Preciado y la relatividad.*

PRECIADO YLA RELATIVIDAD

 

Manuel Preciado (Astillero, Santander, 1957) es conocido con el apodo de ‘Einstein’ en algún foro deportivo. Cabe suponer que su aspecto físico, canas y bigote incluidos, recuerdan al científico para el que, según la versión chusca, todo era relativo. Pero además del bigote y las canas, Manuel Preciado parece haber hecho de la relatividad, de la más vital y la más práctica, la filosofía de su vida. Oír hablar a Preciado antes o después de un partido es una mezcla de relatividad, sentido común, sinceridad en estado puro, un toque de chulería que encandila a la audiencia y una generosa dosis de filosofía adquirida en los campos de fútbol y las batallas de la vida.

Alguien que a los 52 años ha quedado viudo, primero, y perdido a un hijo, después, alguien que en 90 minutos se gana la gloria o se convierte en escoria mediática, ha de ser un convencido practicante de la relatividad, que no es lo mismo que la resignación. Preciado ha elaborado su propia fórmula sobre el movimiento de los cuerpos con o sin gravedad. Al fin y al cabo, la vida puede caer dentro o fuera del área, la vida puede llevar a la gloria más dulce o al sufrimiento más atroz sin que nadie nos haya explicado qué ley de la gravedad o qué azar determinan la suerte o la desgracia. Y el balón, como la vida, es un juguete en manos de la misma misteriosa ley. Puede dar suerte o desgracia sin que nadie sea capaz de controlar las fuerzas que rigen ese azar. Manolo Preciado es un filósofo de la relatividad de la vida y del fútbol, un tipo claro y directo que tiene a su favor una sinceridad brutal, muy alejada del amaneramiento de los “grandes” o de la vulgaridad chusquera y despectiva de alguno de sus colegas.

Preciado iba para médico y acabó futbolista. Pasó por todas la categorías hasta sentar cátedra como entrenador. Se nota que se ha buscado la vida en su forma de hablar de los jugadores, de respetar el trabajo que hacen, de contarse como uno más sin por ello perder su autoridad.

Desayuna huevos revueltos, pan con aceite, zumo y café en la terraza de uno de los bares que hay en su barrio. Soporta con idéntico estoicismo y sin divismo alguno tanto los ánimos de los viandantes que se acercan a él, como los comentarios torcidos que alguno entona en voz alta para ser oído. Pero Preciado mantiene la flema de filósofo que iba para médico y trabaja ahora como fino analista de la relatividad que se ofrece a diario como espectáculo gratuito en la vida y en el fútbol. Él trata de domarla, pero su historia le ha enseñado que el área técnica se hace cada vez más pequeña según pasan los años y que hay leyes que sólo son controladas por el azar.

Preciado habla con la voz rota de quien le ha pegado gritos a la vida y al fútbol en busca de la mejor estrategia, de la mejor jugada, del mejor gol. No siempre lo ha conseguido, pero sigue en la brecha. Es la voz de la experiencia con una entonación cazallera y humana que lo mismo sirve para la épica que para la lírica, dos de los ingredientes que, sin avisar, asoman en el fútbol y en la vida de imprevisto. Tanto si la grada está a favor como si está en contra, tanto si vienen bien dadas como si te cae un marrón en forma de muerte imprevista, de goleada injusta o de rumor periodístico maloliente, el profesor Preciado se mantiene pegado a la relatividad del fútbol y de la vida, la única táctica segura para no perder nunca la categoría. Ni la deportiva, ni la personal.

 

*Perfil publicado en el diario El Comercio. Mayo de 2010

Anuncios

Tío PP

Ayer soñé que el cartel luminoso de “Tío Pepe” que van a quitar en la Puerta del Sol era sustituido por uno que ponía “Tío del PP” y que en vez de una alegórica botella con chaquetilla y sombrero cordobés, en el luminoso exhibía su talle Mariano Rajoy, talle flamenco donde los haya, con el siguiente aviso del Ministerio de Sanidad: “el consumo irresponsable de ‘Tío del PP’ genera graves daños en la salud, pero a nosotros nos da lo mismo”. El nuevo luminoso era inaugurado por Esperanza Aguirre que, vestida de falangista, avanzó sobre una alfombra roja confeccionada con tiendas de campaña de los indignados del 15-M. Me levanté convencido de que mi sueño se había terminado y corrí al bar a pedir una copa del ‘Tío del PP’. Por probar. El camarero era un tipo clavado a Montoro que, con su voz de gnomo y mientras repasaba la barra, me advirtió de que es mejor tomar cerveza alemana, vino de Burdeos, ginebra inglesa o güisqui escocés, que son unas bebidas con más cuerpo. El barman montoresco (o montorizado, cómo se diga) miró a ambos lados como quien va a contar un secreto, bajó la voz y me confesó que “a nosotros no nos queda más remedio que promocionarlo, pero esto del “Tío del PP” es de garrafón, le faltan años de reposo en barrica, ahora es pura química, amigo, y deja unas resacas mortales”, confesó. Es mejor el anís de Guindos”. Como soy incorregible trasegué un par de botellas del tal bebedizo y, ya borracho, me metí en un taxi lleno de pegatinas de “Tío del PP”, eso que ahora se llama esponsorizar. Horrorizado, observé que el coche de punto iba conducido por Carlos Dívar. “¿A Puerto Banús, chato?”, me preguntó mientras me lanzaba una mirada turbia y me guiñaba un ojo por el retrovisor. A mi lado, en el asiento de atrás, un tal Rodrigo Rastro trataba de colocarme unas acciones caducadas. Él también había bebido lo suyo y lo de los demás. Insaciable este hijo adoptivo de Gijón.
Nada más despertar salí corriendo a firmar un manifiesto para que el anuncio de Tío Pepe no desaparezca nunca de su sitio.

Programación

Como afirmó Woody Allen hace décadas en uno de sus raptos de optimismo cósmico, “en Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión”.  Uno cree que en España estamos ya maduros para plantearnos este punto de la cuestión mediática. Producimos una realidad-basura que crece de manera exponencial y cuyo único destino digno es la televisión. Aquí dejo algunas propuestas de programas basados en la vida real por si algún magnate de telecomunicación quiere aprovecharlas. Pagando, claro.

“Españoles en el paro”. Secuela de “españoles en el mundo”, “asturianos en el mundo”, “murcianos en el mundo”, o “lagarteranas en el mundo”. El reality contaría son casi 5 millones de personajes que trabajarían gratis para que no les quiten el subsidio (si lo tienen). El share sería altísimo si tenemos en cuenta la gran cantidad de público potencial que, entre protagonistas directos y familias completas, querrían verse en la tele.

“Un país en los cajeros”. Revisión de la saga labordetiana “un país en la mochila” en la que se recorren los cajeros automáticos en los que pasan la noche miles de nacionales y foráneos. Se enseñarán trucos para aprovechar los embalajes de neveras y como evitar ataques neonazis.

“Sálvame”. Una tarde con los menesterosos en las colas de los roperos de Cáritas, los comedores parroquiales y las asociaciones de caridad. Mandando un sms con la frase “Es triste pedir” los telespectadores entrarán en el sorteo de un abono semanal en la Cocina Económica.

“Sálvame de Luxe”. Una tarde en una reunión del Consejo de Ministros viendo cómo el Gobierno exonera a banqueros corruptos y políticos trincones de cualquier responsabilidad en sus robos y tropelías. La serie se abre con un especial Bankia en el que Jorge Javier y Belén Esteban entrevistan a Rodrigo Rato.

“Salvados”. Intereconomía emite este coloquio moderado por Francisco Camps en el que toman parte cacos de todas las procedencias y filiaciones a quien no hubo manera de meterles mano aunque se lo llevaron crudo.

“La mierda en casa”. Versión  gamberra de la popular teletienda en la que se pondrán a la venta a precios de saldo programas políticos incumplidos de manera contumaz. Esta semana, gran oferta en “Digodiegos de don Mariano”, una golosina con cierto olor a podrido.

“Gran Germano”. Pasamos 24 horas al día en el interior la Comisión Europea bajo el ojo escrutador e implacable de Alemania que impide a los comisarios hacer manitas con el déficit o comerle la oreja a la prima de riesgo. Dirige y presenta Ángela Merkel.

“Callejeros, peseteros y viajeros”. Acompañamos a Suiza y la islas Caimán a un grupo de “desinversores” que ponen su dinero a buen recaudo de la Hacienda española.

Sinvergüenzas

No sé si los sinvergüenzas estaban antes escondidos, si se lo montaban con más discreción o si uno no era capaz de verlos con la cegadora claridad que los ve en la actualidad. Lo cierto es que ahora es casi tan fácil pisar una mierda de perro como a uno de estos tipos. Es más, uno casi prefiere pisar la mierda. Escuché el jueves la monacal rueda de prensa (sic), casi rayana en la homilía, del magistral magistrado Carlos Dívar, juez de jueces, luz de luz, herencia de Zapatero (por cierto) jeta de jetas, en la que con tono de santidad herida, de virginidad moral mancillada, nos explicaba a nosotros, los idiotas, que cuando una autoridad de su rango viaja por razón de lo que sea, no se va a alojar en la Fonda del Peine, córcholis; ha de hacerlo en chabolas de cuatro estrellas para arriba, eso sí, muy apañadas de precio. Sobre todo para quien no las paga. Fue muy ‘díver’ escuchar a Dívar porque de todos los caraduras que se han paseado por los telediarios este ha sido uno de los más echados para adelante (en el estricto sentido), dignísimo tribuno, algo amenazador, con un orgullo de casta diva propio de culebrón, y poseedor de un discurso que podría encuadrarse en el género de la filípica ciceroniana del tipo de “¿hasta cuándo crees, plebe ignorante, que vas a abusar de la paciencia de alguien tan importante y virtuoso como yo?”. También estuvo muy bien, para romperse el pecho de risa, la frase del juezón en la que aseguró que hace esos viajes para “tomar contacto con la realidad del momento”. No sabemos quién pone a este individuo mirando para la realidad cuando va a Puerto Banús, pero lo que tenemos claro en esta parte de la realidad es que a nosotros nos sale bastante más barata la toma de contacto con los hechos del momento. Tal vez deberíamos abrir una suscripción popular para, además de pagar los agujeros de Bankia y los de Carlos Dívar, poner en un anuncio en los periódicos del mundo con el siguiente texto. “Se regala país por no poder atenderlo. Ni entenderlo. Informes: nosotros. Abstenerse sinvergüenzas”.