Lunes

Me miré el lunes al espejo y calculé que, con los dientes que me faltan, podría confeccionar un rosario de cuentas ambarinas con el que obsequiar a mi santa madre que me estará leyendo. Calculé también que con los kilos que me sobran podría abrir una charcutería especializada en productos asturianos. Tal vez fuera el negocio de mi vida. “Carne de mi carne”, podría llamarse el almacén, como si se tratara de un hijo mercantil trinchado en la canal de mis entrañas y bautizado en filetes con mi propia denominación de origen. Y si sigo mirando, me malicio de que con el pelo que he perdido en ciertas gateras y por la acción del tiempo, ese gran barbero, se podría montar un negocio de bisoñés o incluso implantes de pelo natural, una iniciativa que, amén de un próspero negocio, sería una obra de caridad con la que se evitarían esos horrendos implantes de cabello artificial que hacen parecer las simuladas calvas de ciertos caballeros un trasunto de la cabeza de una Nancy de Famosa. Y no digamos nada del recuento de arrugas y patas de gallo que jalonan mi mirada legañosa de miope. Si a uno le diera por hacerse un lifting que extirpase tales pliegues cutáneos, a buen seguro que obtendría piel suficiente para curtir un juego de maletas con neceser y todo. Y dejemos para otro día las verrugas, manchas, lobanillos, golondrinos, celulitis, pelos nasales, puntos negros y demás porquerías e imperfecciones del rostro y sus aledaños. Uno no llegaría nunca a la oficina si revisase a fondo cada mañana su agreste geografía humana y tratase de cartografiar en un mapa tanto daño perpetrado en su paisaje corporal.
Asomarse un lunes al espejo es arriesgarse a padecer secuelas psicológicas severas durante toda la semana, porque tanto el espejo como el lunes son dos insobornables testigos de cargo de cuyos tajantes veredictos nadie se escapa. Pero hay que hacerlo. Hay que tener valor para enfrentarse con coraje al fin de la belleza y la apostura juvenil (si alguna vez las hubo) y al principio de la dura semana; hay que mirar a los ojos al omega y al alfa de nuestras cortas y atribuladas existencias. Pero pensemos que el lunes amanece para todos, y que el espejo es el bufón descarado que refleja por igual las taras de los plebeyos que las de los reyes. Peor lunes habrá tenido Javier Fernández con el pancho que le toca lidiar, aunque sea presidente. Y no digamos Cascos, que ya no lo es. Es un consuelo que haya lunes para todos.

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