Mensaka

Mientras los mineros peregrinaban a pie hacia Madrid en busca de futuro, Mariano Rajoy peregrinaba en Audi a Santiago de Compostela en busca de una foto. La quería con obispos esta vez, no con parados, ni con manifestantes, ni con tarados dependientes, ni con esa chusma que vota a cualquiera y protesta porque les dejan en el paro y les hacen pagar las pastillas del reuma. Mientras más de media España espera alguna buena noticia, algún recado del presidente que no suene a bronca, Mariano sólo ha sido capaz de ser el mensajero de la parroquia, el mensaka de Dios, que les hace los recados a domicilio a los arzobispos a cambio de que le sigan apoyando en lo humano y lo divino y de que se hagan fotos con él. Mientras los demás esperamos que nos devuelvan la vida laboral intacta, la cotización a la Seguridad Social rebosante, el IRPF, que el Gobierno reciba a los mineros y bagatelas así, el presidente sólo tiene tiempo para devolver el Códice Calixtino, huir del olor a pólvora minera y envolverse en olor a incienso arzobispal, que es más fino. Mariano fue el mensaka mejor pagado de España, pero en vez de hacer el recado en Vespino, como los mensaka de pata negra, esos currantes de pizza y el tubo de escape libre, él llegó al Obradoiro en coche blindado.

Franco, gallego como Mariano, tenía una enorme querencia por acceder bajo palio a las catedrales dejando clara su designación por la gracia de Dios y la directa relación entre el poder divino y el terrenal. Mariano hizo el domingo algo sospechosamente similar, de un tufo procedente del moho más rancio de nuestra historia, y entró a ver a los purpurados y prelados como un nuevo paladín de la cristiandad, bajo el palio de los guardias antidisturbios que mantenían a raya a cabreados, curiosos y periodistas. Puesto a la elegir destinos de domingo, Mariano Rajoy es muy clásico: misa de doce y fútbol aunque choquen los planetas o rescaten a la banca.  Yo le sugiero, ahora que se dedica a la mensajería, que vaya a Bruselas, a ver a la Merkel y a los banqueros caraduras de siempre y les haga llegar, a modo de códice, las cosas que se dicen en este país, las penas que se sufren en las casas, en los bares y en las colas del paro. Que se de una vuelta por las calles. Y puesto a hacerse fotos, que se las hagan con los bomberos que apagaron el incendio de Valencia, con los mineros o con las putas, esas que, según saben bien los obispos, nos precederán en el reino de los cielos. No llegarán en Audi, pero llegarán.

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