Educación

El saber no ocupa lugar, pero cuesta dinero. El saber, la educación, es como los bombones: un momento en la boca y toda una vida en los michelines. Los estudiantes son lo mismo: unos años en clase y toda la vida en el paro. Por eso el Gobierno ha decidido volcar buena parte de su vasta cultura política en conseguir que el saber ocupe el mínimo espacio en los presupuestos del Estado. Saber qué hacer con el saber es algo que no sabe cualquiera, salvo que haya podido educarse en universidades de pago y hacer unos másteres carísimos como es el caso de nuestros queridos y educadísimos ministros. Los gobiernos más o menos dictatoriales se han caracterizado casi siempre por quemar libros en la plaza pública o en el corral para escarmiento de librepensadores o simples ciudadanos que se dedicaban al nefando vicio de la lectura, como le pasó a don Quijote. Quemar libros y quemar herejes ha sido siempre un entretenimiento muy español, aunque varios siglos de educación y lectura nos han ido puliendo un poco los modales, al menos en apariencia. El Gobierno de España, mucho más refinado en sus formas que aquellos fascistas de camisa negra, bigotillo y antorchas, a dónde va a parar, no quema libros: se limita a no comprarlos, a no subvencionarlos con unas becas decentes, a no contratar maestros y a despedir a otros, a convertir las aulas en rediles y a subir las tasas universitarias para que los campus no se llenen de chicos de barrio con los humos subidos por tanta cultura. El saber no ocupa lugar y, además, los que quieran saber y estudiar cada vez tendrán menos lugares que ocupar. Sale Montoro con su aspecto de elfo doméstico de Harry Potter y, con esa vocecilla y esa sonrisa de superioridad, nos explica que ha llegado un momento en el que el único papel que importa en la educación es el papel-moneda y el que no lo tenga en abundancia se tendrá que conformar con unos cursos de corte y confección por correspondencia. Eso sí, seguiremos manteniendo una nómina de más de 400.000 políticos, muchos de los cuales no sabrían hacer la “o” con un canuto. Salvo que se lo fumaran antes.

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