Sin perdón

Vídeo

Hay lunes en los que me apetece entrar en la semana como lo hizo William Munny, aquél asesino trágico que tan bien pintó Cint Eastwood en “Sin Perdón”. Munny llegó al chigre en el que se exponía al público y con pitorreo el cadáver de su amigo, recién torturado y asesinado. Pegó una patada a la puerta, encañonó a todos con su rifle y preguntó: “¿Quién es el dueño de esta pocilga?”. Un tipo flaco levantó la mano y recibió dos tiros después de que otro de los contertulios, definido como “bola de grasa”, fuera indultado in extremis de la ira del pistolero. El sheriff allí presente, un tipejo que podría ser guapamente del PP por su amor al orden, a los recortes  y su afán por joderle la vida a la gente sin retirar la sonrisa de la boca (como Montoro), reprochó a Munny haber disparado contra alguien desarmado. “Pues debió armarse cuando decidió decorar su local con mi amigo”, sentenció por toda respuesta el pistolero para, a continuación, repartir por el local una ensalada de tiros tras la que no quedó títere con cabeza.

Pues bien, esta escena es la que le apetece protagonizar a uno cada inicio de semana cuando la radio ofrece noticias recientes, anunciadas por este Gobierno de alguaciles sonrientes que nos pegan palizas sin límite, abusan de su autoridad y, para colmo, tratan de hacernos creer que nosotros somos los culpables de nuestras desgracias. Yo pondría a raya a estos tipos, los dueños de la pocilga, aunque fueran desarmados (que no lo van porque el BOE es un cañón de gran calibre).  Si aún se consideran indefensos ante nuestra indignación que les apunta a  su suficiencia, que se hubieran armado el día que pensaron decorar  su club social con nuestras pagas extras, nuestra Seguridad Social, nuestros derechos y los de nuestros amigos, las pensiones de nuestros padres y el futuro de nuestros hijos. Ante estos tipos que actúan sin perdón y han convertido nuestra vida en una pocilga asegurando que todo es culpa nuestra, que salen de cacería cada viernes a ver qué se puede rebañar de nuestras miserias restantes, no vale de nada la resignación, ni la comprensión, ni ser una mayoría silenciosa porque para ellos no valen de nada nuestros méritos, nuestra historia, nuestras necesidades, nuestras familias y nuestra vida. Una vez identificados los dueños de la pocilga de cada lunes, sólo me apetece ser William Munny.

Pueden ver aquí la escena. Disfruten.

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Indulto

En una ciudad cuyo perfil urbanístico ha sido destrozado metódicamente por la especulación durante décadas, deberían preservarse como oro en paño los vestigios de lo que fueron sus edificios históricos como se hace, por ejemplo, en San Sebastián o en cualquier ciudad que aspire a tener clase, personalidad y calidad de vida. El Ayuntamiento de Gijón, ciudad con una fachada marítima desgraciada por infames bodrios de hormigón con pretensiones desarrollistas, ha decidido ahora meter la piqueta a un grupo de antiguos edificios de la calle Jovellanos catalogados por su interés histórico. El delito de estos tres viejos caballeros de piedra y ladrillo que han sido capaces de resistir el tiempo, el salitre y hasta una guerra, es el simple hecho de no estar alineados con los demás, de estrechar la acera, un hecho arquitectónico  que a este singular gobierno municipal que presenciamos le parece merecedor de dictar la pena capital para los tres. Al parecer, serán sustituidos por tres marmolillos de ocho pisos de alto, tres bodrios más sin alma para rematar nuestra desastrosa fachada al Cantábrico, un horror consentido durante años para permitir que llenaran sus arcas algunos especuladores muy cercanos por ideología y familia a algunas gentes de esta pulcra derecha que nos gobierna.

Uno ha tenido la suerte de conocer ciudades de la costa atlántica francesa cuyos paseos marítimos y puertos mantienen el mismo aspecto y configuración urbanística que hace siglos. Todo eso después de haber pasado, entre otras cosas, por dos guerras mundiales. Cada vez que paseé por esas ciudades lamenté aún más el caótico aspecto de la fachada marítima de la mía. A partir de ahora voy tener tres razones más para ello si este Ayuntamiento persiste en la lamentable torpeza de hacer demoler tres edificios catalogados. Mandar a base de piqueta, prohibición, recorte o decreto es fácil, como vemos de manera constante por aquí y por allá. Lo difícil es tener imaginación y la conciencia clara de que gobernar en una ciudad implica dejarla mejor de cómo se encontró y eso incluye, por ejemplo, tener capacidad de indulto para alguna de sus exiguas señas de identidad. Si estos señores quieren dejar huella en Gijón que no sea la de un dinosaurio.

Fariseo

Tras leer y escuchar a Ruiz Gallardón hablar de aborto, busca uno en el diccionarlo de la RAE la palabra fariseo y encuentra lo que busca en su segunda acepción: “hombre hipócrita”. El ministro Gallardón, muy ornamentalmente progresista en sus formas hasta que tuvo que ponerse a gobernar con el charol de sus entrañas a la vista, quiere recortar aún más el derecho al aborto, incluso para aquellos casos en los que las deformaciones en el feto garantizan al futuro ser humano una vida de sufrimiento constante e irremediable para él y para su entorno. El fariseísmo del señor ministro es vergonzoso en una España en la que se están perpetrando unos recortes en las políticas sanitarias y asistenciales  sin precedentes en nuestra historia reciente y que dejarán temblando todo lo conseguido hasta la fecha, especialmente para las personas discapacitadas, con enfermedades raras, degenerativas o que requieren cuidados paliativos permanentes. Quiere el señor Gallardón que nazcan todos los niños y se las arreglen como puedan; se lava las manos con su moralidad de meapilas del barrio de Salamanca y deja a los obispos contentos y servidos, además de poner su sitio a tanta feminista infanticida como, al parecer, pulula por este país sin principios. Que nazcan todos los niños, dice el pomposo ministro,  mientras este bondadoso Gobierno que perdona a banqueros y defraudadores reduce al mínimo el dinero para la investigación sanitaria, cierra alas enteras de hospitales, convierte al acceso a las ayudas a la dependencia en un calvario administrativo y arrastra al paro a familias enteras que, por supuesto, atienden a sus seres más débiles sacando recursos de donde no los hay y espantados ante la indiferencia del Gobierno (de este y de casi todos) con sus hijos discapacitados. Y cuando esos padres que hoy son cuidadores a tiempo total y sin cobrar sean también dependientes ¿los cuidará su hijo profundamente discapacitado, o lo hará el Estado esquelético que están dejando Gallardón y su panda? El fariseo, sepulcro blanqueado según Cristo, dice a los demás lo que deben hacer en tono enérgico, seguro de que sus principios son los acertados, hablando con veladas amenazas sobre la presunta inmoralidad ajena, sin caridad, sin justicia, sin saber ni de lejos lo que es la vida real de tantas personas muertas en vida, nacidas solo para conocer la muy dudosa virtud de sufrimiento gratuito, para tranquilizar la conciencia de los hipócritas.

Biografía

Desayunó un vaso de mala leche lleno hasta el borde mientras iba mojando en él muchas malas hostias porque las galletas ya estaban muy caras. El desayuno de los parados y el de los campeones en fracasos es el mismo cuando sube el IVA y la crisis vuela tan bajo que da más sombra que una tumba. Encendió una colilla poco babada que había cazado a bastonazos la noche anterior,  y ojeó un periódico del año pasado para confirmar que el tiempo tenía el mismo efecto sobre la verdad que sobre el pan duro: cuantos más días pasan más intragable hace las dos cosas. Hacía meses que su mujer se había ido a vivir con otro desempleado al que aún le quedaban 22 meses de prestación con seguridad social incluida. Toda una vida. Él se había quedado sin trabajo, sin familia, sin erección, sin elección y sin pensión casi a la vez. Las desgracias nunca vienen solas. Sus hijos vivían en Australia desde hacía años tras haberle devuelto la patria potestad envuelta para regalo en sus respectivas partidas de nacimiento. En su familia también habían hecho un ERE por lo sano y a él lo habían puesto de patitas en la calle con menos de veinte polvos por año, el piso embargado y el coche vendido para comprar gasolina. Cornudo, apaleado y malherido con dos estocadas y vuelta al ruedo, quedó irreconocible hasta para su espejo, arrimado a las tablas con el miedo del animal moribundo. Esto ocurrió poco después de que su jefe hiciera lo propio, sin tomarse la molestia ni de agradecerle los servicios prestados aunque, eso sí, encargando a su secretaria que escribiera dos recomendaciones muy sentidas y cariñosas para Linkedin e Infojobs que a él  le recordaron las anotaciones paternales que los curas del colegio colocaban junto a las notas de cada evaluación, confirmando que el chaval progresaba adecuadamente. Ahora, aquellas reseñas de garrafón colgadas en Internet certificaban su metódico desguace; tras cada entrevista de trabajo veía como naufragaba adecuadamente. Se alimentaba de bocadillos de pan duro con nostalgia y bebía pintas de tristeza negra en los bares donde aún le fiaban a fondo perdido, como cuando aún pagaba sus rondas y las de los demás haciendo algo que luego supo que se llamaba “vivir por encima de sus posibilidades”. Y el fondo ya estaba cerca porque el aire olía alcantarilla y los políticos eran ya sólo administradores concursales de una quiebra general a la que él había llegado poco antes que algunos otros. Por una vez en su vida había ganado. Era mileurista a los cincuenta.

Música

Desde que Lula da Silva colocó al músico Gilberto Gil como ministro de Cultura de Brasil, la costumbre de meter artistas en política parece haberse extendido, aunque tenga sus peligros. Carmen Moriyón, política de vanguardia donde las haya, se subió a este carro de la farsa y colocó al eximio cantautor Carlos Rubiera al frente de la gestión cultural gijonesa. El problema es que los artistas son bohemios y díscolos por naturaleza, dados más a someterse a la indisciplina de las musas que a la disciplina del partido, y pueden salirse por la tangente, cambiar el ritmo y saltarse la partitura cuando les viene en gana. Nuestro don Carlos Rubiera, ese rapaz de cantaba con buena voz lo de “aquella palomina que ta en el correor /tira-i un tiru neña, tira-i un volador”, ha decidido contratarse a sí mismo para abrir con todos los honores el festival del Arco Atlántico inventado por sí mismo para aumentar aún más la enorme cantidad de festivales de tambor, gaita, versolaris, carreras de bueyes y cosa celta que se celebran en todo el Noroeste de España. Y como don Carlos ya no es un folclorista perroflauta en busca de una oportunidad, sino todo un concejal hecho y derecho, aprovecha esta pequeña ventaja que le dan las circunstancias y las urnas para mandar estrenar ni más ni menos que una sinfonía con coros y orquesta, basada en una letra de su puño e idem que tenía guardada en un cajón, al parecer. Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía. El concejal-artista pone letra a sinfonías célticas y se da autobombo, mientras el teatro Jovellanos que él preside (y cuyo despacho no frecuenta) reduce al mínimo sus recursos para promocionar artistas locales, prescinde de la OSIGI y recorta al máximo un programa como “arte en la calle” que permite a los debutantes tener público y darse a conocer. Nada para ellos, todo para el concejal sinfónico. Chin-pún.
Y es que a esta gente Foro siempre le pasa lo mismo: mezclan lo personal con lo político y arman un pan como unas hostias. La alcaldesa quiere seguir siendo cirujana y Rubiera no cede a la pulsión artística ni aún en el escaño municipal. Igual deberían pedirle a Gilberto Gil un cartelito para colgar en el despacho con la conocida leyenda “menos samba y más trabajar” ya que, como siempre recuerda mi santa madre, “el pan con música da cagalera”.

Sobras

Los usuarios del Centro Ocupacional Municipal (COM) han sido trasladados con una presteza que casi fue alevosía, de su soleada sede de Castiello de Bernueces al edificio que ciertos señores vecinos de El Natahoyo se negaron a que fuera ocupado por el Albergue Covadonga. Los usuarios del COM, todos ellos ciudadanos y ciudadanas con discapacidades físicas, psíquicas o de ambas especies y algunos de edad más que madura, fueron trasladados a una velocidad inusual a un edificio sin amueblar, sin rematar, sin apenas limpiar y, desde luego, no apto para ser un centro educativo y educacional, sino asistencial y residencial que era para lo que estaba diseñado. Sólo como ejemplo de lo que supone el cambio, sepan ustedes que las plantas superiores del edificio de El Natahoyo están ocupadas por las habitaciones previstas para los rechazados usuarios del Albergue ¿Qué haremos ahora con ellas? ¿Para qué las quieren los alumnos del COM? Además, la sede de Castiello dispone de un huerto y un invernadero en el que los usuarios realizaban labores de jardinería, muy apreciadas por ellos y útiles para su formación. Tal posibilidad desaparece en su nueva ubicación donde un patio de cemento sustituye a la hermosa carbayera de Castiello, el invernadero y la huerta. ¿Cómo lo solucionaremos? ¿Con unos tiestos a modo de jardines individuales? Tal vez la seráfica doctora Moriyón o su encantadora concejala de Servicios Sociales sepan decirnos las razones de este meteórico y misterioso traslado, realizado sin dar explicación alguna a los alumnos (igual es que alguien los ha tomado por tontos) y sin tener cuenta la opinión de las familias. La chapuza, la improvisación, la falta de criterio y el oscurantismo de esta decisión me parecen sencillamente impresentables. Sin duda el Ayuntamiento ha quedado muy bien cediendo a las discutibles presiones de algunos vecinos del Natahoyo, pero haciéndolo a costa de que un grupo de discapacitados (mi hijo entre ellos) se vea obligado a ocupar un edificio que, hoy por hoy, no reúne condiciones para ser centro educativo y ocupacional. Este gobierno municipal a quien tanto gustan las cenas de caridad y las asociaciones benéficas se ha pasado por el arco de triunfo los derechos de un grupo de ciudadanos con discapacidad a quienes no sólo se les contenta con chocolatadas y visitas navideñas, sino con instalaciones adecuadas a sus necesidades, derechos y deseos. Eso es justicia. Lo demás es caridad o simple desprecio por los débiles a quienes se les dejan las sobras.

Vendidos

Las tiendas de Madrid abrirán las 24 horas del día y los 365 días del año. Pronto lo haremos en toda España porque ya no nos basta con los chinos que duermen bajo el mostrador, o los senegaleses que venden Rolex de plexiglás a cualquier hora. Queremos grandes llanuras comerciales abiertas de sol a sol para salir a la caza de la mejor oferta. Tiendas de 24 horas, pero ¿para comprar qué? ¿No estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades? Los parados sólo miran escaparates, los mendigos estorban la vista del género expuesto y los indignados colocan delante sus tiendas de campaña. Ni comprar, ni mirar. Los funcionarios sin paga extra y sueldo recortado tienen poco para gastar, y los abueletes con pensiones de asco sólo tienen dinero para las farmacias y las ortopedias, negocios que suelen estar siempre de guardia sin necesidad de cambiar la ley comercial. Todo eso es así de miserable, pero da lo mismo. Nuestra exhausta economía se lanza por necesidad a la prostitución horaria de dos por uno y a cualquier hora, en un último intento de no tener que echar el cierre y vender las joyas de la familia. Nuestro comercio de modesto barrio o de calles con alcurnia, aquel comercio de horarios recatados, de tenderos que abrían y cerraban la persiana como relojes suizos, que se peinaban con raya al lado y echaban la cuenta en papel de estraza con el lápiz que llevaban en la oreja, que sabían los vicios, virtudes, manías y preferencias de cada cliente, pasará a mejor vida porque ahora hay gente a la que igual se le antoja comprarse un jersey o una bicicleta a las tres de la madrugada. Nuestra crisis ‘non stop’ quiere redimirse a base de ofertas ‘non stop’, creando un bucle comercial suicida en el que todos estamos en rebajas y facilita que, por fin, los feos puedan hacer los recados por la noche. Lo que uno pide es que si se tiene esta consideración horaria con los adictos a ir de tiendas se tenga también con quienes preferimos ir de bares. Si hay libertad horaria para anestesiarse comprando quincalla en un chino, que la haya también para tomarse unas copas hasta que, acodado en la barra de un bar de guardia, uno pueda vender el alma al diablo, el cuerpo a la ciencia, el cerebro a un guionista de Tele5 y el  hígado a un chatarrero de 24 horas. Todos estamos en venta sin prisa y sin pausa, y con la calderilla que nos den por nuestra dignidad, nuestras ideas, nuestro tiempo, nuestras ilusiones, nuestras virtudes y nuestros pecados, iremos a una tienda de las que abren 24 horas para comprar un bocadillo de calamares o pagar el último plazo de nuestra sepultura.

 

Indiana

Indiana Jones ha cumplido 70 años, una edad en la que incluso los héroes ya están para pocos trotes. Indiana Jones ya es abuelo aunque nosotros nos empeñemos en querer seguir viéndole como un maduro e interesante profesor con una doble vida de ladrón de tumbas, capaz de sobrevivir a todas las trampas, a todos los malos, a todas las chicas. Capaz de redimir nuestras mediocridades. Pero Indiana Jones ya no nos podrá ayudar a buscar el arca perdida porque quienes la han robado la empeñaron para pagar en Bruselas varias rondas de bancos envenenados. Ya no quedan héroes creíbles, sudorosos, llenos de polvo al final de una jornada de persecuciones y puñetazos  y que, de puro cansancio, se duermen en brazos de la chica que intenta la suprema seducción. Indiana ya no nos puede salvar de esta banda de ladrones con corbata de seda que, en vez de quemar libros o profanar reliquias medievales gritando como nazis, se dedican a reventar nuestras cuentas corrientes, a llevarse nuestras jubilaciones, a pisotear nuestros derechos en esos templos malditos llamados mercados y bancos. La última cruzada que nos queda es la de salvar nuestra dignidad de ciudadanos y de electores, la de poner a buen recaudo nuestros votos y nuestras voces, saber usarlos con la certeza de que la pluma puede más que la espada. Indiana es septuagenario pero nosotros seguimos necesitando héroes fuertes, valientes, generosos y sentimentales que, aunque vivan en la fantasía, nos hagan pensar que la realidad no es tan triste, tan gris y tan repetida como esta que nos ha tocado vivir. Doctor Jones, vaya usted al gimnasio, no se jubile aún, monte una academia en la que nos enseñe a manejar el látigo, a imponer respeto sólo con una mirada y el sombrero ladeado, a pilotar un avión o una moto con sidecar para escapar de esta ciénaga llena de caníbales exquisitos que quieren arrancarnos el corazón para ofrecérselo a la diosa Merkel. No nos deje solos, encadenados de pies y manos y picando piedra en esta cueva húmeda; no permita que Montoro  y sus bandidos nos corten la última cuerda del puente colgante, no deje que el mundo quede manejado por vulgares mercaderes. No se jubile, doctor Jones. Necesitamos magia y fantasía. Y venganza.

PSOE

Al PSOE de Gijón la ha salido un grano antes de tiempo. Es lo que le pasa a la piel de los cuerpos humanos y de los cuerpos políticos cuando no se rasca de vez en cuando para renovar las células viejas o muertas. El PSOE de Gijón llevaba navegando 30 años con el piloto automático puesto, sin hacerse un buen “peeling”, ganando los partidos sin bajarse del autobús, pero sin resolver uno de sus problemas de fondo más importantes: la renovación generacional y la búsqueda de una veta de candidatos con futuro, con sustancia. Mientras, iban tirando del fondo de armario con mucho éxito. Tini Areces asumió el papel de locomotora electoral durante 12 años y Paz Felgueroso lo hizo durante otros tantos, los cuatro últimos sin demasiadas ganas, cubriendo más huecos de los que le correspondía y dando la cara por ella misma y por todos sus compañeros, algunos de ellos unos verdaderos atechados bajo el manto de la compasiva regidora. Mientras esto sucedía, nadie en el PSOE se molestó en buscar sangre nueva, caras nuevas, discursos rompedores y gente con ganas porque se pensó que Gijón era Jauja. La cantinela asumida de que se ganarían las elecciones en cualquier caso y sin apenas hacer campaña, se tomó por costumbre hasta que pasó lo que pasó. Y tantas veces fue el cántaro a la fuente, tantas veces se contaron a sí mismos los socialistas el cuento de la lechera, que alguna vez tenía que romper el recipiente. Monseñor Sariego, amante y muñidor de la liturgia del pacto silencioso a base de paquetes de Ducados y horas de teléfono móvil, está viendo como se le descose el muñeco antes de tiempo. Él quería un congreso local por lo suave, sin estridencias, sin prensa canallesca revolviendo, con una sucesión casi monárquica, pero un señor llamado Garmón a quien no tengo el gusto de conocer, ha sacado las patas del tiesto antes de lo previsto para expresar cierto hartazgo larvado en la militancia y ganas de que se enfrente el futuro de una manera distinta. El PSOE de Gijón tiene mucho trabajo pendiente y una necesidad de renovación seria que lleva aplazada durante décadas. Santi 2011, buen profesor y mejor persona, no dio la talla electoral en tiempos de crisis para los del puño y la rosa. Arrastrado por su propia rigidez intelectual y por un partido que aún no ha salido de la perplejidad de ser el derrotado a pesar de ganar, Martínez Argüelles no parece el mejor recambio porque va a seguir sonando a apaño de los de siempre y a más de lo mismo. Garmón levantó la liebre y la carrera ha empezado en una dirección que no debería ser la de siempre. Bien estará si termina bien.

Mensaka

Mientras los mineros peregrinaban a pie hacia Madrid en busca de futuro, Mariano Rajoy peregrinaba en Audi a Santiago de Compostela en busca de una foto. La quería con obispos esta vez, no con parados, ni con manifestantes, ni con tarados dependientes, ni con esa chusma que vota a cualquiera y protesta porque les dejan en el paro y les hacen pagar las pastillas del reuma. Mientras más de media España espera alguna buena noticia, algún recado del presidente que no suene a bronca, Mariano sólo ha sido capaz de ser el mensajero de la parroquia, el mensaka de Dios, que les hace los recados a domicilio a los arzobispos a cambio de que le sigan apoyando en lo humano y lo divino y de que se hagan fotos con él. Mientras los demás esperamos que nos devuelvan la vida laboral intacta, la cotización a la Seguridad Social rebosante, el IRPF, que el Gobierno reciba a los mineros y bagatelas así, el presidente sólo tiene tiempo para devolver el Códice Calixtino, huir del olor a pólvora minera y envolverse en olor a incienso arzobispal, que es más fino. Mariano fue el mensaka mejor pagado de España, pero en vez de hacer el recado en Vespino, como los mensaka de pata negra, esos currantes de pizza y el tubo de escape libre, él llegó al Obradoiro en coche blindado.

Franco, gallego como Mariano, tenía una enorme querencia por acceder bajo palio a las catedrales dejando clara su designación por la gracia de Dios y la directa relación entre el poder divino y el terrenal. Mariano hizo el domingo algo sospechosamente similar, de un tufo procedente del moho más rancio de nuestra historia, y entró a ver a los purpurados y prelados como un nuevo paladín de la cristiandad, bajo el palio de los guardias antidisturbios que mantenían a raya a cabreados, curiosos y periodistas. Puesto a la elegir destinos de domingo, Mariano Rajoy es muy clásico: misa de doce y fútbol aunque choquen los planetas o rescaten a la banca.  Yo le sugiero, ahora que se dedica a la mensajería, que vaya a Bruselas, a ver a la Merkel y a los banqueros caraduras de siempre y les haga llegar, a modo de códice, las cosas que se dicen en este país, las penas que se sufren en las casas, en los bares y en las colas del paro. Que se de una vuelta por las calles. Y puesto a hacerse fotos, que se las hagan con los bomberos que apagaron el incendio de Valencia, con los mineros o con las putas, esas que, según saben bien los obispos, nos precederán en el reino de los cielos. No llegarán en Audi, pero llegarán.