Necedades

La sabiduría popular nos ha enseñado que sólo el necio confunde valor y precio y nos recomienda no caer en ese error tan común de pensar que las cifras lo explican todo, que todo se aclara poniendo etiquetas con precios. Me ha venido este asunto a la cabeza leyendo que la alcaldesa de Gijón se defiende (por así decirlo) asegurando que ahora gana 3.200 euros al mes y que aún ganaba más siendo cirujana. A un servidor le resulta indiferente lo que le pagaban a esta señora cuando se dedicaba a la medicina, ya que mis relaciones con ella (por así llamarlas) son de ciudadano gobernado y no de paciente operado. Mis impuestos le pagan por gobernar, no por extirpar. De nuevo la amable doctora mezcla sus asuntos públicos con los privados, estrategia que hasta la fecha le ha dado bastantes disgustos. No sé si al comparar salarios mediante agravios comparativos, la regidora quiere decirnos que está haciendo un enorme sacrifico por la ciudadanía siendo alcaldesa y no cirujana, o que con lo que le pagamos al mes ya está haciendo bastante, o que si le subimos el sueldo gobernará mejor. El precio que Gijón paga por esta alcaldesa no debe ser nunca confundido con el valor de su trabajo, que está por ver. Un alcalde no es un fontanero (más quisiera alguno) ni un mecánico de coches a quienes se puede afear su conducta por cobrar mucho y trabajar mal. El valor y el precio de un político son dos cosas distintas, no seamos necios, y deben ponderarse en su justa medida, Uno está harto de oir que tal o cual ministro, presidente, o jefazo de una empresa pública ganaría más estando en la empresa privada. Es un cuento muy viejo, demagógico y triste si tenemos en cuenta los sueldos que la mayor parte de la población gana, tanto en las empresas públicas como en las privadas. Hay alcaldes que pueden salir carísimos ganando mil euros al mes y otros que son un chollo cobrando el triple. La doctora debería centrarse en su trabajo público si es que tiene vocación para él. Si no que vuelva al otro que, además, estaba mejor pagado. Al parecer.

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Tutela

A España le vendría bien un régimen de custodia compartida para tranquilizarse, como a los niños de padres separados, pero este está siendo un divorcio muy duro y por eso a los españoles se nos  está agriando el carácter y ya nos miran como a los alumnos más conflictivos del patio europeo. Los españoles nos sentimos abandonados. Nuestros padres parlamentarios ya han tirado la toalla porque dicen no poder hacer carrera de nosotros: nos echan en cara ser díscolos, gastizos y protestones. Todo porque queremos llegar a fin de mes, matricularnos en la universidad, tener las minas y los astilleros abiertos y no pagar las aspirinas. Qué familia, qué caprichosos. Además, las maternales ubres bancarias que nos dieron de mamar créditos hipotecarios de interés variable y a plazos tan masticables como un potito Bledine, se han quedado secas. No hemos terminado de crecer y nuestros padres y nuestras madres nos dicen que ya no hay dinero para comprarnos ropa de nuestra talla.

 Los padres de la patria no se entienden con los hijos de la tierra que, cada día que pasa, se encierran en su habitación como adolescentes enfurruñados con tal de no ver el telediario y escuchar a los mayores discutir entre ellos y quitarles la paga de fin de semana porque no son capaces de ponerse de acuerdo ni en las visitas de fin de semana. De a pensión alimenticia, ni hablamos.

España es una jovencita con dolor de ovarios en Gibraltar, una espinilla a medio reventar en Euskadi, unas calenturas en Cataluña y unas tías abuelas que viven en Bruselas y se niegan a repartir la herencia en vida, y a soltar el aguinaldo. Son unas solteronas amargadas y tacañas con las que la quieren mandar a vivir mientras no haya un acuerdo de divorcio que ponga a salvo su futuro. Pero sus padres de la patria se han escapado con unas primas de riesgo bastante putas y la banca maternal que le dio la teta desarrollista, quiere fugarse con el primer chulo que le pague sus deudas y sus juergas. Así que no habrá custodia compartida para tí. Querida España, tus papis ya no te quieren. Hazte una minifalda con tu piel de toro y vete a hacer la calle. Es lo que te queda.

Sordos

Gobernados como estamos por gentes cuya seña de identidad es destruir lo que otros habían construido, no extraña demasiado leer que el teatro Jovellanos vaya a prescindir de la Orquesta Sinfónica de Gijón. El concepto de la cultura autóctona que predican nuestros gobernantes foristas sólo engloba, al parecer, a la gaita, el tambor, la tonada, la madreña y la castañuela, todas ellas excelentes expresiones musicales. Por lo que se ve, no se consideran igual de autóctonos los directores de orquesta, los violinistas, los clarinetistas o los solistas de cualquier instrumento nacidos en Gijón. Y no se considera rentable que una ciudad que aspira a tener sus propias señas de identidad culturales se permita el lujo de prescindir de una orquesta propia que, dicho sea de paso, tiene un alto nivel de calidad a juicio de solistas internacionales que han actuado con ella y de quienes la han escuchado. No es rentable una orquesta, claro, a dónde va a parar, pero bien que se nos llena la boca hablando de los ímprobos esfuerzos públicos en la promoción de la cultura. ¿TauroMotor en la plaza de toros, con go-gos que enseñan el culo, simpáticos de chigre y bomberos-toreros es la gran apuesta cultural del verano? No es rentable tampoco una biblioteca, una banda de música, un dispensario, una guardería, un festival de cine, o una banda de gaiteros. La “derecha de pérgola y club de tenis”, según redonda expresión de Juan Marsé, que tanto disfruta luciendo sus galas en la ópera de Oviedo, no tiene empacho en prescindir de una orquesta sinfónica parida y criada en esta ciudad llamada Gijón, con músicos de altísimo nivel, y currículo impecable. Y puestos a comparar, no sé lo rentables que son, por ejemplo, las corridas de toros, ni siento por ellas la mínima simpatía, pero me parecería una falta de tacto que el ilustrísimo Ayuntamiento se cargase la Feria taurina de Begoña o, como en Barcelona, se prohibieran los toros. O ¿qué rentabilidad tiene cortar el tráfico para ver procesiones de Semana Santa? Que las hagan en las Mestas. Menudo escándalo se armaría en esta ciudad, por el amor de Dios. Si se desguaza una orquesta no pasa nada, serán todos del PSOE: vagos, rojos y vividores. Este Ayuntamiento sólo oye y habla en FAC mayor, es el único tono que escucha, emitido a golpes de silbato desde su cuartel general. No hay peor sordo que el que no quiere oír.

Hormiguero

La seráfica y humanitaria doctora Moriyón presumía de haber llegado a la Alcaldía de Gijón a lomos de un metafórico hormiguero de militantes como soporte vital y político. Ahora, un año después de esa pírrica victoria, más conseguida en los despachos que en las urnas, la alcaldesa une a su laborioso hormiguero una contundente hormigonera en la que se mezclan acusaciones provenientes de sus antiguos socios, algo cabreados por los métodos éticos de la doctora. No sabemos aún si las acusaciones que dan vueltas en esa hormigonera forista acabarán por fraguar, proporcionando a la regidora unos zapatos de hormigón a su medida, o si, por el contrario, serán leves salpicaduras. Como es obligatorio presuponer la inocencia de todo el mundo, no se prejuzgarán aquí los negocios de la señora Moriyón. Inocencia y decencia, virtudes ambas que se esperan y desean en el proceder de quienes gobiernan, quedan a expensas de lo que digan los jueces. Lo que un servidor no puede dejar pasar sin comentarios es esa extraña imagen de la alcaldesa usando unas dependencias municipales (el muy solemne salón de recepciones) para dar explicaciones sobre los dimes y diretes que circulan en los tribunales sobre sus actividades particulares. El Ayuntamiento está defender asuntos políticos, mociones o presupuestos, no para explicar los problemas que uno tiene en la comunidad de vecinos o con los socios de antiguos negocios. Puestos a mezclar lo público y los privado hasta el absurdo, pensemos en un concejal poniendo un anuncio en la web municipal para vender un coche de segunda mano.
Por torpeza, asesoramiento inadecuado (o no), confusión, concepto patrimonial del poder, o buscando de manera muy calculada solemnizar lo vulgar (táchese lo que no proceda), doña Carmen convocó a los periodistas bajo la protección consistorial en vez de hacerlo en el despacho de su abogado personal, en la sede del partido al que representa, o en una cafetería. Los alcaldes, según tesis de la propia regidora de Gijón, tienen derecho a mantener su privada y profesional aunque se dediquen a lo público con dedicación exclusiva. Aceptado esto a duras penas, deberíamos aceptar también que los problemas, pleitos y otras circunstancias derivadas de esa actividad personal se separen de lo público y se ventilen lejos del despacho oficial para evitar que se mezclen en la hormigonera y pongan en cuestión a la misma reina madre del hormiguero.

Lluvia

Un amigo tiene la teoría de que cada año tiene limitados sus días de buen tiempo y que, una vez que se terminan, ya no hay nada que hacer. Da lo mismo que hayamos gastado los días de sol en enero, en febrero o en diciembre. Si una vez llegado el verano no hay disponibilidad de jornadas de buen tiempo, da lo mismo que el calendario marque junio, julio o agosto porque estará nublado o lloverá. Es posible que hasta la meteorología esté aplicando la doctrina Merkel sobre el ahorro, la austeridad y el adecuado uso de los bienes. Eso pensaba uno ayer por la tarde mientras veía llover y escribía estas líneas. Crisis en las bolsas, crisis en las nubes, charcos en las aceras, charcos en nuestras cuentas, goteras en el tejado del estado del bienestar y hasta en la caseta del perro. No se puede derrochar el disfrute del buen tiempo porque luego lloverá en junio, parece querer decirnos el cielo, con un tono de reproche muy parecido al que usa la primera ministra germánica cuando preside las reuniones de la UE. El sentimiento de culpabilidad que nos ha creado la repetición machacona de que somos los culpables de la crisis por aquello de “vivir por encima de nuestras posibilidades”, se acabará por trasladar al resto de las cosas de la vida que salen mal. Si llueve en junio será porque hemos gastado el remanente de días buenos antes de tiempo. Ya habrá quien nos los eche en cara. Yo nunca he entendido bien el funcionamiento de la atmósfera, tampoco el de la bolsa, ni mucho menos el de las agencias de calificación que, al cambio, vienen a ser como los hombres del tiempo que pronostican lo que les da la gana y, al final, nadie les puede reclamar nada porque nos replicarán que en cuestiones de dinero y de nubes no hay una ciencia exacta. En eso los economistas se parecen bastante a las pitonisas. La meteorología y la economía pueden jodernos la vida o todo un fin de semana y, encima, dejarnos con una sensación de impotencia y culpabilidad por manirrotos, por querer estar todo el año morenos o empeñarnos en cambiar de coche cuando nos viene en gana. No descarten ustedes que el Gobierno nos pida cuentas por el mal tiempo y la caída del mercado turístico. El Gobierno tiene mucha habilidad para echarnos la culpa de todo a los ciudadanos. Si siguen cayendo chuzos del cielo y del IBEX 35 tendremos que pedir más de un rescate y arreglárnoslas como podamos porque Mariano Rajoy se habrá ido el fútbol. Aunque llueva.

Atrapados

Los lunes son de hierro, los martes son de plomo, los miércoles son de corcho; los jueves, de goma, los viernes, de plumón cómodo de ganso, los sábados son inmateriales y los domingos son fiestas de guardar. De guardar cama y de guardar las distancias con el mundo y hasta con uno mismo. Eso era antes, cuando el tiempo era una unidad de medida independiente. Ahora no lo es. La semana que empieza es el porvenir por el que esperábamos la semana pasada, pero resulta que este presunto futuro de lunes se parece tanto al pasado que casi hace que uno se olvide de lo que es el presente. Al final, el tiempo está siendo  medido por la prima de riesgo, por los gestos de los banqueros, por las reformas laborales, por los ERES, por nuestros ataques de ansiedad, los sudores nocturnos, el precio de la gasolina y los goles de la selección. Ya no quedaremos con la gente a las cinco para el té o a las dos para el vermú. Diremos “te veo cuando baje el diesel a 1,245 euros”, o “quedamos cuando la prima de riesgo llegue a 600, no te retrases”, o “haremos el amor cuando Rajoy diga una verdad”. Los relojes dejarán de tener sentido porque el tiempo se ha convertido en un bucle que se muerde la cola desde que empieza la bolsa de Tokio hasta que cierra la de Nueva York. El tiempo es una brújula que desorienta porque está gobernada por un magnetismo enloquecido en el que no hay principio ni fin, ni lunes, ni viernes, ni domingos, ni orden. Todo es una cinta sin fin que mueve una trituradora cuyos dientes hemos dado en llamar dias, sus ejes se califican de semanas y sus años son piedras de molino. Antes siempre estabamos a tiempo de no llegar a tiempo, pero ahora siempre podemos subirnos a los caballitos porque el tiempo es un tipo de interés que no duerme, un segundo es un tuiteo que anuncia cualquier tontería del FMI y todas las semanas son, a la vez, el pasado y el porvenir de sí mismas. Estamos atrapados.

Autobuses

Se anuncian puticlubes en los autobuses municipales de Gijón. Se anuncian aunque, eso sí, con sutileza, de manera delicada, apelando a la memoria, no a los bajos instintos. Pese a ello, gran escándalo se ha armado en esta ciudad de tan finísima sensibilidad en todos los temas relacionados con el negocio del bajo vientre, asunto que, por consenso general, forma parte del capítulo de los vicios privados, pero que no debe publicitarse en los autobuses para que los niños no se escandalicen, al parecer. Esos niños que en una tarde ante la televisión ven sin pestañear decenas de  asesinatos en serie, violaciones, adulterios y tipos que esnifan hasta las rayas del arcén de la autopista. En esta ciudad en la que hace años se organizó un homenaje multitudinario a una reputada madame local que se jubilaba tras medrar durante décadas en el viejo negocio del fornicio, nos escandalizamos  ahora de que unos autobuses municipales publiciten negocios venéreos. El ‘fast sex’ y el ‘fast food’ forman parte de nuestra cultura de consumo, de manera que las putas y las hamburguesas tienen  derecho a tener su propio espacio publicitario y hasta nos precederán en los buses y en el reino de los cielos. La verdad es que a  uno se le da una higa todo este asunto porque considera que el ejercicio de escandalizarse requiere mucho esfuerzo y, por tanto, una actividad que debe vincularse a asuntos de mayor calado, más profundos. A uno le escandaliza la crisis de la minería, el recorte de la sanidad y la educación, la sistemática poda de nuestros salarios y nuestros derechos,  o el hecho de soportar que  la política que cambia nuestras vidas esté en manos de unos tipos cuyos programas electorales parecen provenir de una eyaculación precoz del cerebelo. Lo que más gracia me hace es que la tal polémica sobre los anuncios de mujeres públicas en los servicios públicas esté protagonizada por este monjil equipo de gobierno municipal, que se sigue moviendo entre la bisoñez, la gazmoñería y la incompetencia, que gobierna poco tirando a nada y que ha dedicado meses de su carísimo tiempo a elaborar una ordenanza municipal para multar a quienes hagan sus necesidades en la calle. Todas las necesidades que se pueda usted imaginar. Se les pasó incluir los autobuses, es lo que tiene viajar en coche oficial.

Cajero

El cajero automático me tomó ayer las huellas dactilares y me pidió tres fotos de carné, la partida de bautismo, una fe de vida y un certificado de penales. Todo eso para sacar 30 euros de nada. Además, me cobró una comisión de 0.50 céntimos. Están los tiempos para pensarse muy mucho si hay que echarse cuerpo a tierra o hay que echarse al monte con el trabuco o la recortada, a ver qué pasa. Hay que pensar si dejarse matar o pasarse a la clandestinidad montuna y asilvestrada, dejar de ser tan buenos ciudadanos, tan resignados, tan futboleros, tan tenistas, tan expertos en Fórmula 1, tan crédulos. Igual merece más la pena empezar a vivir en “b”, hacerlo todo en negro, sin que lo vean todos esos rescatadores que vienen a desollarnos sin tomarse la molestia de anestesiarnos antes. Estos tiempos en los que el cajero automático es un dictador impune (como casi todos), la nevera es la tumba del nuestro salario criogenizado y la cama es una trinchera de la que no apetece salir nunca más, son tiempos inmejorables para prestidigitadores y sadomasoquistas como dijo el poeta, mientras los de siempre, vaya tropa, apretamos el culo y el cinturón y vemos como nos vuelven a robar el bocadillo en el recreo. Para calmarnos los ánimos y evitarnos otra úlcera,  Mariano Rajoy eligió el domingo la hora del Ángelus para predicar su incompetencia, su arrogancia y su mediocridad, para ejercer de arzobispo apócrifo antes de irse al fútbol. Como un subproducto de los Hermanos Marx, Mariano fingió ser el presidente de Freedonia, imitó sin gracia a Rufus T. Firefly hablando como si tuviera la boca llena de sopa de ganso,  y trató de convencernos con cancamusas y recancamusas de que todo está controlado gracias a él. Lo que no cuenta Mariano (aunque lo sabe)  es que en estos tiempos quien gobierna, en realidad, es el cajero automático. Mariano no es nadie al lado de ese robot que gana medio euro por cada vez que nos dejar retirar un poco de lo poco que queda de nuestro dinero. Mariano es, como mucho, un presidente automático con pinta de cajero de supermercado que maneja mal la caja registradora.

Ganga

El Gobierno quiere cerrar las minas españolas porque el carbón que se trae del extranjero es más barato que el carbón nacional. Es curioso que el Gobierno no emplee el mismo razonamiento con los bancos, unas empresas que nunca cierran a pesar de tener agujeros más profundos que una mina de carbón, agujeros estériles que, cuando por fin aparecen, se rellenan con dinero que viene del extranjero y que, por cierto, nos sale bastante más caro que el propio. Pero no hay problema porque este Gobierno acepta subvencionar el dinero y no quiere subvencionar el carbón. El euro da de comer a más gente que la hulla y la antracita ¿Y a qué nos referimos realmente cuando hablamos de industrias “sucias”? ¿Cuántas escombreras se apilan en los consejos de administración de ciertos bancos? Es curioso que haya gente que sólo anda con dinero y, pese a ello, tiene las manos bastante más sucias que quienes se dedican toda la vida a picar carbón. Lo cierto es que el dinero que traemos de Bruselas nos sale bastante más caro que el carbón y no vale para encender ni una estufa, ni siquiera es capaz de hacer arrancar el motor de la economía. Aunque Mariano Rajoy trate de convencernos de lo contrario, nosotros, los idiotas de siempre, pagaremos como pininos el dinero que tapa los agujeros de los bancos, de la misma manera que subvencionamos la minería patria desde tiempos inmemoriales. Pero si a mí me llevasen de invitado a una de esas videoconferencias que organizan los sábados por la tarde los amigos de Luis de Guindos para jugar al póquer con 100.000 millones, diría que prefiero subvencionar mineros antes que banqueros. Por lo menos, los mineros se juegan su propia vida mientras que los banqueros juegan con las vidas ajenas. Además, de una cocina de carbón siempre salieron guisos muchos más sabrosos que de un banco. En la escuela estudiamos que en una veta de carbón hay mena y ganga. La mena es lo que tiene valor. La ganga es la basura. Estamos descubriendo que en la veta de muchos bancos españoles casi todo es ganga, puxarra. Pero pagaremos esa ganga que nos costará, de momento, 100.000 millones de euros. Gracias Mariano. Nos vemos en Rodiezmo, si eso.

Preciado

Manolo Preciado jugó el partido con toda su alma pero perdió de penalti injusto en el último minuto. La muerte siempre golea porque siempre tiene el árbitro a favor, cada minuto que nos permite seguir en el campo es tiempo añadido y nunca sabemos cuando nos va a marcar el gol definitivo que va seguido del sonido del silbato que pita el final del partido. Sin prórroga, sin derecho a partido de vuelta. Tal vez la cuestión, la única estrategia posible, la que nos queda,  es aguantar el balón todo lo que se pueda para no dejarse avasallar por un rival superior, un enemigo que no siempre juega limpio y que tiene todo a su favor, menos a la afición. Manolo Preciado había aprendido estas duras reglas del juego y vivió conforme a ellas. Entrenó conforme a ellas: a sí mismo y a sus jugadores. Había sabido parar unos cuantos balonazos traidores, había salido de esos lances lesionado hasta el tuétano, herido en lo más hondo, pero se había recuperado porque sabía que la única opción para no salir por el túnel y acabar antes de tiempo era sacar rabia, esperanza o amor propio, plantar cara blasfemando entre dientes, rebañar cada asegundo, aprovechar el mínimo error del contrario para avanzar un metro más, para no tirarse en la hierba llorando aquello de no puedo más y aquí me quedo. Siempre quiso seguir jugando y fue encontrando la estrategia y la alineación apropiadas para no caerse de la convocatoria. No se quejó de las entradas, ni de las más sucias; corrió la banda mientras pudo, regateó en corto, se rió hasta de su sombra y por eso se convirtió en el vengador de la gente corriente, en el amigo íntimo de tantos desconocidos que lloran ahora con las mismas lágrimas de impotencia que cuando se pierde un partido injustamente. Descanse en paz.