quien cruza un río pisando los bordes de las piedras que sobresalen de la corriente, a saltitos entre la salud y la enfermedad, con miedo a un paso en falso que llegaría en algún momento. Luego pensé que, en realidad, todos andamos por la vida pisando piedras medio hundidas sobre las que terminaremos por resbalar para no volver a levantarnos. La única diferencia es saberlo o ignorarlo, Mara, y tu intuías que todo ese trajín de médicos y venenos sanadores era el primer recorrido por un laberinto de difícil salida. Y a pesar de todo y de que la sospecha del final iba ganando terreno, no dejaste nunca de sonreír agradecida a las visitas, de apoyarte en la tutela firme y amorosa de tus amigas y tu familia, de disculpar los errores y las debilidades ajenas, de esperar contra toda esperanza hasta que el proceso de destrucción acabó siendo arrasador. El tiempo mata a nuestros amigos y nos deja en medio de un camino que cada vez es más estrecho y resbaladizo, que cada vez tiene menos señales que nos orienten en la niebla y menos manos que nos aparten del precipicio. El tiempo nos ha dejado sin ti, Mara, sin tus respuestas de Mafalda despistada, frágil y bien intencionada, sin tus cigarrillos imposibles, sin tu ternura hacia nosotros y hacia nuestros hijos, sin una compañera de tertulias a la que hacíamos rabiar porque todo acabaría en risas.

Salgo a la puerta a respirar y pensarte muerta me parece ofenderte, así que ven y quédate a descansar para siempre en nuestra memoria. Un beso de todos y perdón por este artículo que nunca quise escribir.

Valor

El Tribunal Supremo ha rebajado la pena impuesta a un militar maltratador alegando que deben ser tenidas en cuenta las múltiples condecoraciones obtenidas por el guerrero en acto de servicio. Lo más curioso de este alarmante asunto es que el militar en cuestión había ganado las cacareadas medallas en operaciones de paz. O sea que el tipo iba a templar gaitas en Afganistán, a evitar que unos tíos de chilaba matasen a sus mujeres las del burka y a la vuelta de la misión la emprendía a golpes con su señora esposa en este país nuestro tan occidental, democrático, abierto y protector de los débiles. Bonito asunto. Igual es que este señor estaba tenso porque no podía mostrar su valor y su arrojo en operaciones de paz. Los militares en la paz son como los toreros de salón, gentes que se sienten extrañas, sin un lugar en el mundo y fuera de contexto. Ambas llevan el uniforme de adorno y hay veces que el uniforme, los galones y los taconazos terminan recalentar algunas mentes de tipos que son condecorados por pacificar Afganistán y luego le dan una somanta de palos a la compañera sentimental sin quitarse las botas de reglamento. Hacer la paz en la guerra es muy guapo, muy complicado, muy poético, muy digno de medallas, pero no es de recibo que se convierta también un salvoconducto para convertir el salón de casa en un campo de maniobras en el que la mujer es un blanco móvil que recibe los golpes. El soldado maltratador y el juez que quiere perdonarle practican y postulan el mismo tipo de valor mezquino, machista y nauseabundo que deja cada año un rastro inexplicable de mujeres muertas. Un militar que maltrata a su novia o a quien sea pierde cualquier medalla, y un juez que no entiende esto a la primera se esconde detrás de su toga para maltratar nuestras inteligencias y la memoria de todas las mujeres asesinadas. Supongo que a estas alturas del partido ya es muy complicado que determinadas personas entiendan que el valor sin valores no sirve de nada, ni vestido de caqui, ni vestido de negro.

Vuelo

Subió la escalerilla sin muchas ganas porque viajar siempre le daba pereza y madrugar aún más. Presentó su tarjeta en la puerta de entrada y buscó asiento. Había dentro poco pasaje y muy silencioso, casi todos tan dormidos como él y mirando al vacío por las ventanillas, sin ganas de conversación. No había azafatas y el tipo que estaba al mando se limitó a darle los buenos días con pocas ganas y la educación justa. Fue un saludo de “una frialdad acatarrante”, como había oído decir a algún clásico. El viajero no facturó, llevaba una maletilla breve con cuatro cosas, así que cogió plaza de ventanilla y encajó su bolsa entre las piernas mientras esperaba la partida. Los motores subieron de revoluciones como queriendo avisar de su poderío y la lata aquella empezó a moverse como si ya conociera la ruta de memoria. El aire acondicionado estaba regulado a la temperatura que permite a uno viajar sin padecer como un pollo asado ni llegar al destino como un pollo ultracongelado. El fino chorro de fresco artificial, el silencio de los pasajeros, el madrugón sufrido y el ruido ajustado de los motores, casi un zumbido de batidora eléctrica, causaron un efecto inmediato sobre su cuerpo cansado por una mala noche de sueño escaso y calor pegajoso de finales de agosto. Su tarifa era “low cost”, sin azafatas que le distrajeran repartiendo periódicos y paseando ancas poderosas y dentaduras perfectas por el pasillo y con asientos demasiado duros. A causa de lo primero y a pesar de lo segundo el tipo se durmió en cuanto el trasto pilló velocidad de crucero e inició la travesía. Era un viaje de trabajo, tal vez por eso soñó con playas de arena blanca, fiestas hasta el amanecer, mujeres espectaculares a las que encandilaba sin proponérselo, atardeceres rojizos sobre el mar con nubes de aspecto fálico o que recordaban pechos imposibles, y noches de copas de exóticas bebidas rematadas con sombrillitas de papel de colores. Despertó sobresaltado cuando el trasto se paró en seco y él se dio un cabezazo contra la ventanilla. Aún medio dormido oyó una señal acústica familiar y vio el cartelito luminoso de “parada solicitada”. El autobús acababa de detenerse ante la puerta de su oficina. Así aterrizó para comenzar su primer día después de las vacaciones. El vuelo había terminado.

Fuego

La semana pasada decidí volver a fumar y dejé de interesarme por la actualidad. Tengo varios amigos que han dejado de leer y, así, tener más tiempo para beber. Son opciones, qué sé yo. Acerca de lo mío, hace varios años que había dejado de fumar para poder pensar con más claridad, para cortar la pérdida de neuronas que eran asesinadas por la nicotina, pero los acontecimientos diarios me han ido dejando claro que es más dañino pensar sobre la realidad que fumar. El tabaco mata, es cierto, pero la actualidad que uno se ve obligado a filtrar a través de su cerebro desde la salida del sol hasta el ocaso mata más rápido y con menos margen para el placer. Hay cigarrillos que se saborean, que son un lujo, un ritual, mientras que la mayor parte de la realidad diaria deja un regusto persistente similar al de chupar una suela de zapato. Además, la actualidad me resulta más adictiva que el tabaco. Yo era un fumador blando, de los que pueden fumar un día sí y tres no, un puro en las bodas y poco más, pero soy incapaz de no aspirar mi dosis diaria de malas noticias, de recesión sin filtro, de economistas que miran las radiografías de la crisis como quien ve un cáncer de pulmón con metástasis. Todos estos meses me ha hecho adicto a las malas noticias, a ese insano placer de esperar el Armagedón en cada boletín horario, la quiebra del sistema y la fusión nuclear de la banca. Consumir todas esas cosas, debo decirlo, me sienta peor que un paquete de rubio americano.

Los médicos dicen que uno no debería fumar en ayunas y, sin embargo, hay que analizar las crisis propias y generales con el estómago vacío. A esas horas ya nos meten en vena las mentiras del gobierno que sea, el plazo de la hipoteca o el exceso de triglicéridos que corre por nuestras arterias. Prefiero volver al cigarrito de después del café y escuchar el canto de los pájaros, el ruido de los coches o las sirenas de la policía. A uno le gustaría poder inhalar la humareda negra del capitalismo y sus mayordomos a través de un filtro adecuado, pero no hay esa opción. Uno puede fumar rubio o negro, sin filtro o emboquillado, y hasta es posible imponerse un límite diario de cigarrillos, pero no de noticias con un índice de alquitrán intolerable. Escribió Gómez de la Serna que el cerebro es un paquete arrugado de ideas que llevamos dentro de la cabeza. Yo creo que mi cerebro está a punto de convertirse en un paquete de tabaco arrugado y vacío a causa de tanto filtrar el Ibex 35. Prefiero la adicción del tabaco a la de los telediarios. Prefiero un mundo en el que haya más fumadores y menos especuladores y pido humildemente que en restaurantes, bares y todo tipo de lugares públicos se reserven espacios libres de idiotas. Pido, por último, la instauración del Día Mundial sin capullos, neoliberales y ladrones con carné. Y que alguien me dé fuego.

 

 

Asesores

Juro que no sabría qué hacer con seis asesores a mi disposición. Ellos se aburrirían mucho esperando mis órdenes y a mi me darían ataques de ansiedad por no saber qué cosas mandarles. Salvo que se trate de seis de los sabios de Grecia u otros tantos  premios Nobel, me parece excesivo que un solo político de provincias o de donde sea tenga a su disposición seis asesores, asistentes o cómo queramos llamarles. Es posible que alguien con mucho poder y capacidad para tomar decisiones transcendentales para millones de personas, para la humanidad en general, para arreglar el hambre en el mundo o curar el cáncer necesite seis asesores, pero aún así me parecen mucho arroz para un solo pollo. Uno que ha sido asesor durante algún tiempo de más de una docena de políticos a la vez, no es capaz de imaginarse como se las arreglarán media docena de individuos para asesorar a un solo político. Se me escapa algo. En fin, que yo no sabría qué hacer con tantas atenciones a mí alrededor, con seis personas a las que la Administración para que se portasen como si fueran los angelitos que guardan las cuatro (o seis) esquinitas de mi cama. Supongo que una de las cosas que le preguntan a uno cuando aspira a ser diputado es si sabrá manejar a seis asesores para él sólo. Es como si uno quiere ser domador del circo y declara no ser capaz de meterse con seis leones a la vez en una jaula. Supongo también que al diputado de UPyD en la Junta General del Principado, señor Prendes, le habrán dado un curso intensivo sobre esta materia, sobre todo cuando en las condiciones para su acuerdo de investidura con el PSOE su partido político incluyó sustanciales recortes en instituciones regionales so capa de austeridad institucional y demás coplas ya bien conocidas. Siempre se ha dicho que una cosa es predicar y otra dar trigo y, por lo que se ve, UPyD necesita un diputado para predicar ahorro y seis asesores para repartirse el trigo, cada vez más escaso para el resto de la peña. La política y la vida se están haciendo tan complicadas que lo mismo vamos a ver al señor Prendes para que nos deje consultar de vez en cuando a uno de sus seis asesores y que ellos nos ayuden a entender tanta contradicción.

Ojo

Fui bizco durante casi toda mi vida.  Siendo yo niño mis padres insistían en llevarme al oculista para  corregir aquel defecto. Avergonzados, me escondían de las visitas y me dejaban sin paga dominical,  pero yo me negaba a pasar por el quirófano con el único fin de quedarme con la visión única, normal y aburrida del resto de las personas. Ser bizco tenía sus ventajas para ver la televisión, leer tebeos y permitía disponer de más tiempo para memorizar la lista de los reyes godos y la tabla de multiplicar. Siendo ya adolescente mis amigos se mofaban de mi defecto y conseguí casarme in extremis tras convencer a mi novia de que nuestra relación era más robusta y económica, como el dos por uno de un mercadillo: doble amor para una sola persona que, sin proponérselo, conseguía tener ante mis ojos el doble de presencia que ante la mirada de cualquier otro hombre. Eso me hizo irresistible ante ella y por fin conseguí que me mirarse con buenos ojos. Seguí siendo bizco voluntariamente durante toda la edad adulta porque el mundo me parecía un lugar extraño y un tanto irreal, surrealista a mi medida y , además,  esa visión duplicada me permitía distanciarme un tanto de las cosas. A veces iba a dar la mano a la imagen irreal de quien me saludaba, besaba a las señoras donde no estaban, o tropezaba con los cuerpos reales cuando trataba de esquivar al clon visual que me proporcionaba mi estrabismo. Era divertido, todo el mundo lo tomaba por una extravagancia más de mi carácter  y nadie me afeaba la conducta porque, al fin y al cabo, yo era bizco. Al mirarlo todo siempre me encontraba con la versión real y la copia y hasta jugaba conmigo mismo al juego de los siete errores tratando de hallar las diferencias entre las escenas duplicadas que había ante mi vista o, mejor dicho, dentro de ella. Alguna vez llegué a encontrar alguna diferencia entre las dos visiones. Yo era un bizco feliz, con un ángulo de visión amplio y ameno de la realidad. Cuando algo me gustaba mucho tenía la suerte de verlo dos veces, disfrutar doblemente de un paisaje o de una cara hermosa. Si algo me molestaba, por ejemplo un telediario lleno de tragedias o un político mintiendo a voz en cuello, me concentraba en la imagen irreal y me convencía de que aquél tipo o aquella tragedia no existían en realidad. Si la Guardia Civil me paraba por conducir de forma errática yo  paraba ante el agente, sacaba la cabeza por la ventanilla, señalaba con el dedo índice a mi ojo desviado y asunto concluido.
Pero hace meses que he decidido operarme. Ya no soporto la visión doble de Montoro, ni de Rajoy, ni de Intererconomía, ni de caraduras catequizándome. Ahora, ver el doble de nada es sólo observar la nada multiplicada por dos y proyectada hacia un futuro tan vacío como un espejo reflejado en otro hasta el infinito. El Ministerio de Sanidad me ha comunicado que ser bizco hace que vea por encima de mis posibilidades, algo inadmisible en tiempo de austeridad, y me ha anunciado que el próximo recorte ministerial va a costarnos un ojo de la cara. Al menos la operación me saldrá gratis.

Saqueos

Casi el mismo día en que nos enteramos que un directivo bancario podría cobrar hasta 950.000 euros anuales a nuestra costa y que se retirará la ayuda de 400 euros a los post parados, hubo terror en el hipermercado y unos parados andaluces se llevaron los carros con los garbanzos para montar follón. Es triste pedir, señor ministro, pero más triste es saquear. Lo que pasa es que usted, señor ministro, ha sido amaestrado para que su conciencia tolere a un banquero con 600.000 euros de fijo y 350.000 en incentivos, y rechace con gran teatralidad un robo de legumbres ya que, según usted y otros muchos, provoca más alarma social robar en Mercadona que hacerlo en Bankia. Esta España se parece cada vez más a la del Siglo de Oro, plagada de hidalgos arruinados, mendigos desdentados, rateros de medio pelo, aborteras clandestinas, diputados alcahuetes y clases medias naufragadas que cargan a pulso con una aristocracia opulenta y cínica de validos, arzobispos, banqueros estraperlistas y traficantes de ideas caníbales que dictan la moral y la economía mientras se perdonan a sí mismos y condenan a los demás. Si al menos en este Siglo de Oro de pacotilla naciera otro Góngora o algún Quevedo daríamos por bien empleada tanta mugre, pero los sonetos tienen mala entrada en Facebook. Debe uno rechazar el delito y claro que está mal robar en la tienda, pero ¿por qué algunos se compadecen siempre de los mismos delincuentes? ¿Por qué sólo habrá amnistía para quienes roben millones y no para quienes manguen un par de melones? ¡Alarma! que se pasean por ahí los atracadores del arroz vaporizado con la misma impunidad que Iñaki Urdangarín y sus socios van de coro al caño, de la ceca a la Meca y de aquí a Washington. Esto no es un juego. Se empieza asaltando supermercados y luego se vende la democracia por un plato de lentejas, porque cuando un Gobierno quiere salvarnos a todos a costa de cortarnos la cabeza, al personal se la soplan el Parlamento, la Moncloa y la Zarzuela (salvo que sea de mariscos y pague la cuenta Botín).