Hormiguero

La seráfica y humanitaria doctora Moriyón presumía de haber llegado a la Alcaldía de Gijón a lomos de un metafórico hormiguero de militantes como soporte vital y político. Ahora, un año después de esa pírrica victoria, más conseguida en los despachos que en las urnas, la alcaldesa une a su laborioso hormiguero una contundente hormigonera en la que se mezclan acusaciones provenientes de sus antiguos socios, algo cabreados por los métodos éticos de la doctora. No sabemos aún si las acusaciones que dan vueltas en esa hormigonera forista acabarán por fraguar, proporcionando a la regidora unos zapatos de hormigón a su medida, o si, por el contrario, serán leves salpicaduras. Como es obligatorio presuponer la inocencia de todo el mundo, no se prejuzgarán aquí los negocios de la señora Moriyón. Inocencia y decencia, virtudes ambas que se esperan y desean en el proceder de quienes gobiernan, quedan a expensas de lo que digan los jueces. Lo que un servidor no puede dejar pasar sin comentarios es esa extraña imagen de la alcaldesa usando unas dependencias municipales (el muy solemne salón de recepciones) para dar explicaciones sobre los dimes y diretes que circulan en los tribunales sobre sus actividades particulares. El Ayuntamiento está defender asuntos políticos, mociones o presupuestos, no para explicar los problemas que uno tiene en la comunidad de vecinos o con los socios de antiguos negocios. Puestos a mezclar lo público y los privado hasta el absurdo, pensemos en un concejal poniendo un anuncio en la web municipal para vender un coche de segunda mano.
Por torpeza, asesoramiento inadecuado (o no), confusión, concepto patrimonial del poder, o buscando de manera muy calculada solemnizar lo vulgar (táchese lo que no proceda), doña Carmen convocó a los periodistas bajo la protección consistorial en vez de hacerlo en el despacho de su abogado personal, en la sede del partido al que representa, o en una cafetería. Los alcaldes, según tesis de la propia regidora de Gijón, tienen derecho a mantener su privada y profesional aunque se dediquen a lo público con dedicación exclusiva. Aceptado esto a duras penas, deberíamos aceptar también que los problemas, pleitos y otras circunstancias derivadas de esa actividad personal se separen de lo público y se ventilen lejos del despacho oficial para evitar que se mezclen en la hormigonera y pongan en cuestión a la misma reina madre del hormiguero.

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