Cajero

El cajero automático me tomó ayer las huellas dactilares y me pidió tres fotos de carné, la partida de bautismo, una fe de vida y un certificado de penales. Todo eso para sacar 30 euros de nada. Además, me cobró una comisión de 0.50 céntimos. Están los tiempos para pensarse muy mucho si hay que echarse cuerpo a tierra o hay que echarse al monte con el trabuco o la recortada, a ver qué pasa. Hay que pensar si dejarse matar o pasarse a la clandestinidad montuna y asilvestrada, dejar de ser tan buenos ciudadanos, tan resignados, tan futboleros, tan tenistas, tan expertos en Fórmula 1, tan crédulos. Igual merece más la pena empezar a vivir en “b”, hacerlo todo en negro, sin que lo vean todos esos rescatadores que vienen a desollarnos sin tomarse la molestia de anestesiarnos antes. Estos tiempos en los que el cajero automático es un dictador impune (como casi todos), la nevera es la tumba del nuestro salario criogenizado y la cama es una trinchera de la que no apetece salir nunca más, son tiempos inmejorables para prestidigitadores y sadomasoquistas como dijo el poeta, mientras los de siempre, vaya tropa, apretamos el culo y el cinturón y vemos como nos vuelven a robar el bocadillo en el recreo. Para calmarnos los ánimos y evitarnos otra úlcera,  Mariano Rajoy eligió el domingo la hora del Ángelus para predicar su incompetencia, su arrogancia y su mediocridad, para ejercer de arzobispo apócrifo antes de irse al fútbol. Como un subproducto de los Hermanos Marx, Mariano fingió ser el presidente de Freedonia, imitó sin gracia a Rufus T. Firefly hablando como si tuviera la boca llena de sopa de ganso,  y trató de convencernos con cancamusas y recancamusas de que todo está controlado gracias a él. Lo que no cuenta Mariano (aunque lo sabe)  es que en estos tiempos quien gobierna, en realidad, es el cajero automático. Mariano no es nadie al lado de ese robot que gana medio euro por cada vez que nos dejar retirar un poco de lo poco que queda de nuestro dinero. Mariano es, como mucho, un presidente automático con pinta de cajero de supermercado que maneja mal la caja registradora.

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