Inocencia

El domingo por la tarde busqué unos restos de mi inocencia guardados en una caja de puros más baqueteada que el baúl de un cómico de la posguerra. Y la encontré. No era una caja de habanos ostentosos, de esos con vitola en la que sale un señor con bigote, no eran puros guardados en armadura de aluminio con forma de consolador, era  una simple caja de Farias vacía. Tal vez esos modestos cigarros de camionero que ocuparon una vez la vieja caja se fumaron a los postres de alguna remota boda protagonizada por dos seres que a estas alturas se han divorciado, no se hablan, se dan la espalda al dormir, o tienen en sus planes acuchillarse cuando haya la mínima ocasión. Es lo que tiene el ocio estúpido de los domingos por la tarde, que uno se aburre y se pone a revolver cajones y a mirar lo que hay en los armarios sin reparar en el daño que uno puede hacerse. Yo guardaba un poco de inocencia en alguna parte para una emergencia, lo sabía. Es como las madres que siempre guardan un trozo de levadura, los alcohólicos que esconden el vodka en el cajón, entre los calcetines, los fumadores que calman el “mono” con un cigarro arrugado que aparece en el fondo de un bolso, los aventureros que encuentran a tiempo la cerilla que enciende la hoguera que les salvará la vida,  o los donjuanes profesionales que siempre llevan un condón en la cartera por lo que pueda pasar. Hace muchos años metí un poco de inocencia juvenil en una caja de puros vacía junto con un mechero de gasolina, una foto de mi novia, unos papeles en blanco por si me hacía poeta, un botellín de güisqui para dármelas de tipo duro, una cajetilla de “Camel” sin filtro y una navaja suiza que me regaló mi padre. Creía que este ajuar sería suficiente impedimenta para poder atravesar a pie la vida, pero el domingo por la tarde descubrí que la navaja se había oxidado, que la foto de mi novia era un borrón negro, que me había bebido el alcohol y fumado los cigarros dejando el mechero sin gasolina. En los papeles amarillentos no había nada escrito y la inocencia era una mariposa muerta. Al tocarla percibí por un segundo su textura de momia y se  desvaneció en el aire como si jamás hubiera existido.

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